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Beatriz Manjón

Vivir para no contarlo

«Contemplar el mundo sin más propósito es el modo más fiable de aprehenderlo; lo demás es un conocer a medias, con un ojo puesto en lo real y otro en lo virtual»

Opinión

Vivir para no contarlo

Hay descansos humanitarios. Deja uno de trabajar, pero descansa, sobre todo, el prójimo. Ocurre, por ejemplo, con el presidente del Gobierno y con los opinantes, cuya capacidad de multiplicación es superior al precio de la luz. Una, que ha estado varios meses sin atizarles con esta columna, no espera agradecimiento. Compensa haber verificado que cualquier día es bueno para no opinar y cualquier sitio óptimo para no escribir; también para no pensar en escribir, para no pasar la realidad por el tamiz de lo noticiable. Ya advirtió Camba de que, ante cualquier cosa, el escritor o no la ve, o la ve en forma de artículo o capítulo. Dejar de publicar adelgaza el ego, pero engorda la perspectiva.

Me recriminan mis amigos que no haya aportado pruebas de este lapso de asueto. Hay un oficio de vivir que estamos desaprendiendo a base de querer exponerlo y comentarlo. No es lo mismo vivir que contar que se vive, como no es lo mismo amar que contar que se quiere; y compartir lo que se vive no significa vivir lo que se comparte. Sé de gente que cuando termina de contestar las felicitaciones de cumpleaños en Facebook ya ha cumplido otro año, o a la que se le van las vacaciones haciendo fotos y borrándolas, cual Penélopes instagrámicas. «La humanidad tiende al aprovechamiento de las cosas, y cuando no sabe qué hacer con una montaña, por ejemplo, hace fotografías», anotó Ruano, quien confesó que los días que no escribía eran un lujo que le enriquecía mucho más de lo que le arruinaba. Contemplar el mundo sin más propósito es el modo más fiable de aprehenderlo; lo demás es un conocer a medias, con un ojo puesto en lo real y otro en lo virtual.

En estos meses he visto árboles centenarios, tan omnipotentes que parecían el brazo velludo de Dios; he leído sin prisa ni más objetivo que el disfrute; he comido como si fuera a hibernar; he comprobado que quien puede perder el tiempo ya lo ha ganado, y que es difícil no tener fe cuando un pájaro viene a posarse en tu mano; he visto llover como si al sol se le hubieran muerto todos los planetas; me he topado con una cabra por el casco urbano y con un anuncio que ofrece limpiar las escenas de muerte, a lo señor Lobo en Pulp Fiction. Y todo sin pensar en sacarle rédito social, periodístico o literario.

Vivir es como escribir sin corregir, dice Lobo Antunes, pero andamos afanados en editar la novela de nuestros días, en pulir nuestro mejor superventas. A vivir se aprende cuando se acuesta uno con Ava Gardner y no corre a contarlo: se queda en la cama, siguiendo los meandros del cuerpo, recorriendo con los dedos las constelaciones de lunares, como si leyera en un braille astronómico. Y luego, con el tiempo, repasa ese recuerdo sin que ninguna foto o comentario venga a corregir lo que la memoria ha idealizado, porque vivir también es eso: recordar que se ha vivido mejor de lo que se ha hecho.

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