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Joaquín Jesús Sánchez

El lujo de vivir bajo techo

«El silogismo es sencillo: la gente necesita una casa para vivir, así que pagará lo que le exijan. La autorregulación del mercado se parece mucho a un atraco con rehenes»

Opinión

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El lujo de vivir bajo techo
Raquel Manzanares EFE

El ministro Ábalos ha descubierto una verdad fundamental: cualquier cosa que se deje en manos de la codicia capitalista se convierte en un «bien de mercado». Impresionado por esta revelación, salió a dar una rueda de prensa para tranquilizar a los caseros de España, esa casta parasitaria que se lucra traficando con el derecho fundamental a una vivienda digna. Otro triunfo de la socialdemocracia.

Los alquileres llevan años muy por encima de las posibilidades del salario medio sin que nadie haya hecho nada por remediarlo. El silogismo es sencillo: la gente necesita una casa para vivir, así que pagará lo que le exijan. La autorregulación del mercado se parece mucho a un atraco con rehenes. Las divertidas consecuencias de esto se pueden enumerar con alegría: descenso de la natalidad, inversión de la pirámide de población, colapso de toda la actividad económica que no esté asociada a la especulación inmobiliaria, precarización de una generación arrojada al pluriempleo con el único objetivo de malvivir en un piso compartido y aumento exponencial del consumo de psicofármacos.

Mientras tanto, la mitad moderada y sensata del gobierno más progresista de la historia nos vuelve a enseñar ese capote llamado «aumento de la oferta de vivienda pública». Están a dos minutos de empezar a recalificar suelo porque «aumentar el parque inmobiliario hará que bajen los precios». Se nos está poniendo cara de comienzos de los 2000. Para colmo, tendremos que aguantar a la recua habitual de necios que se hacen llamar «economistas liberales» contándonos que los bolcheviques quieren acabar con la propiedad privada. En los salones de media España gente que compró una casucha hace 30 años y que le subvenciona a sus hijos la mitad del pago de su habitación con moho en las esquinas empatizará con los pobres señores de los fondos buitre, que no tienen quien les defienda.

Tranquilos, cuando esto reviente, los tertulianos habituales llorarán por algún escaparate roto. Minutos después, en una rueda de prensa, un ministro dirá que tener riñones es un derecho, pero también un bien de mercado. Hay que compatibilizar.

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