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Joseba Louzao

ETA ya no existe

«El centro-derecha español lo debería aceptar para mirar hacia delante, dejando de lado los calores retóricos que terminan por manejar a su antojo a las víctimas»

Opinión
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ETA ya no existe

Uno, que se va a pasar un tiempo sin escribir sobre la actualidad, ha querido dejar a THE OBJECTIVE una columna que se pueda publicar cada dos semanas como si esta respondiera a la discusión del momento. Así no se notará demasiado mi ausencia, aunque solo sea por aquello de mi habitual borrón en las páginas digitales del Subjetivo. Y, para ello, quiero hablar de ETA (¿de nuevo?) porque la banda terrorista seguirá siendo protagonista durante el último cuatrimestre del año en más de una ocasión. Al menos, será así cada vez que PSOE y Unidas Podemos quieran sacar adelante alguna ajustada y polémica iniciativa parlamentaria. La política española es la viva imagen de esa idea del eterno retorno circular donde se unen tiempo y destiempo, gobierno y desgobierno. 

Habrá que comenzar señalando lo evidente: ETA ya no existe. Algo que se le olvida a todo el espectro político que ocupa una parte del centro, la derecha y su desborde por los extremos.  Aunque su disolución fue por fascículos, la actividad de ETA se cerró en mayo de 2018. Han pasado cuatro años desde entonces. Su último asesinato, de los más de ochocientos que cometieron, fue en marzo de 2010. Han pasado doce años desde entonces. ETA ya no existe. Habrá que darle la razón a los analistas independientes que siguen con tino las directrices marcadas por nuestro Gobierno de coalición. Pero defender esta afirmación no supone nada más que certificar una constatación empírica. El centro-derecha español lo debería aceptar para mirar hacia delante, dejando de lado los calores retóricos que terminan por manejar a su antojo a las víctimas. Y eso, por ejemplo, no se hace sacando a pasear el lazo azul en un debate del Estado de la nación.  Por mucho que repitan la palabra ETA, la organización terrorista ya no existe. Lo que sí seguimos teniendo enfrente es una comunidad cerrada que podríamos simplificar con el concepto de izquierda abertzale y se conjuga en las siglas de EH Bildu. Existieron cuando ETA asesinaba, militan hoy y seguirán con la misma fuerza que antaño en el futuro. 

Tendremos que recordar, como hice en estas misma páginas hace años, que detrás de cada asesinato hubo siempre un pequeño grupo que empuñaba las armas; decenas de chivatos, en muchos casos muy próximos a las víctimas; centenares de jóvenes socializadores del terror en las calles; y miles de personas que, en cada rincón del País Vasco (y Navarra), se colocaron frente a las manifestaciones pacifistas para amedrentarlos o votaron por aquellos políticos que patrocinaban la espiral de violencia terrorista. Y eso ha cambiado poco. O nada. Ojalá nuestros inteligentes analistas independientes pudieran leer la prensa abertzale – como hace habitualmente, con riesgo para su salud, Óscar Monsalvo– para que descubrieran lo poco que se ha transformado ese espacio cuando se ponen a guerrear por la batalla por el relato. Sé que están muy ocupados con los medios internacionales y los papers académicos, así que no puedo echárselo en cara. También hay quien siempre estará ciego a su propia ceguera. ¡Hasta hubo un periodista vasco de éxito en ese pérfido Madrid que nos intentó convencer de que no existían los homenajes a etarras en su tierra! O conocemos a los que subrayan siempre las mismas palabras para insistir que ya no son quienes fueron. Lo que no deja de ser, en el fondo, una especie de juego del tocomocho en versión Humpty Dumpty. Si bien saben que tenemos que fijarnos en las palabras porque los hechos de la izquierda abertzale nunca acompañan. Lo de acompañar, eso sí, lo dejan para los jefes de ETA en alguna que otra visita a la Audiencia Nacional. Y lo hace precisamente quien no procede de Sortu, por aquello de que Bildu es una coalición compleja y diversa. Por cierto, en torno a un 40% de los crímenes de ETA sigue sin haber sido esclarecido judicialmente. 

ETA no mata, pero la cultura política en la que nació sigue siendo una amenaza para nuestra democracia. Pese a que le saquen de apuros parlamentarios a este gobierno de particular coalición. Habrá que decirlo muchas veces más. Cada cierto tiempo nos lo recuerdan con ataques violentos contra quienes no piensan como ellos. Porque siguen creyendo que la calle es suya. Durante medio siglo se ha generado una comunidad de violencia, cuya manifestación más evidente – que no única- era ETA. Esta no va a cambiar en unos pocos años. El proyecto político de la izquierda abertzale se asienta en la laminación del pluralismo político, continúa siendo excluyente y tensiona los valores demoliberales. Por su propio carácter, la democracia, es plural y su memoria también lo debería ser. Sigamos construyendo memorias democráticas, claro que sí. Sin embargo, la izquierda abertzale no nos puede dar ni una sola lección en esto. No les debemos nada. Ni tan siquiera que dejaran las armas.  

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