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Jorge Freire

El corazón que sangra

«Para unos, Mi primer ganso es metáfora del progromo; para otros, reproche de la crueldad con los animales. Yo creo que es ambas cosas y todavía algo más»

Opinión

El corazón que sangra
Nick & Djalila Unsplash

Hay dos fotos célebres del escritor ruso Isaak Bábel (Odesa, 1894-Moscú, 1940). En la de 1933 aparece escribiendo. Gafas de montura ovalada, orejas de soplillo, cabeza monda y cornigacha, boca belfona y el gesto pícaro y audaz de quien había sabido burlar la censura estalinista una y otra vez. Pasa a duras penas por escritor ruso. No hay luenga barba ni mirada profética. Más que a Tolstói, se parece a George Constanza. Es el perfecto don nadie que Saul Bellow definió como «un accidente»: un tipo que aparece de la nada, a la chita callando y sin alharacas, deja algunos de los mejores cuentos de la historia y luego se esfuma.

La otra foto es de 1939, tomada en un interrogatorio en la Lubyanka. En realidad son dos: una de perfil y otra de frente. En comparación con la del 33, parece que Bábel haya envejecido veinte años. No es por la camisa desmañada o la barba de tres días: es que el gesto se le ha agriado. Los enormes surcos de las ojeras señalan unos agujeritos menguantes que se baten en retirada, los ojos de alguien que ha llorado mucho. Después de ser torturado acabó cantando la palinodia, como toda la vieja guardia bolchevique, y se declaró culpable de un delito imposible. Antes de ser fusilado, exclamó: «¡déjenme terminar mi trabajo!».

El corazón que sangra 1
Estatua de Isaac Bábel en Odessa | Foto: G Travels | Flickr

Ocho décadas después de que echaran sus manuscritos a la hoguera, proscribieran sus libros y sometieran su nombre a damnatio memoriae, Bábel vuelve a la vida. Cuentos completos (Páginas de Espuma) es una edición titánica, gargantuesca, que, además de la consabida producción cuentística, contiene reportajes, diarios y guiones de cine, así como un prólogo extraordinario a cargo del filólogo Jesús García Gabaldón. Es un libro en el que hay de todo. Pero, puestos a destacar algo, me quedo con Mi primer ganso.

Un gafotas pusilánime, a imagen y semejanza del propio Bábel, es designado a una sección de cosacos. Estos lo escarnecen nada más verlo. A juzgar por sus hechuras y por su fraseología de intelectual, el pobre Liútov no durará allí ni dos días. Encendido de humillación e impotencia, clava los ojos en el ganso de la hospedera, una anciana casi ciega. De un salto, agarra al ave y la mata con crueldad, mientras grita a la vieja que la ase. A renglón seguido, los soldados lo acogen con fraternidad. Pero esa noche, el corazón de Liútov, en carne viva por el remordimiento, chilla y sangra.

Para unos, Mi primer ganso es metáfora del pogromo; para otros, reproche de la crueldad con los animales. Yo creo que es ambas cosas y todavía algo más, pues describe, como nunca se había hecho, aquella violencia que en muchos grupos sirve de rito iniciático y de carta de admisión. Acérquense a Bábel. Leyendo sus cuentos, no es poco lo que se aprende acerca de la condición humana.

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