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Juan Marqués

Tonino Guerra y los milagros de la Italia vacía

«La mejor poesía puede conseguir eso: convertir una miseria secular en alegría eterna»

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Tonino Guerra y los milagros de la Italia vacía

Cedida

Siempre que se alude a Tonino Guerra (1923-2012) se recuerda que fue el autor de los guiones de Amarcord o Y la nave va para Fellini, del de Nostalgia para Tarkovski o de los de La noche, La aventura Blow up para Antonioni…, pero debería suceder al revés, en mi opinión: siempre que se aluda a esas películas debería decirse, para enaltecerlas, que fueron escritas por quien años después, al final de su vida, alcanzaría la mirada necesaria para merecer ser capaz de escribir los poemas asombrosos de La miel.

Fue la añorada Carmen Jodra Davó la primera persona que me habló de Guerra. Ella estuvo durante varios días leyendo un libro muy gordo y bastante amarillo en el banco del Duque de Alba, en los jardines de la Residencia de Estudiantes, y cuando me decidí a preguntarle por él me dijo que se trataba de la Poesía completa de Tonino Guerra, publicada por la Universidad Popular José Hierro y traducida por Juan Vicente Piqueras. Al prestármelo, ella ya me recomendó que empezara por La miel, «un libro precioso, muy especial».

Lo leí y, efectivamente, lo era, lo es. Igual que Moby Dick comienza con Ismael explicando que cuando comienza a sentirse furioso en la tierra comprende que ha llegado el momento de volver a lanzarse a la mar, en La miel un septuagenario que «no podía soportar ni un día más en la ciudad» decide regresar a su diminuta aldea, en la comarca de la Valmarecchia, en plena ‘Italia vacía’, donde había mil doscientas personas cuando nació y ahora sólo quedan nueve (y hay que tener en cuenta que el «ahora» de Il miele es 1981, cuando se publicó el libro por primera vez, en el dialecto romañolo en el que lo escribió Guerra, y con la traducción al italiano).

Son personas pobres de solemnidad, miserables en extremo, carentes de todo…, excepto de tiempo. Todo el tiempo del mundo se concentra en esa región y, aliado con el calor, produce un tedio infinito que, observado por el recién regresado, por el hijo pródigo, provoca poemas narrativos maravillosos. Cada poema es como un pequeño cuento, casi un mito local, o una semblanza, una anécdota, una creencia popular que Guerra inventa, una tradición que funda con su portentosa imaginación. Es imposible concebir una poesía menos retórica, tanto que de hecho en algún momento roza la anti-poesía, pero por ello tiene tanta fuerza. Son palabras transparentes como el agua, deseosas de ser entendidas por todo el mundo, pero albergan también sus secretos, su magia blanca, alguna pequeña distorsión que puede llegar a estar emparentada con un remoto surrealismo. Sólo un ejemplo, sublime, del ‘Canto primero’: se nos cuenta que el padre del narrador vendía carbón y la madre le ayudaba a llevar las cuentas. Como no sabía leer ni escribir, «los números los llevaba apuntados en la cabeza y cuando pagaban / los tachaba con una cruz». 

Hay varios casos así, en los que el pequeño absurdo o la broma puede llegar a pasar inadvertida por lo admirablemente directo y desnudo del estilo. Pero hay historias emocionantes, relatos que serían dolorosos, de tan injustos o crueles, si no estuvieran contados con un talante tan especial, con un tono tan sano, con una conciencia poética tan traviesa e inteligente.

También se nos cuentan sueños que no lo parecen, y sucesos reales que creeríamos sueños. En esa indefinición se mueve muy a gusto Guerra, sobre todo porque una de las intenciones del libro, y uno de sus grandes éxitos, es el modo tan vívido en el que nos transmite la experiencia de la vejez, la cual, ante una soledad tan antigua y radical como la de estos personajes, ante tanto hastío, tanto ocio, tantas hambres acumuladas, tanta resignación y tanto calor (o tanto frío), tiene mucho de crónica de la demencia. Tanto al narrador como a su hermano, que siempre permaneció en el pueblo, les suceden cosas que el lector descifra como síntomas de senilidad, pero a la vez es precioso ver cómo dos viejos hermanos, que a menudo se pelean y dejan de hablarse, en muchos poemas van acercándose, asemejándose, casi fundiéndose (como en el del espejo), para acabar definitivamente juntos en el canto último.

En abril de 2019 me comí un pollo al carbón con Juan Vicente Piqueras en la Rua de Santa Marta de Lisboa, y entonces me contó un montón de cosas sobre su amigo Guerra, y también sobre Izet Sarajlić, otro amigo suyo a quien también tradujo y que en buena medida compartía la filosofía poética del italiano, en el sentido de intentar, por encima de todas las cosas, que sus poemas consiguieran acompañar a sus lectores, calentar sus vidas, reconfortarlos en sus tristezas, sus cuitas y sus tribulaciones. Porque la mejor poesía puede conseguir eso: convertir una miseria secular en alegría eterna. Mientras escribo esta página me entero de que anoche, en Barbastro, concedieron a Piqueras el Premio de Poesía Hermanos Argensola, lo cual me alegra mucho porque, realmente, se trata de uno de los mejores y más discretos poetas españoles vivos, pero estábamos en Guerra, y sobre ello, sobre él, había escrito Piqueras muy poco antes de esa comida un prólogo precioso para la edición exenta de La miel que hizo la editorial logroñesa Pepitas de Calabaza en octubre de 2018.

En esa bellísima introducción, Piqueras (nacido en una aldea valenciana también prácticamente desaparecida, de tan minúscula) contaba su descubrimiento del libro, su deslumbramiento, y sus posteriores movimientos para conocer al autor, de quien fue ya cercano amigo hasta 2012, cuando Guerra murió. Es muy fácil leer esas pocas páginas porque Pepitas de Calabaza acaba de reeditarlas, ampliadas, en una nueva edición de La miel que, además, recoge otros dos poemarios posteriores pero claramente emparentados: El viaje (en el que un matrimonio de octogenarios decide que ya han esperado demasiado para celebrar su luna de miel y se van caminando hacia el mar, que jamás han visto…) y El libro de las iglesias abandonadas, otra gran elegía de eso que Elsa Morante, en alusión a Guerra, llamó «la civilización campesina». El nuevo libro, enriquecido con unos linograbados realmente inspirados y enriquecedores de Carlos Baonza, se titula El árbol de agua, y es una verdadera fiesta, un monumento inmortal a lo que muere, una poesía que celebra y lamenta a la vez que en el mundo hayan sido estas personas, estos animales, este silencio, esta fe, esta magia, esta posibilidad cierta de que de vez en cuando suceda algo milagroso y la esperanza de que por allá cerca ande alguien parecido a Tonino Guerra para acertar a contárnoslo con tanta piedad por el ser humano y con la mejor de sus sonrisas.

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