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Josu de Miguel

Contra las terrazas

«La terraza, es verdad, expresa muy bien el modelo económico que sostiene a España»

Opinión
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Contra las terrazas

Varias personas en la terraza de un bar. | Europa Press

En el columnismo español era un clásico, hace ya un tiempo, la pieza primaveral en la que Manuel Vicent arremetía contra los toros como resto cultural barbárico de nuestra sociedad, contestada habitualmente por Fernando Savater desde el esforzado plano filosófico. La desaparición de la polémica indica que el asunto taurino está de capa caída, lo que no quiere decir que, guardando las necesarias distancias, no sea interesante recuperar la columna temática anual y polémica para arremeter contra alguna arraigada y penosa costumbre de nuestro país, como es el caso de la proliferación de terrazas que amenazan con invadir nuestra vida y los paisajes por los que transcurre. 

La situación objetiva, agravada por la pandemia, es la siguiente: en España hay cada vez más zonas donde se hace imposible ya no caminar, sino simple y llanamente usar la calle como servidumbre de paso para entrar a tu portal o atravesar alguna vía que te ahorre unos minutos de trayecto. Se ven todo tipo de terrazas: desde lujosas a cutres, compuestas por una mesa o capaces de llenar plazas enteras, con refrigeración o calefacción invernal, en tejados de edificios señeros o, con peligro físico para la salud laboral de los camareros, en isletas que obligan a cruzar el paso de cebra haciendo equilibrismo con la bandeja. Pronto, terrazas en las rotondas, ese adefesio arquitectónico nacional. 

«La justificación ética de la terraza se halla, ya lo saben, en el ser español que nos invita a hacer la vida en la calle»

La justificación ética de la terraza se halla, ya lo saben, en el ser español que nos invita a hacer la vida en la calle. Pero, bien pensado, llevamos siglos haciendo la vida en la calle sin necesidad de tener que ceder a una actividad mercantil casi todo el espacio público. La administración local, que es quien regula el uso y disfrute de la terrazas, cobra sus buenos dineros de las correspondientes licencias, pero desatiende de forma palmaria la función de control e inspección en cuanto al espacio utilizado y el respeto de los horarios. 

Como consecuencia de esa falta de control, no solo se coloniza de forma privada lo que es de todos, sino que se produce un enorme daño a vecinos que han dedicado buena parte de su vida y ahorros a pagar la vivienda en la que residen. El que habita un primer o segundo piso cerca de una terraza no solo soporta el rumor -o los gritos- de los terraceros, sino que bien entrada la noche tiene que escuchar el atroz ruido de las sillas y mesas recogiéndose mientras algún borracho protesta por el cierre. Naturalmente, estas cosas solo pueden decirse en voz baja porque está en juego el trabajo y la actividad empresarial de muchas personas. 

La terraza, es verdad, expresa muy bien el modelo económico que sostiene a España, aunque quizá en esto convendría no exagerar. En todo caso, si fuera nuestro destino inevitable, lo mejor que podríamos hacer es tomarnos en serio el fenómeno y afrontarlo con unas reglas más o menos claras que se hagan respetar por las administraciones con competencia para ello, particularmente los ayuntamientos. Ayuntamientos, es verdad, que al estar infrafinanciados se buscan las castañas allí donde pueden para satisfacer servicios que no siempre están obligados a dar. 

Debo terminar la columna advirtiendo algo para que el personal no se me eche encima: alguna vez me verán tomando un cacharro en una terraza con mi señora o amigos. Una cosa no quita la otra. Sin embargo, también me gusta caminar por las ciudades, actividad que pronto requerirá corredores humanitarios si no somos conscientes de que el espacio público es un ámbito de participación democrática en el que se ejercen derechos fundamentales como la libertad deambulatoria. Si la llamada a corregir comportamientos incívicos mediante el cambio de costumbres no funciona, ya saben, habrá que recurrir a otro de los grandes mitos patrios, la ley y la sanción, bálsamo de Fierabrás que usamos para acabar con patologías que podrían resolverse si el ciudadano adquiriera la conciencia de que vive en sociedad.

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