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José María Albert de Paco

Sobreentendidos

«La violencia de ‘Patria’, en efecto, parece brotar de la tierra misma, como por efecto de un resorte inmemorial o una maldición de dioses, hasta resultar en un Puerto Hurraco con ínfulas»

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Sobreentendidos

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La novela me dejó una mueca de recelo que no supe a qué atribuir; tal vez, me dije, el problema es ése, que se trata de una novela, pero fui incapaz de explicarme por qué la ficción, o cuando menos esa ficción, tan sumamente amena, tan eficazmente construida, se me fue aposentando en el recuerdo como un beau geste de retrogusto amargo.

Hasta que, mediado el segundo episodio de la serie, di con la clave. En Patria hay un pueblo, sí, y un hombre sometido a la extorsión de una banda terrorista, y aun un cateto que cumple el encargo de matarlo. También un cura inverosímil al que Aramburu, astutamente, ha endilgado una cuota exorbitante de responsabilidad moral. Pero ningún otro elemento permite vislumbrar el régimen de opresión, de flagrante ausencia de libertades, al que la mayoría nacionalista sometió a la minoría constitucionalista.

Ni rastro (entiéndanme) del partido político de ultraizquierda que alienta y justifica los crímenes, ni de la formación de raigambre xenófoba que los legitima, ni de las asociaciones de víctimas (una falla que el autor aspira a subsanar mediante la inclusión, a modo de estrambote, de Consuelo Ordóñez, el único personaje real), ni de la rebelión cívica en defensa del Estado de Derecho, encarnado aquí en una caterva de torturadores que alimentan la falacia de que algo hubo, algo hubo… y que favorece, de paso, la humanización de sus contrarios, esto es, de especímenes que si se vieran desprovistos de esa razón no habrían de ser sino objeto de estudio en el ámbito de la neurología del mal. Los lectores, sencillamente, hemos llenado esos vacíos con nuestros propios sobreentendidos, lo que explicaría, en parte, la unanimidad en torno a la obra, lienzo en blanco.

La violencia de Patria, en efecto, parece brotar de la tierra misma, como por efecto de un resorte inmemorial o una maldición de dioses, hasta resultar en un Puerto Hurraco con ínfulas. Tal vez en esa decantación involuntaria se aloje, parafraseando a Mario Vargas Llosa, la única verdad de la mentira.

Se me reprochará que Patria no tiene vocación de ensayo, y que un novelista arrastra los materiales que le viene en gana. A lo que yo opongo que nadie transita La fiesta del Chivo, por seguir con Vargas, sin llevarse consigo una impresión fragmentaria, sí, pero inexpugnable, de la Dictadura de Trujillo.

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