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Josu de Miguel

Veinticinco años de 'El bucle'

«Se cumplen veinticinco años de ‘El bucle melancólico’ de Juaristi, y en Euskadi hoy impera el cinismo»

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Veinticinco años de 'El bucle'

El escritor Jon Juaristi, en una imagen de 2007. | José Oliva (EP)

Taurus acaba de reeditar El bucle melancólico, el libro más conocido de mi admirado Jon Juaristi. Nos hacemos mayores. Cuando lo leí por primera vez, allá por el año 1999, acababa de licenciarme e iniciaba los cursos de doctorado. Durante la carrera ya se habían derribado los mitos sobre los que cabalgaba el nacionalismo vasco. Sin embargo, con el libro por el que Juaristi recibió el Premio Nacional de Ensayo (1998), se incorporaba a la crítica moral que se intentaba abrir paso una dialéctica irónica que solo pueden realizar los que poseen erudición y capacidad para reírse de sí mismos.

Juaristi no sólo procedía de una familia nacionalista sino que en su momento ingresó en una ETA que entonces se veía como una organización necesaria en la lucha antifranquista. Lo normal en aquellos años. Hace un cuarto de siglo el terrorismo aún golpeaba con fuerza –aunque estábamos a las puertas del Pacto de Estella- y la sociedad española –la vasca no parecía tener interés- necesitaba conocer cuáles eran los motivos por los que dos décadas después de instaurarse la democracia una movimiento nacional de liberación usaba la violencia para lograr crear un nuevo Estado nación en Europa. El bucle ofrecía respuestas y abría nuevos caminos de exploración cultural a partir de una metodología donde la autobiografía se mezclaba con la historia y la literatura.

El canon de Juaristi no logró imponerse (tampoco lo pretendía). Existen diversas teorías sobre cuál fue la razón predominante que condujo al delirio etarra, como le gustaba decir a Mario Onaindia. Juan Aranzadi, por ejemplo, considera que el Concilio Vaticano II destruyó las jerarquías eclesiásticas y abrió la interpretación del evangelio a sectores milenaristas que nacionalizaron el mensaje universalista cristiano al equiparar al pueblo de Dios con el pueblo vasco. Ya saben, del seminario a ETA. Más cercanamente, Iñigo Bullain entiende que la violencia fue producto del revolucionarismo patriótico, es decir, una mezcla lisérgica y latinoamericana de nacionalismo, anticolonialismo y marxismo que pretendía ampliar la base social del sujeto político que venía haciendo labores de vanguardia.

Una década después del final de la violencia, estas diputas intelectuales tienen poca importancia y parecen irreales. Los atrabiliarios personajes que aparecen en El bucle –Chaho, Luis y Sabino Arana, Elías Gallastegui, Mirande, Krutwig o Txillardegi- fueron triturados mordazmente por Juaristi y hoy resultan inservibles (y ridículos) como productores de las famosas voces ancestrales que empujaron a los jóvenes vascos al nihilismo de la violencia política. Ello no quiere decir, como se reconoce en el prólogo de la nueva edición, que el triunfo del nacionalismo -sellado con la praxis terrorista- no haya sido a la postre incontestable. En relación con el Estado, la Disposición Adicional 1ª ha fundado un constitucionalismo histórico de nuevo cuño –¡toma contradicción!- que sitúa a los vascos como los ciudadanos de primera de la nación foral española.

Esta hidalguía del siglo XXI, tolerada y fomentada por una vascofilia que recuerda los tiempos isabelinos, ha borrado, me parece, la melancolía derrotista que alentaba nuestro viejo bucle (perder en el pasado para ganar en el futuro). Sin acritud, diría que hoy impera en Euskadi el cinismo. Lo apuntaba el propio Juaristi como posibilidad: el cínico «es un melancólico con capacidad laboral. Todos los puestos clave de la sociedad le pertenecen» (Sloterdijk). Nuestro zeitgeist, en una región arrasada por el hedonismo, es la vía española como horizonte político que garantiza la hegemonía ideológica en todas las instituciones y puestos claves. En Sacra Némesis, deliciosa y divertidísima secuela de El bucle, Juaristi anunciaba que tras la violencia vendría el conformismo político. Si no le gustan los planes lingüísticos, la cantinela simbólica y los apaños económicos nacionalistas, siga la recomendación de Xabier Arzalluz: «ancha es Castilla», nos decía el hijo de Felipe, conductor de autobús que levantó contra la República al cuartel de la Guardia Civil de Azcoitia el 18 de julio de 1936.

Y nos fuimos a Castilla.      

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