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Julia Escobar

Con Cervantes hemos topado

«Lo clásico, lo que consideramos canónico, es lo contrario de lo que está transitoriamente de moda. Es precisamente aquello que todavía resulta vigente»

Opinión

Con Cervantes hemos topado
Oscar J. Barroso Zuma Press

Para variar un poco, he dejado de lado a la inagotable Agatha Christie, con cuyos sofisticados crímenes estuve burlando este último mes mi ocupación principal, que mantengo en secreto, y empecé el otro día a buscar en la biblioteca volante del verano otros temas para esa distracción, cuando me topé con aquel lejanísimo y ya obsoleto libro de Harold Bloom que hizo tanto ruido  ̶ El canon occidental ̶   al que en su día apenas hice caso por eso de que todo el mundo hablaba de él, ¡qué cosas! No es que no tuviera materias más apetecibles de qué ocuparme, pero caí en la trampa de averiguar hasta qué punto ese señor tan listo llegaba a acertar en un ámbito que no fuera el anglosajón, en dónde nada puedo refutarle y que, además, alude a unas polémicas universitarias que no son las nuestras ni tienen parangón entre nosotros.

Sin duda, toda elección canónica es arbitraria, en particular cuando se hace profética y tiene fecha. Algunas cosas que en cierto momento se computan como perdurables causan risa pasado cierto tiempo. Desafío a cualquiera a leer la lista de premios Goncourt: sólo «han llegado» dos o tres, entre ellos Proust, al que André Gide rechazó en su momento, cosa que tampoco es tan censurable. No lo digo porque esté de acuerdo con su juicio, sino porque es perfectamente comprensible que, en la recepción de algo muy cercano, la gente no sepa a qué atenerse. También el Dr. Johnson se equivocó con Tristram Shandy, de Laurence Sterne, obra que consideró efímera. Por otra parte, a Pessoa le daba mucha envidia que en España tuviéramos intelectuales de la talla de Unamuno, Azorín (hasta aquí de acuerdo) y de ¡Diego Ruiz, que al parecer era el presidente de la Sociedad Teosófica de Madrid! Hay muchos otros ejemplos de opiniones, por otra parte totalmente autorizadas, que ahora nos resultan, como poco, pintorescas.

Volviendo a lo que puede ser un escritor canónico y a la clasificación de Bloom, basada en la de Vico, nada que objetar en cuanto a la Edad Aristocrática y Democrática, nada que objetar tampoco cuando se trata de establecer un catálogo de autores aprobados por la tradición, o si se trata de aquello que entendemos por «clásico», es decir, el autor que no ha perdido la capacidad de ser absolutamente moderno, y eso para cada generación de escritores. Lo clásico, lo que consideramos canónico, es lo contrario de lo que está transitoriamente de moda. Es precisamente aquello que todavía resulta vigente. Pero la elección de Bloom es cuanto menos tramposa y barre descaradamente para casa.

En lo referente al ámbito hispánico su despiste es inconmensurable. El capítulo sobre Cervantes es cojo y parece hecho como por obligación, con la boquita cerrada, por la sencilla razón de que es un lugar común que Cervantes es un autor canónico y no hay nada que se pueda hacer al respecto (Kundera decía que el novelista sólo tiene que rendir cuentas a Cervantes). En cuanto a situarle en segundo lugar, después de Shakespeare, e incluso olvidarle en algunos momentos sustituyéndole por Dante, es un verdadero error de juicio. Es lógico, la literatura anglosajona, como la española, tiene una personalidad poderosísima; ambas se retroalimentan en cierto modo, pero en lo universal la influencia de Cervantes parece mayor que la de Shakespeare, más rastreable y también más testimoniable, como puede verse en el esclarecedor ensayo de Turguéniev sobre Hamlet y Don Quijote. No olvidemos, para entender estos desfases, que esa tan cacareada universalidad del canon pasa forzosamente por la traducción, la cual se convierte así en «la prueba del extranjero», uno de los vehículos más eficaces de la canonización. Todo el mundo sabe que El Quijote es el libro más traducido e impreso después de la Biblia (supongo que seguirá siendo así) y eso ha hecho más por su difusión que todos los juicios emitidos desde su país de origen.

No sé si entre los muchos homenajes que se hacen periódicamente al Quijote a alguien se le ha ocurrido o se le ocurrirá reunir opiniones en contra de su creador, haberlas haylas, tanto entre sus contemporáneos como entre nosotros. No me cuento entre sus detractores, pues siempre consideré a Cervantes el padre putativo de las letras españolas y a Galdós su hijo predilecto, siendo el padre biológico Quevedo y su hijo predilecto Valle Inclán. La progenie de Cervantes es muy numerosa por todo el mundo, sobre todo en Rusia y en Inglaterra, e incluso en Francia; desde luego casi más numerosa que en España, pues de ningún otro escritor se puede decir mejor que de él que «nadie es profeta en su tierra». Volviendo a Valle Inclán, él admitía no admirar a Cervantes por sus obras, sino porque se quedó manco «en la más alta ocasión que conocieron los tiempos», es decir, en esa batalla de Lepanto que algunos han convertido ahora en derrota, al igual que han convertido el cautiverio del escritor en Argel (del que el muy ingrato intentó escapar varias veces) en un estimulante diálogo entre civilizaciones, según algunos.

De Corpus Barga saco esa anécdota en la que Valle Inclán manifiesta su sana envidia ante la estatua de Cervantes, en la madrileña plazuela del Congreso. Por cierto, que en el mismo libro donde lo cuenta, Corpus establece también una ingeniosa filiación literaria para ambos: Valle es el precursor de Valle, dice, como Cervantes es el precursor de Cervantes. Porque ambos son para él lo mismo; irrepetibles e inimitables. También se podría decir de Ramón Gómez de la Serna, otro de nuestros grandes «curiosos y originales», que nada tienen que ver con los «raros y olvidados», de los que habla Sáinz de Robles, que son otra cosa.

Conclusión: el canon no lo establece la crítica literaria, la establece el lector, no el lector bulímico del que habla Lewis. S. Carrol, ni el que se lanza a la lectura como a una orgía perpetua, preconizado por Flaubert, sino el lector inteligente y selectivo al que se dirige Nabokov en sus acertadas críticas y lecciones de literatura, pero, sobre todo, lo establecen los escritores que son los que digieren y asimilan a los escritores anteriores. Son ellos los que les introducen en el canon, los que mantienen vivo el fuego sagrado, y en este juego de influencias puede darse que el efecto preceda a la causa, o simplemente que coincidan.

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