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Guadalupe Sánchez

Johnny Depp y el género de la verdad

«Tener vagina no obliga a las hembras a decir la verdad, y tener pene no convierte a los machos en maltratadores»

Opinión
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Johnny Depp y el género de la verdad

El actor Johnny Depp, la pasada semana a la salida de su juicio en Virginia. | Ron Sachs (EP)

El MeToo nació muerto porque la verdad no es una cuestión de sexo, sino de pruebas. Sus valedores han intentado ideologizar la entrepierna y convertir su dogma de «hermana, yo sí te creo» en ley, pero ni las condenas pueden sustentarse en eslóganes, ni la credibilidad o la culpabilidad pueden reducirse a una cuestión de genitales. Tener vagina no obliga a las hembras a decir la verdad, como tampoco tener pene convierte a todos los machos en maltratadores o violadores.

La condición de delincuente no puede asignarse en función de lo que eres, sino de lo que haces, al contrario de lo que sucede con la presunción de inocencia, un derecho humano universal inherente a cualquier individuo al margen de su condición biológica: cualquier persona es inocente mientras no se demuestre lo contrario.

Uno de los grandes errores estratégicos del MeToo ha sido el de intentar sentar precedente con denuncias dirigidas contra hombres imbuidos de fama y popularidad, porque si el escarnio es público, también lo será la mentira en las que se sustentó el linchamiento cuando ésta se destape. Y esto es, precisamente, lo que ha sucedido en el caso de las acusaciones de malos tratos que la actriz Amber Heard dirigió contra Johnny Depp: el juicio por difamación iniciado contra ella a instancias del también reconocido actor ha dejado al descubierto que las incoherencias, las mentiras y hasta las agresiones físicas no son patrimonio exclusivo del varón.

Efectivamente, las grabaciones, mensajes y testimonios que se están reproduciendo en la vista que se celebra en los juzgados de Virginia arrojan sombras sobre el ser de luz que el feminismo y los medios construyeron en torno al personaje de Heard cuando, allá por 2018, ella escribió un artículo en el Washington Post contra la violencia de género en el que señalaba a Depp, aunque sin nombrarlo.

Cierto es que, en un primer momento, las inercias políticas que impulsan el MeToo elevaron a Amber a los altares del victimismo feminista sin necesitar más prueba que la palabra de ella: con motivo del septuagésimo aniversario de la declaración Universal de Derechos Humanos, la Oficina del Alto Comisionado de la ONU la nombró campeona de los derechos humanos. También fue designada embajadora de los derechos de la mujer en la American Civil Liberties Union y en 2021 fichó como oradora contra la violencia de género por la agencia de representación de los Obama a razón de 40.000 euros por aparición.

En lo que a Depp se refiere, el haber sido objeto de acusación mediática -que no judicial- no solo no le ha deparado reconocimiento institucional alguno por hacer valer algo tan valioso como es la presunción de inocencia de quien no ha sido juzgado ni condenado, sino que le ha acarreado, según él, la perdida de millonarios contratos.

No obstante, las pruebas que se han viralizado como consecuencia de la contienda judicial que mantienen demuestran que, al margen de lo que finalmente pueda el tribunal concluir sobre la acusación de difamación y las cantidades que ambos se reclaman de forma cruzada, ella mintió y miente. Los audios evidencian que la violencia verbal en modo alguno fue unidireccional, sino recíproca, e incluso existe una grabación en la que Heard admite haberlo golpeado -discute con Depp sobre si le ha propinado puñetazos o simples bofetones-.

Hasta parece haber mentido sobre algo tan absurdo como el kit de maquillaje con el que, según su abogada, consiguió disimular los moratones provocados supuestamente por el actor: la propia marca ha desmentido que ese producto estuviera en el mercado en el momento en el que acontecieron los hechos.

Por supuesto que este caso tan mediático en particular no debe usarse como pretexto para negar la existencia de la violencia machista, de la misma forma que tampoco debe utilizarse el maltrato para negar la existencia de denuncias instrumentales o de acusaciones difamatorias realizadas por mujeres.

Si para algo han de servir las lecciones que nos está dejando el recorrido judicial de muchas de las denuncias formuladas bajo el paraguas del MeToo es que la culpabilidad no puede determinarse mediáticamente en función de la biología de la acusación y del acusado, sino por los hechos considerados probados por un tribunal tras un juicio con todas las garantías. Los intentos de institucionalizar los dogmas de este movimiento feminista a los que venimos asistiendo no persiguen la igualdad, sino la consecución de un privilegio legal por razón de sexo que lleva a los varones de hoy a penar por los pecados de otros hombres en el pasado. Si el feminismo tiene una razón de ser, ésta radica en la justicia y no en la venganza.

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