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José Rosiñol

Cataluña pudo ser Ucrania

«Ya podemos vislumbrar el perverso plan que activó el separatismo y ver lo cerca que estuvimos del abismo»

Opinión
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Cataluña pudo ser Ucrania

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras. | Europa Press

Han pasado casi cinco años ya desde el intento de golpe de Estado en Cataluña, la niebla de guerra se despeja, con los datos que han ido saliendo a la luz creo que ya podemos vislumbrar el perverso plan que activó el separatismo y ver lo cerca que estuvimos del abismo. No podemos olvidar ni reinterpretar por intereses partidistas lo que pasó y, sobre todo, lo que pudo pasar. El relato de lo acaecido, de las operaciones que se pusieron en marcha, de la falta absoluta de escrúpulos y las tentaciones de deslizarse hacia la violencia como herramienta de desestabilización y presión política.

Los que me conocen bien saben que siempre voy llorado a los sitios, incluyendo cuando me asomo al vértigo de la hoja en blanco. Digo esto porque quiero empezar esta especie de narración desde alguna experiencia personal, básicamente porque creo que puede ilustrar lo que quiero expresar, quiero ir de lo local a lo global. Desde mucho tiempo antes de la activación del golpe de Estado del 2017, los separatistas crearon un relato buenista, positivo y festivo de lo que desembocaría en los hechos de septiembre y octubre del 2012, la «revolución de las sonrisas» lo llamaron. Hay que reconocer la enorme creatividad y capacidad de crear imágenes que distorsionan absolutamente la realidad, de crear maniobras de distracción y cortinas de humo.

Pero, ¿cómo se traducía esa sonriente revolución para los que no claudicábamos con la imposición ideológica e identitaria? La respuesta a esta pregunta creo que podría ejemplificarse con un episodio personal. A través de una colaboradora recibí la petición de reunión por parte de unos agentes de policía, como es lógico, acepté y nos vimos una mañana, eran dos agentes encargados de la seguridad y escolta de personas. Lo que me dijeron, básicamente, es que el ministerio me había situado entre las veinte personas que estábamos expuestos a algún tipo de agresión o, incluso, atentado, pero que no me preocupase porque ellos se encargarían de mi seguridad…

Naturalmente, preocuparme no me preocupó mucho, pero sí me hizo pensar ¿en serio un tipo como yo, que no se dedica siquiera a la política, que soy básicamente un «mindundi» que reivindica la democracia y el orden constitucional entre los catalanes, necesita escolta policial? ¿Y a todos aquellos que no están entre esos posibles veinte objetivos pero que también se están dejando la piel en la calle, quién los protege?

A partir de ahí, se dieron muchos episodios, un 11 de septiembre llegar a tener que ir con seis agentes para poder llegar a la Plaza de Sant Jaume, tener que salir por un pasillo secreto de una institución porque había tres o cuatro mil personas bloqueando la salida y no poder garantizarse mi seguridad, entrar en volandas en un coche policial camuflado por toparme con una manifestación de Arran, tener amenazas de muerte de exmiembros de Terra Lliure… estos y otros muchos episodios mucho más personales eran el día a día en la ejecución de un clima de tensión social necesario para poder crear el terreno propicio con el que justificar acciones de violencia, porque la violencia o la ausencia de ella solo era un factor instrumental que se activaba en función del interés y el momentum político del separatismo.

Todo este clima social corría en paralelo con los presuntos contactos del separatismo con miembros de los servicios de información rusos, en concreto pertenecientes a una unidad especializada en activar procesos de desestabilización en países extranjeros. En dichos encuentros, parece que se planteó u ofreció el envío de 10.000 soldados a Cataluña para apoyar el proceso separatista una vez declarada la independencia de la comunidad autónoma. Como podemos ver, no solo fue un golpe de Estado e intento de desobediencia, estuvimos en un claro proceso de desestabilización con planes en las llamadas «zonas grises» y, probablemente «guerra híbrida».

Visto con perspectiva fue una operación de manual (ruso), en el que presuntamente un estado como el ruso aprovechó las circunstancias creadas por el separatismo para activar las maniobras habituales en estos escenarios. Como ejemplo podríamos detenernos en lo que ocurrió en el Donbás en el 2014, los movimientos separatistas de esas regiones activaron procesos de desinformación, tensión social, presión política y fractura social con la que crear un caldo de cultivo que justificase el proceso de separación.

Rusia, jugando a la negación plausible, envío miles de soldados sin insignias (¿serían los mismo 10.000 que ofrecieron a Puigdemont?) para controlar el territorio y, de facto, e imponer la separación del territorio, Como vemos, los paralelismos son demasiado evidentes como para no reparar en que el modelo impuesto en Ucrania era muy parecido al que estaba encima de la mesa de los separatistas catalanes. Las consecuencias parece que les daba igual, el problema lo encontramos en que los mismos que jugaban con las vidas y prosperidad de los catalanes, ahora van de víctimas y siguen controlando las instituciones catalanas y condicionando al Gobierno de la nación.

Hay quién justificará todo esto diciendo «pero si al final no lo hicieron», como si debiéramos agradecerles que no nos hubiesen metido en un conflicto de consecuencias imprevisibles. Y ello me lleva a la siguiente pregunta ¿por qué no lo hicieron? ¿Qué les obligó a echar marcha atrás?

Naturalmente, hemos de descartar cualquier condicionamiento ético o moral, la realidad es mucho más pragmática. Los que impidieron el golpe y que nos deslizáramos hacia el precipicio de un conflicto son, precisamente, aquellos a los que ahora se está intentando cuestionar: nuestros servicios de información, empezando por el CNI y el de todos los cuerpos y fuerzas de seguridad. Fueron los policías y guardias civiles que soportaron lo insoportable aquellos días en Cataluña para garantizar nuestros derechos y libertades (aquellos a los que se trata ahora de ningunear por parte de nuestro Presidente llamándoles los «piolines»), entre los que se hallaba, entre muchos otros, el coronel Diego Pérez de los Cobos (hay quien entenderá por qué explicito su nombre).

Fueron algunas buenas decisiones de los que tenían responsabilidad política en aquel entonces, como Enric Millo, Delegado del Gobierno en Cataluña, que con buen criterio supo eludir la trampa de la acción-reacción y ayudó a que la respuesta del Estado fuera escrupulosamente proporcional. Por supuesto también fue gracias a la respuesta del Jefe del Estado y a la cívica respuesta de la ciudadanía catalana que también supo estar a la altura.

Solo pido no olvidar, no caer en la trampa de la reinterpretación de los hechos, hay cuestiones que no podemos obviar.

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