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José Carlos Llop

Dalí en el planeta de los simios

«Sin Dalí, la sociedad en tiempos de Franco hubiera sido mucho más aburrida y cada una de sus apariciones era una fiesta»

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Dalí en el planeta de los simios

Salvador Dalí en 1939. | Carl Van Vechten

Ha llegado a España ese momento donde uno no sabe dónde está –o lo que es peor: lo sabe demasiado– y la causa principal del desconcierto es el sincopado pulso de lo público. Véase la exagerada gesticulación que nos rodea. Nos hemos vuelto un país en el que sus cronistas no se sabe si son jugadores de baloncesto o están poseídos por el baile de San Vito. Hablo de la televisión, donde no hay enviado o presentador en estudio que no dé pasos a lo Chiquito de la Calzada y no use las manos y los brazos como un karateka, o un Corbalán cualquiera en busca de una cesta para arrojar el micro. Todo acelerado y todo entre sonidos que se parecen bastante a los gritos y sólo remarcan las sílabas como ocurre en el rap. Pero también sucede en la calle donde los golpes en los brazos, el pulgar alzado, el choque de puños o codos, el gesto hortera de imitar un teléfono con el pulgar y el meñique, y los guiños y espasmos faciales estilo ministra de Hacienda son la tónica habitual. ¿Qué ha pasado? ¿Hemos desembarcado en el planeta de los simios? ¿Es tanto síndrome parkinsoniano un aviso más de la rápida degradación que estamos padeciendo?

Este sabe latín, se decía antes, y significaba que la sabía larga, que era muy cuco, que su listeza era grande, en la sempiterna creencia nacional de que la listeza es superior a la inteligencia o a la cultura, ya saben la picaresca. Se dejó de decir al poco de abandonar el latín en los estudios elementales y ya nadie diría de otro que ‘sabe latín’ para referirse a sus habilidades de fullero. Sin embargo se ha puesto de moda introducir alguna palabra en latín en el discurso y las elegidas, pocas, suelen acabar en ‘ae’, terminación que como sabe cualquiera que haya aprendido las declinaciones latinas –bastaría con la primera: rosa-rosae– se pronuncia ‘e’. Pues nada, hombre, ‘a-e’ por arriba y ‘a-e’ por abajo y se quedan tan satisfechos como un párroco gallego, de los de Torrente Ballester, después de tomarse un par de jícaras de chocolate.

Todo esto viene envuelto en una especie de ideologización hacia atrás jugando con la moviola del tiempo. Dalí, por ejemplo es un ritornello que no cesa. Fui de aquellos a los que el pintor no interesaba y el escritor mucho: sigo siéndolo. En cambio a los surrealistas les interesó todo él desde el principio: su pintura, su literatura y su personaje. Dalí era, de todos ellos, quien llevaba más lejos las teorías de Freud (estos días se celebra en Viena una gran exposición sobre Dalí y Freud). Inventó el método paranoico-crítico y todo fueron aplausos. Hasta que la ortodoxia dictatorial del Papa Breton lo excomulgó y de niño mimado del surrealismo y su artista más representativo –más que Ernst o Delvaux– pasó a ser un paria aficionado sólo al dinero. Avida dollars lo llamaron y el dictum bretoniano lo conocen hasta los que apenas saben de Dalí. Como si los demás pintores, surrealistas o no, no estuvieran muy pendientes del dinero…

Pongamos que los surrealistas hicieron mal dos cosas: cargarse a Dalí de entre los suyos –y él fue surrealista en cada uno de sus movimientos hasta que murió– y cargarse la poesía francesa, que es mucho delito y así está ella, que aún sigue penando. Pero sin Dalí, la sociedad en tiempos de Franco hubiera sido mucho más aburrida y cada una de sus apariciones en revistas, periódicos o televisión era una fiesta. También de la inteligencia. Y con la democracia lo mismo: recuperen en La 2 la larga entrevista –dos programas enteros– que le hizo Paloma Chamorro en La Edad de Oro y verán qué festín. Pero se le sigue insultando y sus paisanos no van precisamente a la zaga en los insultos y la práctica del apartheid. Porque el problema de España no es la ideologización excesiva de la derecha o de la izquierda. La de ambas es bastante pobre en lo suyo por más que se polaricen. El problema es la ignorancia y la tontería que arrastra detrás. Que por mucho que se gesticule no desaparece o ‘desaparezae’. Y ustedes perdonen: por el palabro y por el arrebato. No lo volveré a hacer y como penitencia, la semana que viene me apunto a unas clases de rap: por la pronunciación. Lo mismo me dan trabajo en un telediario. 

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