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Juan Claudio de Ramón

El tiempo y el espacio

«El tiempo de la vida es plazo, memoria, registro. Tiene una orografía particular, llena de contrastes»

Opinión

El tiempo y el espacio
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El tiempo de la vida no es el tiempo de la física. El tiempo de la física –fue Einstein quien resolvió el acertijo– es espacio disfrazado, una cuarta dimensión que huye de nuestros sentidos, hecha de infinitas partes homogéneas, que prosigue su inercia a perpetuidad. El tiempo de la vida es plazo, memoria, registro. Tiene una orografía particular, llena de contrastes. En verano es casi posible verlo caminar sin prisa en los largos días ociosos. El resto del año acelera y sentimos que se nos escapa de las manos como un puñado de arena. Lento o rápido, su característica principal es su irreversibilidad. De cualquier ser humano se puede decir lo que Picaporte decía de su amo Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días, la novela de Julio Verne: «Ese hombre es un reloj viviente». Pero un reloj averiado, que tan pronto corre como se ralentiza, hasta quedarse parado en un momento que no nos es dado elegir. El tiempo de la vida, como diría Bergson, es duración. El pábilo de la vela que se consume, eso es el tiempo.

Tampoco el espacio de la física es como el espacio de los hombres. El espacio de la física es un absoluto que la mente humana no sabe circundar. Para Newton el espacio era el sensorium dei, el aparato sensitivo de dios, y por lo mismo eterno e infinito. La primera tarea de la especie humana fue acordonar esa res extensa para hacerla habitable. Cuando uno piensa en el espacio de nuestros ancestros se imagina una gran llanura, un vasto desierto, un bosque impenetrable, abierto en varias direcciones y de apariencia ilimitada. La primera tarea de la cultura fue, por tanto, separar de este espacio natural un espacio artificial, acotado, ordenado y defendido, donde poder vivir. La tarea primitiva de los seres humanos fue convertir el espacio en un lugar.

Tiempo y espacio tienen indudables derivadas políticas. El ser humano siente una conexión espacial con el lugar donde ha transcurrido su aprendizaje vital, pero ese afecto no es separable del tiempo que no es dado vivir, pues, como señala Milan Kundera en una de sus novelas, tocando el tema del exilio, el amor a la patria «va vinculado a la relativa brevedad de nuestra vida, que nos brinda demasiado poco tiempo para que sintamos apego por otro país, por otros países, por otras lenguas». Lo que dice Kundera sobre el amor al país de uno es aplicable, creo, a cualquier otro tipo de amor, porque el propio acto de amar dejaría de tener sentido si nuestra vida fuera eterna. El amor filial, porque decaería la necesidad de regenerarse; el amor a la pareja, porque éste no separable del temor a la pérdida. Si pudiéramos vivir para siempre ningún poeta escribiría, por ejemplo: «Ya he empezado a morir para aprender a verte / con los ojos cerrados». Es una buena razón para declinar beber del manantial de la eterna juventud.

El tiempo y el espacio provocan sus propias ansiedades. Las naciones han ido a la guerra por conquistar un espacio que pensaban les pertenecía; las individuos, lo que solemos querer es más tiempo. Antes de morir, Zygmunt Bauman hizo la perspicaz observación de que en un mundo globalizado los habitantes de los países ricos vivimos en el tiempo: cubrir distancias no es un problema –hoy en Madrid, mañana en Londres– pero nos faltan horas para hacer todo lo que querríamos. Lo contrario sucede en los países pobres: allí hay tiempo de sobra y el problema es cómo escapar de un espacio vasto e inerte donde nunca pasa nada. Por último, cabe apuntar que si bien existe un conflicto político entre generaciones –el bienestar, la deuda, el planeta– también es cierto que todo conflicto político es generacional. Suele acontecer que las causas de los padres no son las de lo hijos.

Así como en la biografía de cada uno hay momentos felices y tristes, así la humanidad conoce un tiempo que ríe y un tiempo que llora. Nuestra preocupación por el deterioro del planeta –el espacio que convertimos en el lugar de la especie– debido a los efectos del cambio climático da un nuevo sentido a la coincidencia semántica que se da en las lenguas latinas: confiamos en que para nuestros hijos un tiempo bueno sea un buen tiempo. Esa homonimia –tiempo como cronología, y tiempo como meteorología– existe porque no hemos perdido del todo la noción cíclica de un tiempo vivido como circularidad en el eterno retorno de las estaciones. Si es verdad que ya no se dan las condiciones para creer en el progreso, la ronda familiar de los astros será de nuevo nuestro consuelo.

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