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David Mejía

Yo conocí a Scarlett Johansson

«’¿Sabes que soy el único español a quien le gusta Vicky, Cristina, Barcelona?’ Se rio: ‘How come?’»

Opinión

Yo conocí a Scarlett Johansson
The Weinstein Company

A la altura de la calle 74, en los bajos del edificio Astoria, hay un pequeño café donde hacen tiempo las viudas del Upper West Side y los clientes del Apple Store de la 67. Yo leía en una mesa cercana a la puerta cuando me distrajo una silueta femenina que dándome la espalda sondeaba el expositor. ¿Era ella? Intimidado, enterré la mirada en las páginas de Americanah –la novela que se leía aquel verano– y escuché su voz: «Iced chai latte, please». Sí, era ella. Llevaba ropa deportiva, una bolsa de cuero, el pelo recogido en una gorra y grandes gafas de sol.

Se sentó en la mesa de al lado, quitándose las gafas. Confieso que la miré como si no hubiera existido nunca el feminismo. Rebuscó en su bolso y sacó un libro. Cuando leí la portada descolorida, no podía creerlo: Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah.

Le acercaron su té en una pequeña bandeja. Yo di un sorbo a mi café y miré alrededor, inquieto, como esperando una señal definitiva que no llegaría a menos que la forzara: «¿Qué te parece?», pregunté. «The tea?», contestó seca. «El libro», le dije alzando el mío.

Sonrió tímida y aflojó el cuerpo. «I like it, what about you?» Contesté, me enredé y terminé preguntándole si conocía África. Había estado en Kenia y Tanzania, pero no conocía «the real Africa». Asentí y retiré la mirada.

Era la segunda semana de junio y la ciudad empezaba a hervir, pero el calor todavía era soportable. El ruido del ventilador hacía menos incómodo el silencio, pero nos separaba una realidad espesa e imposible: yo sabía quién era, ella sabía que yo sabía quién era, y yo sabía que ella sabía que yo sabía quién era… «¿Sabes que soy el único español a quien le gusta Vicky, Cristina, Barcelona?» Se rio: «How come?» «¿Cómo es que me gusta o cómo es que no le gusta a nadie más?» «Both», dijo sonriente.

Mi teléfono nos interrumpió: Apple me notificaba que mi ordenador estaba listo para ser recogido. Me estaba preguntando cuántos días me lo guardarían antes de reciclarlo cuando me dijo que había quedado con una amiga en Columbus Circle, así que iba en la misma dirección. «Let’s go».

Eran siete calles, el paseo no llegaría a diez minutos. Le pregunté por Woody Allen. Me dijo que hablaba con él a menudo y que se veían siempre que podían. En ese momento, quizá imbuidos por la magia de la ciudad, la conversación se volvió cómoda, sencilla. Le dije que le admiraba, tanto que no sabía si me gustaría conocerle. «He’s wonderful», me dijo. «No lo dudo», contesté, «pero me puede ese miedo común a desmitificar a los héroes». «I understand». Y después añadió algo que recuerdo a menudo: «But, for better or worse, most people are exactly what they seem to be».

Nos detuvimos en la puerta de la tienda y nos miramos en silencio. «I still want to hear about why everyone in Spain hates the Barcelona film, and you don’t». «Cuenta con ello. Y de paso comentamos Americanah». «Give me your number», dijo, como dándome una orden. Lo apuntó en su móvil y se dio la vuelta al tiempo que pronunció un escueto «bye».

Nunca sabré si llamó, porque le di un número falso. Pensaba que si esta historia pudiera acabar bien, no me estaría pasando a mí.

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