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Aloma Rodríguez

El verano, un estado mental

«Me pregunto si el verano no será sobre todo el tiempo de las expectativas, un tiempo al que le dedicamos mucho más tiempo del que dura»

Opinión

El verano, un estado mental
@aaronburden Unsplash

El verano, como estado mental y espiritual, ha acabado o casi, a la estación aún le quedan tres semanas, que tal vez pueda servir para alargar las vacaciones o el tiempo suspendido del tiempo sin obligaciones, más allá de la de pasarlo bien e ir a la playa o darse chapuzones sin parar donde sea. Este verano anómalo y atípico también ha sido un verano de playas, aunque yo solo las he visto a través de pantallas, en fotos ajenas, en las películas de Éric Rohmer, que para mí quiere decir verano. Como todos los veranos, fui optimista en mis preparativos de lecturas: compré Ningún lugar donde ir, de Jonas Mekas, y ahí sigue, muerto de risa bajo el montón de libros que aún tengo que leer por obligación. La pila es grande y no deja de crecer: novedades de principios de la pasada temporada, novedades que saldrán en los próximas semanas, rescates, reediciones, los cuentos completos de Lydia Davis, que por fin encontré en casa de mis padres, relecturas dejadas a medias (El libro de los amores ridículos, de Kundera; los ensayos de Natalia Ginzburg)… y las lagunas enormes. Ni siquiera he terminado aún un libro sorprendente y lúcido: Críticos, monstruos, fanáticos y otros ensayos literarios, de Cynthia Ozick. Es de 2016, pero acaba de traducirlo mardulce. Y Ozick, que tiene 92 años, es la escritora más viva y enérgica que se me ocurre ahora mismo. 

Todo eso está en mi catálogo de deseos no cumplidos. Y no solo hay libros, también está hecho de películas –No home movie, de Chantal Akerman; todas las películas de las que se hablaba antes y durante la pandemia y alguna que me gustaría ver y no encuentro cómo (Finales de agosto, principios de septiembre, de Olivier Assayas)–. Quería ver también la quinta temporada de Oficina de infiltrados, dirigida en la quinta temporada por Jacques Audiard. Me imaginaba noches de verano alargadas a base de pipas para acabar la serie en un par de sentadas. Me encanta esa serie porque me parece que es un resumen perfecto de lo francés: amores arrebatados, invasión de la vida privada en la profesional, obsesión con Estados Unidos, voz en off, hijos de padres separados… Y apunto otro libro a la lista de deseos: Contra los franceses, de Manuel Arroyo Stephens. Con la serie ha pasado como con casi todo lo demás: se ha quedado en un anhelo, y me pregunto si el verano no será sobre todo el tiempo de las expectativas, un tiempo al que le dedicamos mucho más tiempo del que dura. Y septiembre ya está aquí, y la vuelta al cole, que es también la vuelta a las rutinas tranquilizadoras y conocidas, esta vez tiene mucho de incertidumbre. Y casi lo único que este verano ha sido como todos los veranos es que ha pasado rápido, como un suspiro. 

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