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Mercedes Cebrián

La discreta omnipresencia del libro

«¿Por qué nos cuesta tanto sentarnos calladitos un buen rato a pasar las páginas de ese objeto tan venerado que no emite luz ni imágenes animadas?»

Opinión
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La discreta omnipresencia del libro

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Mientras espero a que me corten en rodajas la hogaza de pan en la panadería moderna a la que voy, donde el multiculturalismo de harinas es inabarcable, miro hacia arriba y, entre los objetos decorativos que hay sobre un estante de madera –cajas de metal vintage, tarros de cristal y flores secas–, veo un par de tomos huérfanos de la enciclopedia Espasa. Lo mismo me ocurre al visitar esos restaurantes de clase media aspiracional donde sirven risotto, secreto ibérico y timbales de algo en el menú del día: a menudo su decoración consiste en libros usados.

Cuando voy a comer allí me entretengo mirando los muchos títulos que tapizan las paredes y me pregunto por su procedencia: abundan los superventas viejunos de Martín-Vigil, Vallejo-Nágera y Vázquez-Figueroa, hay también obras canónicas de la literatura universal procedentes de aquellas colecciones que regalaban con la prensa diaria y es inevitable la presencia de algún que otro manual de derecho mercantil encuadernado en tela azul marino. Intuyo que casi todos proceden de bibliotecas de tías-abuelas y padres fallecidos: los compran al peso y sirven como atrezzo para que, mientras te comes el revuelto de trigueros, te sientas a gusto por estar rodeada de pensamiento humano encuadernado.

Esto ratifica que los libros son objetos dotados de alto capital simbólico, de ahí el éxito tanto del día de Sant Jordi como de las ferias del libro nacionales, que son el agosto del sector editorial, dicho por sus propios cabecillas. Otro ejemplo que muestra la veneración contemporánea por los libros, o al menos por sus lomos, tuvo lugar durante la pandemia. En aquellas reuniones de trabajo y actos culturales por zoom que saturaron nuestras vidas en 2020 y 2021, la biblioteca doméstica cobró una importancia inesperada. El meme del telón decorativo de cartón para videollamadas con la fotografía de una biblioteca a escala real recorrió el mundo en pleno confinamiento. Era una broma: no vendían esa biblioteca espuria en Amazon, pero sí era real que, en la mayoría de las reuniones virtuales celebradas en casa aparecían estantes bien nutridos de libros como fondo. En 2020 escribí acerca las bibliotecas domésticas de los personajes públicos en sus videoconferencias. Agucé el ojo tanto que ahí nació mi presbicia, pero logré ver cosas coherentes: el Príncipe de Gales atesora libros sobre equitación y patrimonio arquitectónico; Pablo Iglesias e Irene Montero, en cambio, tienen temarios de cursos encuadernados con gusanillo y la biografía de Adolfo Suárez.  

Lo que se desprende de todo esto es que la bookishness o devoción irremediable por los libros –acabo de aprender el anglicismo en un breve ensayo de Patricio Pron titulado No, no pienses en un conejo blanco– sigue estando muy bien considerada: la gente leída aún mantiene un estatus alto, no solo intelectual y social, sino incluso moral, por eso nos satisface formar parte de ese colectivo y lo dejamos ver en esas bolsas de algodón con nombres de librerías con encanto o de editoriales para sibaritas que llevamos colgadas. Nos gusta también el marcapáginas de la librería neoyorquina Strand, el muñeco de Edgar Allan Poe con un cuervo de trapo en el hombro, pero, sobre todo, nos gusta que nos guste todo eso, aunque suene a trabalenguas.

Pero entonces, ¿por qué nos cuesta tanto sentarnos calladitos un buen rato a pasar las páginas de ese objeto tan venerado que no emite luz ni imágenes animadas? Pues no logramos llevar a cabo el ansiado ritual con la frecuencia deseada por mil razones de lo más contemporáneo, entre las que destacan la falta de tiempo y de concentración. Las bibliotecas de nuestros salones empiezan a parecerse a botiquines atestados de medicinas de alta calidad –las mejores aspirinas, los ibuprofenos premium, los antihistamínicos más caros– que se atesoran en sus estantes por si algún día los necesitamos con urgencia.

Quizá de la frustración de no poder leer tan a menudo como quisiéramos proceda esa compulsión por tener libros muy cerca de nosotros, ya sea en la panadería o en el restaurante. Al menos nos recuerdan que ellos, como los perros más fieles, no nos van a abandonar, a pesar de que les pongamos cuernos constantes y nada discretos con nuestras pantallas.

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