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Jorge San Miguel

No hay nada más triste que lo vuestro

«Yo no creo que casi nadie tenga un problema estrictamente religioso con la Navidad, toda vez que a diario vemos a tantos persuadidos de cosas más absurdas que el nacimiento de Dios en un pesebre»

Opinión

No hay nada más triste que lo vuestro
David Fernandez EFE

La pasada Navidad ha sido un poco de mal tono. Venía resultando sospechosa los últimos años, pero esta vez además había que darle gustito a la oficialidad: un vicio del que cuesta salirse una vez se prueba. Hay un tipo de gente, la que más nos da la tabarra a diario desde los medios de comunicación y las redes, que lleva mal la Navidad y todo lo que huela a la casa de los padres. Son jóvenes dedicados a profesiones depauperadas y con estilos de vida desarraigados, empeñados en hacer virtud de su necesidad. Este año nos han lanzado admoniciones sobre matar a los abuelos a toses como otras nos advertían sobre cenar con parientes fachas. El caso es sacar el dedito; y si es a favor de obra, mejor. Había una generación cuya catadura sospechábamos pero que aún no había pasado el examen definitivo: que manden los suyos. Ahora ya vamos saliendo de dudas.

Aquí lo importamos todo y tenía que llegar la «War on Christmas»; y las respuestas a la «War on Christmas». Yo no creo que casi nadie tenga un problema estrictamente religioso con la Navidad, toda vez que a diario vemos a tantos persuadidos de cosas más absurdas que el nacimiento de Dios en un pesebre. Como dice Juancla, el credo quia absurdum se extiende de los nacionalismos regionales al feminismo oficial y a tantos otros negociados. En todo caso habrá teologías en conflicto. Nuestra forma peculiar de guerra a la Navidad debió de ser identificarla con los «cuñaos». La Navidad es la época del año en que hay que ver a la familia, y en la familia están los cuñaos.  El «mundo de la vida» siempre es sospechoso si tu vida es un escombrera.

Desde hace décadas, una de las líneas más fecundas de investigación sobre la peculiaridad europea se ha fijado en los modos de parentesco y las costumbres reproductivas. (El último ejemplo es el comentado The WEIRDest People of the World, de Joseph Heinrich.) Occidente se construyó reduciendo el espacio de la familia, poniendo «al hombre contra su padre y a la hija contra su madre». Los legisladores atenienses y romanos acabaron con el poder de las tribus convirtiéndolas en categorías administrativas, y la Iglesia completó la obra promoviendo la familia nuclear frente a la extensa. Hoy las nuevas clerecías no ven con malos ojos cargarse también los vínculos más directos. Es hoy Pablo Iglesias el que viene a poner al hombre contra su cuñado. ¿No estaremos yendo demasiado lejos? Al cuñado lo vemos un par de veces al año -y este, menos-, pero a Pablo Iglesias lo vemos todos los días. ¡Y aún le parece poco! Este año nos quiso recetar hasta las conversaciones en la mesa: monarquía y república. No solo no le gusta nuestra familia: tampoco la Familia Real. Se diría que sólo le gusta la suya, que es extensa en sentido bíblico o agnaticio.

Pero el espacio de lo privado también se ha querido achicar en la nevada madrileña. Animaban las autoridades a doblar el lomo para quitar nieve cada uno en nuestra parcelita de calle; pero como estas autoridades son otras, nuestros weirds particulares han puesto el grito en el cielo: que lo hagan funcionarios. ¡Se cargan lo público! La patria es un hospital o, si me apuras, un sindicato de la función pública. De nuevo se pretende eliminar todo lo que queda entre lo subvencionado y lo prohibido. Jünger hablaba del padre que protege la casa blandiendo el hacha en el umbral, y nosotros hemos quedado para agitar palas a la entrada de la urba. Algo es algo.

A mí la familia le trajo al pairo muchos años, en lo concreto y en lo universal, pero con la edad uno va entendiendo que hay males necesarios y que los ritos, si son de verdad, no se eligen. A diferencia de Pablo Iglesias, yo hoy creo que el cuñao representa la «clase universal» marxiana -aquella cuyo interés particular coincide con el de la humanidad- mucho mejor que el periodista o el académico junior. De entrada, arriman más al hombro y, aparte de freírte a memes boomer por whatsapp, dan menos el coñazo. En cuanto a los otros, cumple decir aquello del Arcipreste: lo dulce hacen hiel con su mucha amargura. O, con otra canción, no hay nada más triste que lo vuestro.

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