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David Mejía

Venialidades de palacio

«Podemos no quería prender fuego al teatro, sino sentarse en primera fila. No sería de extrañar que su batalla contra la monarquía terminara con Pablo I (Irene, después) en Zarzuela»

Opinión

Venialidades de palacio
Kiko Huesca EFE

Con la última temporada de The Crown he reforzado mis convicciones republicanas: si el Reino Unido no fuera una monarquía nos habríamos ahorrado horas de este ¡Hola! animado a 24 fotogramas por segundo. Curiosamente, el único personaje que me ha despertado simpatía ha sido el de Margaret Thatcher, y eso a pesar de la interpretación de Gillian Anderson: tan lejos de Stanislavski y tan cerca de Martes y Trece.

La caricaturización de Thatcher, sin embargo, no logra deslucir la humildad de su origen ni las dificultades que enfrenta una mujer, por férrea que sea, para llegar y mantenerse en el número 10 de Downing Street. En las escenas en que despacha con la Reina, era incapaz de atender a los pormenores del conflicto de las Malvinas, las privatizaciones o la crisis; me desconcentraba algo más elemental: ¿por qué debe una mujer trabajadora, y cargo electo, inclinarse ante Isabel II? Y observar el lujo con que viven su alteza y todos sus improductivos vástagos, ascendentes y allegados, no despejó mi desconcierto.

Entiendo que esta sensación la habrán tenido muchos españoles, mirándose al espejo tras una jornada agotadora, después de leer que los nietos de Juan Carlos I se pagaban los caprichos con tarjetas cargadas de dinero no declarado. Hay quien lamenta que la quiebra reputacional de la monarquía coincida con Podemos en el Gobierno, pero se equivocan. Si las noticias que están apareciendo hubieran encontrado a Podemos pisando asfalto en lugar de moqueta, en el metro y no en el coche oficial, la calle habría ardido. Podemos habría convertido ese rostro cansado e indignado en rabia; una emoción política poderosa que Podemos domestica como nadie.

Pero la batalla de Podemos contra los ricos ha terminado bien para ambos: estos no se han movido y aquellos se han enriquecido. Algo similar puede decirse de ‘la casta’: Podemos no quería prender fuego al teatro, sino sentarse en primera fila. No sería de extrañar que su batalla contra la monarquía terminara con Pablo I (Irene, después) en Zarzuela. Después de todo, y salvando las distancias, de Iglesias se puede decir algo similar a lo que decía el canónigo de Vitoria de Emilio Castelar: es republicano sólo porque no puede llegar a ser Rey.

Lo que nos entristece a los republicanos sin ira es avergonzarnos menos del rey que nos ha tocado que de los ministros que hemos elegido. ¡Ay, democracia, espejo de nuestra mediocridad! Cuando algún informador presume del europeísmo de los españoles, yo me sonrío: nuestro europeísmo sólo es consecuencia de la falta de fe en nuestros políticos.

La pregunta que sobrevuela es si la monarquía es indispensable a nuestro sistema constitucional, o si fue sólo una prótesis necesaria para que soldara la vértebra democrática del país. Porque la pregunta nunca fue si la monarquía es justa, sino si es útil. El Rey del 3 de octubre de 2017, lo fue. El republicanismo de Felipe VI molesta más que los caprichos de Froilán, pero sus enemigos saben que la institución sufre aireando las venialidades de Palacio. Por eso hay que erradicarlas, para volver a asociar la monarquía al servicio público y no a la frivolidad y el privilegio.

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