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Cristina Casabón

La moral del resentimiento

«La izquierda identitaria quiere una sociedad donde la igualdad de oportunidades dé paso la igualdad de resultados»

Opinión

La moral del resentimiento

La nuestra es una época poderosa pero insegura de su destino. Orgullosa de sus fuerzas pero a la vez temerosa de ellas, porque todos los valores están cambiando, no necesariamente para peor, pero cómo podemos decir que para mejor. Ahora nos dicen que tenemos que evaluar a las personas únicamente sobre la base de un valor supremo, la igualdad. Este nuevo orden moral se adula a sí mismo y se vanagloria de que ya no concede privilegios. Paco Umbral decía que «la realidad es que no hay igualdad en la vida. La discriminación la llevamos en nosotros. Una mano es siempre más aristocrática que la otra. Y la otra mano es más laboral, más violenta, más sufrida».

Nos encontramos inmersos en un período de igualitarismo, defender ideas como la elegancia y la sofisticación hoy son cosas de reaccionarios y nostálgicos. La izquierda identitaria quiere una sociedad donde la igualdad de oportunidades dé paso la igualdad de resultados, y con ello nos dirigimos alegremente a una distopía de la uniformidad. Se ha escrito mucho últimamente sobre los felices años 20, una década marcada por autores como Joyce, Eliot, Russel, Proust… El historiador Juan Pablo Fusi dice en un artículo titulado La crisis de la conciencia europea que Proust, en su reconstrucción de la vida francesa tenía mucho de evocación de «un mundo elegante y aristocrático aunque moralmente sombrío y hasta miserable», de «un tiempo ya perdido y únicamente recuperable a través del arte». 

Es complicado resumir la moral y los valores de una época, pero creo que no hay que eludir ningún debate, ningún fango. Si estamos abrazando el igualitarismo como una nueva religión y desechando ese mundo aristocrático y elegante no es porque tengamos una moral superior o mayor conciencia que hace un siglo, sino por la «moral del resentimiento». Este concepto es fruto de la avidez psicológica de Nietzsche, Ortega o Scheler, que creían que las emociones de agravio social generan resentimiento, y el resentimiento mismo se torna creador y da a luz a juicios de valor, pretendidamente racionales. Se hacen juicios de valor a favor del igualitarismo, con una pretendida superioridad moral que en realidad son fruto del resentimiento, y por eso no es de extrañar que un día pidan colgar a los banqueros de las farolas, o bien imponer impuestos confiscatorios a los propietarios de relojes con diamantes. Quienes afinen el oído verán que hay algo más, en el fondo, algo extraño en este fenómeno, y es la moral del resentimiento. 

Pero el dilema es que una sociedad que imponga la igualdad de resultados también será una sociedad más alineada, militarizada y uniforme. El proceso de alineación podría ir dejando a su paso individuos vacíos y cada vez más resentidos. Unamuno escribió que «la envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual», y algo parecido ocurre con el resentimiento. Es un vacío que, lejos de ser material, como dicen los expertos en desigualdad y redistribución de la pobreza, es ante todo espiritual y procede en parte de esa alineación que imponen las ideologías colectivistas. Sin la promesa liberal de la autocreación que encierra el atractivo de un futuro mejor, quedan las migajas, una vida alienada e insípida. Surge de este vacío un resentimiento moral y después se racionaliza en papers contra la meritocracia que dicen que te tienes que callar. Paradójicamente, romper con el altruismo de la igualdad de resultados quizás sea lo único que puede sacarnos como sociedad de la alineación, la ansiedad y la impotencia.

Entre los revolucionarios igualitarios y su pretendido altruismo ocurre que a veces no hay nada más que resentimiento expresado en tweets de doscientos caracteres. En la vida real, estos bohemios con Twitter, como Errejón, viven mejor que cualquiera gracias a los impuestos de los «ricos y poderosos». En la vida real, estos ricos que hay que llevar al paredón son unos currantes, empresarios que se dejan el lomo y trabajan hasta los domingos para dar de comer a su familia y levantar el país. En una palabra, para progresar. Y ahí es cuando uno se plantea si existe una elevada conciencia en el altruismo o más bien, una embriaguez colectiva de resentimiento hacia aquellos que aspiran a algo mejor. Una de las fórmulas más antiguas de la política es unir a los votantes en torno a sentimientos disfrazados de juicios de valor llenos de gradilocuencia moral. Mundus vult decipi, decía Unamuno. El mundo quiere ser engañado, el gobierno que impone la igualdad de resultados rinde culto al vago. Quizás y los de ahora no son tiempos peores, pero ¿cómo podría decir que vivimos mejores tiempos? 

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