THE OBJECTIVE
Esperanza Ruiz

Contradictores

«Soy una nostálgica de poca ‘interdisciplinaridad’ y ‘multiplataformidad’»

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Contradictores

C Tangana | Ángel Pérez | Europa Press

Es difícil imaginar a Jimi Hendrix sin talento. Quizá es lo que pensara Eric Clapton cuando el americano llegó a Londres el año 1966. En el barrio de Islington se hizo famosa una pintada donde un fan de ‘mano lenta’ proclamó que el guitarrista era «dios». Su fama le precedía. Había pasado por los Yardbirds y acababa de dejar a los Blues Breakers de John Mayall. Eso sí, después de grabar un álbum, conocido popularmente como ‘Beano’, que hoy sigue influyendo en la escena del blues y el rock. Decidió montar su propio grupo, Cream, y se sacó de la manga el woman tone, que acabó siendo el sonido reconocible del artista. En estos tiempos de corrección política, lo del «tono de mujer» está siendo reemplazado por el «tono Clapton». En una época de guitarras que tiraban hacia la claridad y los agudos, él eligió notas con cuerpo.

Lo que importa es que Hendrix estaba en Londres no sólo para lanzar su carrera, sino también para conocer a Clapton. Se acordó que acompañaría a Cream durante un concierto. Sólo un par de canciones. ‘Mano lenta’ aceptó con la superioridad de quien se sabía uno de los músicos más importantes del Reino Unido por aquel entonces. La noche de autos, Hendrix subió al escenario, se presentó y propuso a la banda que tocaran Killin’ Floor. Se trataba de un clásico del blues con el que Clapton no se sentía cómodo, pero batería y bajista siguieron al de Seattle. Cuando el americano empezó a tocar, Clapton no dio crédito. Su público enloqueció con un recién llegado que recorría el mástil de una manera desconocida hasta entonces. Contrariado al ver cómo se desenvolvía Hendrix sobre el escenario, el inglés desenchufó su Gibson y se fue enfurruñado al camerino.

Aunque durante años no se dio mucho pábulo al suceso, hoy, por razones obvias, es fácil leer sobre él en internet. Además, aparece en una reciente película dedicada al guitarrista americano. Clapton reconocería con el tiempo que aquello no fue más que una estúpida batalla de egos. No quería que trascendiera lo de su enfado porque Hendrix fue más rápido, dio otro tipo de espectáculo y, a fin de cuentas, era diferente a él como músico. Esto honra a ‘mano lenta’ quien, a lo largo de su carrera, ha dado muestras de sensibilidad y grandeza (vale, estuvo con Carla Bruni, pero lo pasaremos por alto). Si obviamos su genio artístico, el Clapton que interesa es el que no quiere ser recordado por ese episodio vergonzante y el que, en estos tiempos de salvoconductos, quiere tocar para todos.

Reconozco que lo anterior hubiera sido más entretenido si en vez de Clapton y Hendrix se hubiera tratado de un beef entre Tangana y los Chikos del Maíz, pero algunos ya me conocen… Soy una nostálgica de poca «interdisciplinaridad» y «multiplataformidad» (disculpen la cursilada). A estas alturas del siglo sigo creyendo en jerarquías y dogmas (los necesarios), incluso en lo que respecta a la música popular. ¡Poenitentiam agite! Aun así, la anécdota entre estos dos músicos me sirve para hablar de dualidades o contradictores, sean estos artísticos o de cualquier otro tipo.

No se trata de absorber la propuesta y el claim de Henry de Montherlant cuando pone en boca de uno de sus personajes que hacer amigos es una obligación de comerciante y hacer enemigos un pasatiempo aristocrático. Lo leí en una camiseta -hay que citar las fuentes- y me hizo gracia, pero la enemistad es fastidiosa. Además, aunque sólo sea por pura caridad bien entendida, tener adversarios no compensa. Si es cierto que la grandeza de uno se mide por la talla de sus enemigos, la mayoría de las veces es mejor ahorrárselos. A no ser que sea usted Napoleón o acabe de erigirse en dictador de un país no alineado, en cuyo caso, nada que objetar.

Cosa distinta a la enemistad es tener el justo espíritu de contradicción. No exige odios africanos, no digo que no puedan darse en algunos casos, y tenemos decenas de ejemplos: Barbey d’Aurevilly y Victor Hugo, Joselito El Gallo y Juan Belmonte, Góngora y Quevedo, ‘concebollistas’ y ‘sincebollistas’, Landaluce y Espada, o el poeta zulú Roy Campbell y sir Stephen Spender. Ambos escritores protagonizaron un altercado cuando Campbell subió al escenario en el que Spender estaba dando un discurso contra los soldados británicos y le propinó un puñetazo. Años más tarde, el noble sería el encargado de entregar al sudafricano el Foyle Prize de Poesía (1952) por la traducción de los versos de San Juan de la Cruz.

La mayoría de los artistas mencionados dieron estopa, cada uno a su manera y para nuestro disfrute. Nadie se escandalizaba o hiperventilaba por lo que ha sido, y es, una constante en el mundo de la cultura y los medios. La gestión de los egos y el talento tiene su aquel y ha dado grandes momentos a la humanidad. No obstante, si reconocemos que el poco o mucho talento que podamos tener no nos pertenece, que no tenemos nada que no hayamos recibido, la atalaya desde la que, en ocasiones, observamos al contradictor, se convierte en un semisótano. Por eso uno debe leer y disfrutar de sus contradictores. En las rivalidades, la discrepancia y la puñalá, se pueden encontrar genialidades o cosas aprovechables. Ocurre con frecuencia.

Aunque las más de las veces nos quedemos en Bisbal y Bustamante, todos podemos ser Hendrix y Clapton

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