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Josu de Miguel

Apoteosis del narcisismo

«Ha nacido una libertad pagana en la que la acción se reduce a consumir y el nuevo motor del sujeto es el reconocimiento de terceros»

Opinión
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Apoteosis del narcisismo

Michel Houellebecq. | Jack Abuin (Zuma Press)

En 1979, el gran sociólogo e historiador estadounidense Christopher Lasch publicó un libro hoy olvidado en el que venía a notariar el balance de las luchas políticas y por los derechos civiles que habían tenido lugar apenas una década antes. El resultado, ya lo conocen, era una sociedad vacía que sorprendentemente, quizá como consecuencia del derrumbe del modelo keynesiano de bienestar, había puesto el foco en el individuo: el yo había sustituido al vínculo social y el individuo se había replegado en una cultura narcisista atenta al cuidado del cuerpo y la mente. Sennett, Lipovetsky y, sobre todo, Houellebecq y su literatura de la libertad de bajo vuelo, vinieron después a certificar que el Zeitgeist de nuestro tiempo es el sentido desmesurado -y a la vez vacuo- de nuestra existencia.

Me cuesta volver a la prensa, a las noticias en general, porque detecto en ellas una invariable apoteosis del narcisismo. Cualquier entrevista o noticia referida a un personaje público o privado termina centrada en aspectos de su biografía: el relato, pensamiento o idea que pueda destilar el modo de ver el mundo de acuerdo con una ética orientadora resultan irrelevantes. La egolatría de finales de los 70 se ha terminado amplificando como consecuencia de la proliferación de la razón identitaria, que a su vez ha transformado la política en un mero ejercicio de psicología barata. Basta ver que, mientras el parlamento parece asumir el canon de la telebasura rosa triunfante, con la figura del diputado populachero diluyendo la importancia del partido, la telebasura se transforma en un hemiciclo activista en consonancia con las religiones políticas del presente.

Por supuesto, ninguno de nosotros permanece ajeno a este narcisismo triunfante: se generaliza la literatura biográfica y casi todos participamos alegremente en unas redes sociales donde tratamos fútilmente de imponer nuestra mirada y, sobre todo, nuestra identidad. Hoy lo importante es perfilar la personalidad aludiendo a nuestro origen, orientación sexual o género adquirido. Ahora bien, con ello no basta: también debemos caracterizar y empoderar la identidad a través del victimismo. Los más afortunados habrán sufrido una violencia formal y visible, el resto se tendrá que contentar con la violencia simbólica y sistémica: el capitalismo, el heteropatriarcado o el antropoceno bastarán para fundar la república del dolor a la que alude Daniele Giglioli, ese espacio donde lo importante no es hacer, sino padecer.

El narcisismo está reconstruyendo la libertad: como vaticinó Hegel, ha nacido una tercera libertad, una libertad pagana en la que la acción se reduce a consumir y el nuevo motor del sujeto es el reconocimiento de terceros. Resulta normal entonces que el Estado, como nos recuerda Pablo de Lora, se transforme en una burocracia del consuelo y que el ordenamiento jurídico consienta imponer a los demás características propias que antes eran meros datos estadísticos. La antaño preciada y hoy denigrada neutralidad liberal que permitía a la sociedad liderar el cambio y potenciar estilos de vida diferentes termina decayendo en beneficio de un insoportable moralismo institucional que todo lo permea. No es lo malo que por el camino perdamos autonomía y soberanía: lo peor es que la indignación termina desplazando a la ironía con la que deberíamos hacer frente a la inevitable decepción democrática.

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