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Ricardo Calleja

¿Tangana? Me acojo a lo sagrado

«La misión de la Iglesia en sentido estricto no es dialogar con la cultura, sino simplemente fundarla»

Opinión

¿Tangana? Me acojo a lo sagrado
RRSS

Lo de Tangana en Toledo es como un capítulo castizo de Sorrentino, en una escenografía inequívocamente católica, aunque no barroca como las del italiano. Un producto diseñado para tocar las narices a varias bandas. Un inmenso capote para neopuritanas y señoros casposos, explícitamente prefigurados en el videoclip. Y quizá algo más: un mensaje sobre el amor y sus conexiones inevitables con lo sagrado y lo religioso. Nada original, pero ciertamente menos moñas que aquella «experiencia religiosa» de Enrique Iglesias.

¿De qué lado estoy? ¿Del open-minded deán catedralicio o del arzobispo canónico? Entre el silbido de las balas, yo me acojo a sagrado. Y así arrimo el ascua de la polémica a mi sardina.

A mi juicio, lo fundamental del debate se pierde entre tanta contorsión física y retórica. En sus comunicados discordantes el deán y el arzobispo adoptan paradójicamente la misma perspectiva, que es a mi parecer distorsionada. El deán pide «disculpas si ha podido herir la sensibilidad», pero pondera ese coste como menor que las ventajas que tiene el video para la evangelización de los lejanos, con la mejor de las intenciones. El obispo por su lado, parece poner el dedo en la balanza de los costes y pide perdón a su vez a quienes «se han sentido justamente heridos por este uso indebido de un lugar sagrado». Lo decisivo en ambos textos es el moralismo empático con el sufrimiento y las estrategias de comunicación. (Ignoro la intrahistoria de la relación entre el obispo y el deán y dejo a un lado la dimensión comercial de todo este fenómeno, que fácilmente traería a mientes la imagen de la expulsión de los mercaderes en el templo).

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Mi punto es sencillo aunque inevitablemente misterioso. La misión de la Iglesia en sentido estricto no es dialogar con la cultura, sino simplemente fundarla. Desde luego no es su misión ir midiendo centímetros de falda. La Iglesia es la depositaria de lo sagrado, de la santidad que no podemos alcanzar por nuestras torres de Babel moralizantes porque solo puede venir de Dios mismo.

Su tarea -en términos de antropología cultural- es ofrecer lo que Mircea Elíade llama la «experiencia primaria del espacio sagrado», que «hace posible la «fundación del mundo»: allí donde lo sagrado se manifiesta en el espacio, lo real se desvela, el mundo viene a la existencia. Pero la irrupción de lo sagrado no se limita a proyectar un punto fijo en medio de la fluidez amorfa del espacio profano, un «Centro» en el «Caos»; efectúa también una ruptura de nivel, abre una comunicación entre los niveles cósmicos (la Tierra y el Cielo) y hace posible el tránsito, de orden ontológico, de un modo de ser a otro».

Sigue Elíade: «Gracias al Templo, el Mundo se resantifica en su totalidad. Cualquiera que sea su grado de impureza, el Mundo está siendo continuamente purificado por la santidad de los santuarios». De ahí la importancia de mantener su santidad incontaminada y de restaurarla cuando inevitablemente se profana. «La basílica cristiana y después la catedral recogen y continúan todos estos simbolismos. Por una parte, la iglesia es concebida como imitación de la Jerusalén celeste, y esto ya desde la antigüedad cristiana; por otra, reproduce el Paraíso o el mundo celestial». Entrar en la iglesia es nuestro único camino para satisfacer esa elemental «nostalgia religiosa (que) expresa el deseo de vivir en un Cosmos puro y santo, tal como era al principio, cuando estaba saliendo de las manos del Creador». Este es un camino vedado a la moral, entendida como empeño de las fuerzas humanas por recuperar la integridad perdida, la desvergüenza ante nuestro cuerpo desnudo.

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La sacralidad del templo y la desnudez (insinuada o pixelada) están muy relacionadas. Pero no al modo del «tápese, señora, que entra usted en misa». Como han destacado algunos estos días -y resulta obvio- las iglesias están llenas de representaciones de cuerpos desnudos a veces tocados de castos paños. Para empezar, el del crucificado. Y es que entrar en el espacio sagrado cristiano es desnudarse ante los ojos de Dios. Allí omnia nuda et aperta sunt ante oculi eius (todo está desnudo y abierto ante sus ojos), como dice la Regla de san Benito.

Para más inri, en los textos de la revelación cristiana, el verdadero Templo ya no es un edificio: es el Cuerpo de Cristo, que se sitúa en la mandorla definida por el solapamiento entre lo celeste y lo terrestre. Y las «piedras vivas» de este templo son los bautizados, «miembros de sus miembros». El edificio físico no es más que un símbolo de esta realidad. De hecho, esos mismos cuerpos son «templo del Espíritu Santo» (Cor 6, 19-20), como recuerdan escrupulosamente las niñas pacatas del cuento de Flannery O’Connor. Pero también el hermafrodita.

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Esta centralidad de lo santo no aplasta lo humano ni anula lo erótico. Tampoco elimina la necesidad del fatigado ascenso moral. Un texto de la primera encíclica de Benedicto XVI resulta muy relevante en este debate. Allí explica que la Biblia «en modo alguno rechazó el eros como tal, sino que declaró guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros que se produce en esos casos lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza. En efecto, las prostitutas que en el templo debían proporcionar el arrobamiento de lo divino no son tratadas como seres humanos y personas, sino que sirven solo como instrumentos para suscitar la locura divina: en realidad, no son diosas, sino personas humanas de las que se abusa. Por eso, el eros ebrio e indisciplinado no es elevación, éxtasis hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre. Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser».

Dicho de otro modo, entre el éxtasis del baile con la diosa –desnuda y fulminante- y la escena del final del video, hay un proceso de ascesis que se nos ahorra. Pero no es una elipsis narrativa. Es como si la bachata tuviera virtualidad sacramental, ordenadora de los afectos y santificante de los vínculos. Como diría un escolástico, «ex opere operato»: por la misma acción que se realiza. Pero trampas aparte, hay algo de una religiosidad verdadera. No puede olvidarse que, en la teología católica, la materia del sacramento del matrimonio son los cuerpos de los esposos, auténticos celebrantes del rito (que no es plenamente válido hasta que no se consuma: nada de bailar de lejos).

Por eso pueden decir algunos -nada sospechosos de heterodoxia- que el tálamo nupcial es un altar. Pero no se puede convertir el altar en un lecho. Aquí, me parece, está el núcleo de lo que intenta Tangana: recuperar el sentido de lo sagrado –«yo era ateo, pero ahora creo»- ante el contacto con los muslos de Nathy Peluso, bajo la mirada de los curas y los ángeles.

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Hay algo fundamentalmente positivo e interesantísimo en esta resacralización del cuerpo humano. Y en esa sublimación final del eros en forma de familia. Esto está para mí fuera de toda duda. Y lamento que no se haya aprovechado con más inteligencia y complicidad.

Pero el baile dentro del templo es sacrílego: viola el espacio sagrado, reservado a la adoración del Dios verdadero. Lo sagrado no admite instrumentalización, ni siquiera con elevadas intenciones evangelizadoras. Es, además, obsceno: al sacar a escena acciones -no solo representaciones- que deberían reservarse a la intimidad. Esto no es recaer en el moralismo: solo quien conserva el sentido religioso ante el espacio sagrado reconoce la santidad intangible del cuerpo humano como templo de Dios. Y viceversa. La mandorla es también una vagina: la de la Virgen Madre. Una rendija por la que recibimos el don de Dios, no por la que penetramos en lo eterno para arrebatar lo divino.

Como afirmación de lo sagrado en negativo, estoy tentado de preferir que todo haya sido una transgresión antes que un ritual pagano o una banal estrategia para generar simpatía por el catolicismo. Pero es una tentación moralista en la que no caeré. Estaría yo también utilizando lo sacro, en vez de venerarlo.

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