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Velarde Daoiz

¿Y ahora qué, Pepé?

«Independientemente de quién lidere el PP, lo importante será la estrategia que defina. Si de mí dependiera, algunos de los principios básicos estarían claros»

Opinión
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¿Y ahora qué, Pepé?

El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo. | EP

Hace apenas una semana se desató un terremoto en el principal partido de la oposición en España, tras la publicación de que el aparato de Génova podría haber estado espiando a Isabel Díaz Ayuso y su entorno con intención de, presuntamente, perjudicar políticamente a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Las réplicas del movimiento sísmico han culminado en el momento en el que escribo este artículo (los acontecimientos se suceden a velocidad ultralumínica) con la dimisión del secretario general del Partido Popular, Teodoro García Egea, y probablemente a lo largo de las próximas horas con la de su presidente Pablo Casado y con la convocatoria de un congreso extraordinario dentro de pocas semanas.

Es probable, aunque no conozco con detalle los estatutos del Partido Popular, que una gestora presidida por un candidato de consenso (se especula con que pueda ser el gallego Núñez Feijoó) gobierne el funcionamiento del partido hasta la celebración de dicho congreso. Del cónclave emergerá el próximo presidente del Partido Popular, que podría o no coincidir con el candidato del partido a las próximas elecciones generales (que recordemos que podrían retrasarse como muy tarde hasta principios de enero de 2024).

No me interesan demasiado los acontecimientos que nos han conducido a la situación actual, sino lo que pueda suceder en el PP desde este momento hasta dichas elecciones (aunque sin duda lo sucedido tendrá una influencia decisiva en los acontecimientos que están por llegar). Y me preocupa porque creo que, bajo el actual Gobierno de un Partido Socialista muy débil parlamentariamente hablando, condicionado por socios independentistas, regionalistas y de extrema izquierda, y presidido por un hombre con pocos escrúpulos como Pedro Sánchez, podemos estar al borde de una situación similar a la griega en 2014-2015, o incluso de la desmembración del Estado español tal y como lo conocemos.

Independientemente del candidato que resulte vencedor, lo realmente importante por tanto será lo que haga el Partido Popular durante los próximos meses o años hasta los comicios.

Si, como ha hecho públicamente a nivel nacional la dirección hasta ahora, acepta el «tablero de juego» establecido por la izquierda, según el cual hay determinados partidos «sucios» a la derecha del PP con los que no se puede pactar nada, y con los que simplemente conversar puede contaminar al interlocutor con independencia de lo discutido, creo que lo más probable, especialmente en un entorno de previsible división interna agitada por la oposición, es que la tendencia a la baja en las encuestas que ha empezado esta semana se consolide, y que Vox supere pronto en los sondeos demoscópicos al PP. En esas condiciones, la hasta ayer esperanza teocasadiana de apelar al voto útil para el partido mayoritario de «no izquierda» para «echar a Sánchez» sería contraproducente para el propio Partido Popular, y podría ser legítimamente ejercida por Vox.

Ese escenario me preocupa particularmente, pues veo muy complicado que, por un lado, aritméticamente pudiera haber alguna suma que diera la posible gobernabilidad a un ejecutivo presidido por Vox, y por otro porque dudo muchísimo que un PP en posición de debilidad diera su apoyo a un gobierno de coalición o en solitario de Vox por temor a ser fagocitados. Además soy lo suficientemente poco joven para recordar los años del felipismo, con una oposición de derecha «fuerte», que permitía mayoría absoluta tras mayoría absoluta al partido socialista (solo el «movimiento al centro» de Aznar tras la transformación de Alianza Popular en el Partido Popular y la crisis del 93, unidas a los mayores escándalos de corrupción de Europa Occidental, hicieron que Felipe González perdiera por la mínima las elecciones de 1996). Fuera de marcos políticos bipartidistas como el americano y hasta cierto punto el británico (o el español hasta hace pocos años), resulta muy difícil pensar en un país occidental gobernado por una fuerza política que ocupe alguno de los extremos del arco parlamentario. Lamentablemente creo pues que el escenario de los años 80 del siglo pasado estaría en serio riesgo de repetirse pero de manera mucho más peligrosa, pues el partido socialista no gobernaría con mayoría absoluta sino, como lleva haciendo desde hace casi cuatro años, siendo socio y rehén de fuerzas políticas que desean el desmembramiento del Estado y la demolición del régimen del 78.

Por lo tanto creo que, independientemente de quién lidere el Partido Popular dentro de unas semanas, lo importante será la estrategia que defina. Si de mí dependiera, algunos de los principios básicos estarían claros:

  • Defendería MIS PROPUESTAS y mis posiciones. Se acabó el decidir qué decir o qué votar dependiendo de lo que harán o dirán otros, como bochornosamente hemos presenciado una y otra vez durante los años del casadismo. No creo que llegue nunca a olvidar cómo, tras un durísimo discurso en contra de la propuesta, y para diferenciarse del ‘no’ de Vox, Casado decidió en octubre de 2020 la abstención del PP en la votación para aprobar un estado de alarma de seis meses que incluía un toque de queda para 47 millones de españoles, y que finalmente la Justicia ha declarado inconstitucional. No me vale el argumento de que «daba igual lo que votasen porque en cualquier caso iba a salir que sí». Los principios importan, o deberían importar. 
  • Centraría mis ataques en las políticas y actitudes del Gobierno, no en las de partidos ‘limítrofes’ cuyos votantes, necesariamente, tienen puntos de afinidad con mi formación. Atacar o insultar a Vox o a los restos de Ciudadanos sistemáticamente, o a sus líderes, difícilmente va a convencer a votantes que o no han tenido la oportunidad de votarme nunca por juventud o me abandonaron electoralmente (recordemos que hasta 2015 el Partido Popular era la única opción para más del 90% de los potenciales votantes de ‘no izquierda’) de que vengan ‘a casa’. Por el contrario, sí creo que es importante marcar diferencias en aquellas posiciones, propuestas o declaraciones de dichos partidos limítrofes que se puedan considerar inaceptables por una mayoría de votantes moderados en España, que es el caladero de votantes en que debería centrarse en mi opinión el ‘nuevo’ Partido Popular.
  • No importa con quién se pacte, sino lo que se pacte. Se acabó el avergonzarse por pactar o no pactar con Vox o gobernar o no en coalición en un futuro Parlamento, y el aceptar lecciones sobre cordones sanitarios provenientes de quienes gobiernan no solo con fuerzas independentistas que no hace ni cinco años intentaron subvertir el orden constitucional y no se han arrepentido de ello, sino incluso con los herederos de ETA. 
  • Definiría un programa centrado en 2-3 ejes con elementos claramente diferenciadores respecto a otras opciones. En mi caso posiblemente elegiría empleo y  transición energética, pero pueden perfectamente ser otros: lo importante sería articular la estrategia comunicativa en torno a esos ejes, y que los electores reconocieran perfectamente las propuestas principales del partido. «Gestionar mejor» o «ley de pandemias» no son mensajes atractivos en un momento en el que hay tantos platos en el menú.
  • Por último, y especialmente en el momento actual, nombraría un potente director de comunicación interna que, respecto a cualquier tema importante o candente que pudiera surgir, definiese con rapidez, varias veces al día si fuera necesario, las posiciones y los mensajes a comunicar sobre esos temas por parte de todos y cada uno de los representantes principales del partido, evitando discrepancias públicas o improvisaciones.

No tengo ni la menor idea de lo que puede pasar durante las próximas semanas. Sí sé que serán decisivas para el devenir de nuestro país. Quizá por eso desearía que todo aquel que se vea con capacidad de generar optimismo y no proponerse solamente como algo menos malo que el sanchismo, y de articular una clara mayoría en torno a unas ideas y propuestas claramente diferenciables, se presente como candidato en ese Congreso. Independientemente de si controla o no el partido, independientemente de si se ve con probabilidades de ganar o no la votación debido a los juegos de alianzas e independientemente de si cree que eso puede arruinar su futuro en la política. Los gestos, como decía antes, son importantes. Y quiero creer (y creo) que no todos los políticos son iguales. Quizá (ojalá) de tiempos difíciles emerjan líderes valientes y valiosos.

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