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Pilar Marcos

La jauría ataca en manada

«Quizá no sea mucho pedir que la repulsa mediática por todos estos ataques de jauría en manada sea igual de firme sea cual sea la nacionalidad, procedencia o excusas que aleguen los atacantes»

Opinión

La jauría ataca en manada
JAVIER BARBANCHO Reuters

¡Qué lejos queda el severísimo rechazo social -y el incansable seguimiento mediático- que desató, en 2016, la violación en manada de una chica en un portal de Pamplona durante la noche de fiestas de San Fermín! Tan inclemente fue la reprobación de aquella agresión que la pena de nueve años de cárcel a la que fueron condenados, en primera instancia, los cinco machotes de aquella manada fue recurrida, y el Tribunal Supremo la elevó -en junio de 2019- hasta 15 años de reclusión. 

Cualquier espectador bien pensado -y quizá un poco ingenuo- habría concluido que el rechazo de la opinión pública en España a las violaciones en manada es tan riguroso como inflexible. Y que cualquier grupo de muchachos que osara atreverse a una agresión sexual grupal de esas características acabaría padeciendo idéntico calvario penal y -sobre todo- mediático que los cinco condenados por esa primera manada. 

O no. 

O depende.

Por ejemplo, al final de la pasada semana saltó, como una noticia de relleno de fechas estivales, que la policía había detenido a tres sospechosos de una violación en manada en Zaragoza. La agresión no es reciente. Se produjo el verano pasado, y la chica, de 21 años, estuvo secuestrada al menos dos días por media docena de matones que entretenían sus horas en violarla y grabar la agresión en manada con sus teléfonos móviles. Durante el tiempo en el que estuvieron abusando de ella no le dieron de comer ni de beber. Sí la drogaron abundantemente para que todo fuera más fácil. Y, cuando se aburrieron de la tortura, la tiraron como una piltrafa desnuda a la calle. 

La víctima estuvo tiempo ingresada en un hospital recuperándose de los daños más superficiales; los otros la acompañarán siempre. Pero ni entonces ni ahora se ha atrevido a denunciar a sus agresores. La conocen. Los conoce. Tiene miedo. Sus violadores son algo peor que una pandilla de amigotes en busca de sexo. Forman parte de la banda DDP (Dominican Don´t Play), y fue gracias a la detención de tres de ellos, hace ya algunos meses, cómo la policía incautó material que habían robado y, casi de forma fortuita, vio los 16 vídeos que esa horda salvaje había grabado de su agresión múltiple.

Quizá sea mucho pedir un rechazo social a estos violadores tan categórico como el que tuvieron los cinco de la manada de Pamplona. O quizá no. Y quizá sería bueno que la chica víctima de la manada de Zaragoza recibiera alguna muestra de apoyo y comprensión (de solidaridad y sororidad) de tantas autoridades como acumulamos para la estricta vigilancia y el feroz rechazo de las conductas machistas. Algún «hermana, yo sí te creo», por ejemplo. ¡Ánimo, ministra, sí se puede! ¿No? ¡Vaya! 

Tampoco es probable que se repitan las virulentas manifestaciones de dramática repulsa al asesinato en manada de Samuel Luiz, cuando -apresuradamente- se dictó sentencia firme de que le habían matado por ser homosexual. La enormidad de aquel linchamiento de jauría de lobos no se reduce ni un ápice si quedara acreditado que los matones de Coruña asesinaron a golpes y patadas a Samuel porque sí, porque una de las bestias de esa manada entendió que le había mirado mal, o podía estar grabándole, o no se avino a entregarle su móvil sin rechistar, o porque le vino en gana… Nada minora la enormidad: la agranda.

Aquel ˜Justicia para Samuel» de manifestaciones (autodenominadas) «antifascistas» se esfumó al perder fuerza la inapelable sentencia de crimen homófobo en Coruña, con el que culpar -pásmense- a Ayuso y a Abascal en Madrid. Al levantarse el secreto del sumario, hemos sabido que uno de los testigos escuchó al primer y principal agresor -un tal Diego- gritar desatado: «Lo voy a apuñalar, le voy a dar una puñalada en el corazón, no tengo nada que perder»

La actitud nihilista es clave: «No tengo nada que perder». Violo en manada, mato en manada, pateo en manada, desprecio a mis víctimas en manada, siembro el terror en manada… y «no tengo nada que perder» porque soy miembro de una salvaje jauría de lobos sedientos de violencia que atemoriza a todos. 

La panda de violadores de Zaragoza, los DDP, por ejemplo, captaba a los menores que querían integrarse exigiéndoles la comisión de delitos como examen de ingreso. Comisión y exhibición, porque ahora la moda es grabarlo y exhibirlo todo.

La banda de la paliza de Amorebieta se hacen llamar Los Hermanos Koalas (LHK), y sus integrantes tienen entre 15 y 38 años. Su última víctima, Alex, es un muchacho que sigue en coma, parece que irreversible. Las agresiones, con o sin robo, son su seña de identidad y éstos eran bien conocidos en los alrededores de Baracaldo.

Como también debía conocer bien a sus agresores el chico aficionado al rap, y con síndrome Asperger, que fue apuñalado en un túnel en Madrid por unos pandilleros que le perseguían en patinete. Antes de la agresión que le costó la vida, Isaac ya había sido acosado por alguna banda de dominicanos. Y no está claro que la pandilla que pateó y apuñaló a un menor -Omar- en Ceuta sea una banda organizada. Lo importante es que todos y cada uno de los agresores paguen un alto precio por su crimen. 

Quizá no sea mucho pedir que la repulsa mediática por todos estos ataques de jauría en manada sea igual de firme sea cual sea la nacionalidad, procedencia o excusas que aleguen los atacantes. No; no es mucho pedir. Lo lógico sería exigir la misma censura sean quienes sean las alimañas de las jaurías. Ni un rechazo mayor porque sean extranjeros, ni tampoco la actual cortina de espeso silencio por miedo a ser tachados de racistas: no hay mayor muestra de xenofobia que el trato diferenciado, también cuando es candorosamente a favor. 

De paso, sería bueno reclamar a nuestro muy desprestigiado ministro del Interior que acometa en serio una sustancial mejora en los planes de actuación policial contra las pandillas de delincuentes, contra las bandas que ya empiezan a aterrorizar algunos barrios en demasiados sitios de España, contra las jaurías que atacan en manada. Contra todos ellos, la democracia tiene la obligación de defenderse con la actuación eficaz de su policía, con la implacable aplicación de la ley y con un rechazo ciudadano tan rotundo como innegociable. Porque la seguridad es la clave de bóveda de nuestra libertad.

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