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Mercedes Cebrián

Alto y agraciado

«Sánchez es más alto y agraciado que muchos españoles de a pie, que los descendientes, por vía más o menos directa, de Manolito de Mafalda y de su padre, Don Manolo»

Opinión
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Alto y agraciado

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Europa Press

Estoy de acuerdo con Tezanos. Pedro Sánchez es más alto y agraciado que otros políticos españoles de ayer y hoy. Lo dijo en una entrevista que dio a THE OBJECTIVE hace unos días. En concreto, dejó caer que le parecía que a Pedro le envidiaban (no especificó quiénes) porque «es más alto y agraciado». Como también dejó esa frase comparativa sin completar, voy a intentar rematarla yo: Sánchez es más alto y agraciado que muchos españoles de a pie, que los descendientes, por vía más o menos directa, de Manolito de Mafalda y de su padre, Don Manolo, ibéricos ficcionales instalados en Buenos Aires como muchos otros de carne y hueso que emigraron allí el siglo pasado. Don Manolo y su hijo eran prácticamente unicejos, además de chaparros y rollizos. No eran en absoluto altos ni agraciados. Pero, me dirán algunos, ha habido progreso físico: como ya no pasamos hambre, nuestra talla media es superior a la de aquellos tiempos dibujados por Quino.

De acuerdo, hoy somos menos Manolito que ayer, pero, en esa mención al físico de Sánchez, Tezanos se erigió en inconsciente colectivo de España, en una especie de Zaratustra que osó verbalizar lo que el común de los mortales de por aquí alberga en su mente: el deseo de contar con un Übermensch patrio. España los prefiere altos y, puestos a pedir, rubios y con buen pelo, para pensar que sus dirigentes son superiores a ellos al menos en eso. El físico de los que representan al país funciona como amuleto: tener princesa e infanta de cabellera dorada trae más suerte que tenerlas de pelo color Julio Romero de Torres. Y de ahí, por asociación libre, me voy a la obsesión popular por teñirse la melena de «rubio Madrid», como llamaba una amiga navarra a ese amarillo tan característico que convirtió la adolescencia de las que fuimos a EGB en un dilema: o te aclarabas el pelo o acababas en el canasto de las perdedoras capilares. 

Aporto aquí una anécdota personal al respecto: quien teclea estos caracteres con espacios era más o menos rubia de niña. A los ocho o nueve años el pelo se me empezó a rebelar cromáticamente, algo que mi madre no aceptaba, de ahí que me aplicara semanalmente un producto que albergaba las fantasías de las mujeres españolas que deseaban tener hijos de raza, si no aria, sí al menos airosa. El «tratamiento» a base de camomila aclaraba paulatinamente cualquier mata de pelo donde se aplicase. Por eso las cejas se me volvieron inexplicablemente pelirrojas tras las friegas –ahí había gato encerrado químico: lo cien por cien natural aún no existía– y yo, ante las preguntas de mis compañeras de colegio de monjas, callaba como una muerta. Tardó mi madre en aceptar que su hija tenía el pelo y las cejas castaños, como tantas otras mozas celtíberas.

Yo era, por lo tanto, una chica del montón capilar: enseguida lo supe y lo llevé con resiliencia (¡esa palabra sobreutilizada!). Mi pelo no llama la atención en ninguna comarca del Estado español y eso me protege contra la envidia. Y es que los perdedores de la batalla del cuerpo vamos más tranquilos por la vida. Para empezar, no hemos de dedicar ni un minuto a preguntarnos si nos tienen ojeriza debido a nuestro porte, y ese rato que nos sobra lo empleamos en cosas prácticas, quiero pensar. Reconocer que muchos llevamos a un Manolito en nuestros genes no es fácil, pero cuando se consigue genera gran alivio.

Así que ahora me yergo yo en Zaratustra venida a menos y así le hablo a España, pidiéndole que se haga mirar esa fascinación por los altos y los rubios, que tampoco son para tanto. Ojito con esos complejos de inferioridad, que, si crecen, llegan a formar una bola de nieve metafórica, y ya sabemos lo que pasa después.

Pensemos entonces en una realidad alternativa en la que los altos cargos tuvieran que cumplir el precepto de no ser ni fu ni fa físicamente, de tener percha mediocre. Nada de Übergente en cuestión de físico por estos lares. A lo mejor nos sentiríamos reflejados en ellos y, por tanto, empatizaríamos más con su comportamiento. Desde aquí animo a Tezanos a diseñar una encuesta en la que, por fin, despejemos la duda de si España realmente padece esa debilidad por los cuerpos maniquí y su consiguiente envidia y pulsión destructiva hacia ellos, o si más bien estamos en camino de convertirnos en un pueblo de chaparros satisfechos.

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