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Fernando Savater

La gente es nadie

«¿Imaginan lo que pasaría en España si se sometieran a referéndum la ‘ley trans’, la de memoria democrática, la de violencia de género, etc… es decir, las leyes que según se dice mejor expresan lo que quiere «la gente»?»

Opinión
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La gente es nadie

Pedro Sánchez, en un acto político bajo el lema 'El Gobierno de la gente'. | EFE

Vuelve a hablarse de la gente, a la que teníamos un poco olvidada desde aquel famoso anuncio de Coca-Cola. El Gobierno se presenta como «el Gobierno de la gente» sin siquiera exigir que sea «gente trabajadora», como antes se pedía al «pueblo», incurriendo en una imperdonable «vagofobia»; ni «decente» como querían las tías solteronas y los presidentes de casinos provincianos. Con que sea «gente» ya puede pasar… aunque siempre para apoyar al Gobierno y agradecerle que esté «al nivel de la calle», que debe ser algo así como dos palmos por encima de la altura del betún.

Lo que este Gobierno así rebautizado entiende por «gente» queda claro cuando se consideran los cincuenta comparsas que fueron invitados a la Moncloa para hacerle a Pedro Sánchez unas cuantas preguntas acordadas y por tanto facilitas. Elegidos, sobre todo, para no hacerle ciertas preguntas que son las que se oyen más por ahí en círculos menos adictos al régimen y cuyas respuestas serían difíciles o polémicas. De modo que ahí tenemos el rasgo principal de la gente según el Gobierno: es pastueña, poco agresiva y, como suele decirse, «no quiere líos».

El «pueblo», bueno, sufrido y noble como es, aunque siempre engañado, suena un poco levantisco, revoltoso: al pueblo se lo imagino uno siempre a punto de pedir a gritos que cuelguen a alguien de una farola y esa exigencia, por justificada que esté, siempre da un poco de repelús. De la «nación» más vale no hablar, porque tenemos media docena o más, y cada una con su propio gobierno, las cuales se caracterizan por vender su poco leal apoyo al Ejecutivo central mientras éste no se tome demasiado en serio y las trate de igual a igual. Ni mencionar a los «oprimidos», porque todos llevan patente de descontento y animosidad (véase Yolanda Diaz) y se revuelven incluso contra quienes quieren protegerles, llevando cada cual una larga lista de opresores entre los que están casi todo el resto del paisanaje y todas las autoridades mas significadas. De modo que, en efecto, bien pensado, recurrir a la gente, sobre todo si la elige uno, es lo más sensato y menos problemático. 

Bien pensado, recurrir a la gente, sobre todo si la elige uno, es lo más sensato y menos problemático

Ortega y Gasset escribió un libro titulado El hombre y la gente (publicado póstumamente). Lo primero que hay que decir es que no se trata de una de sus obras más inspiradas. Por ejemplo, sus consideraciones de nuestra relación con la mujer (Ortega da por descontado que su lector es masculino, como él) pueden poner de los nervios al menos feminista: según dice, lo característico de la mujer (a la que hay que amar muchísimo, claro está) es la «confusión» (¿?), mientras que lo propio del hombre es la «claridad» (¿?). Y acompaña esta reflexión irreflexiva con comentarios sobre Simone de Beauvoir y El segundo sexo bastante impertinentes. Pero como siempre pasa con este autor, hay chispazos de talento que alumbran aspectos de la cuestión de modo provechoso.

Así es, por ejemplo, cuando habla de la gente. Ortega rechaza la existencia de un «alma de los pueblos» o un «espíritu» que subyazca a la sociedad. El alma personal y pensativa es propia de los individuos, que son los que consideran y deciden, mientras que los colectivos actúan por pura imitación y son literalmente desalmados. Así ocurre cuando nos dejamos llevar por el automatismo de los usos, por lo que «se acostumbra». Dice Ortega: «Lo que hacemos porque es uso, porque ‘se acostumbra’, no lo hacemos con nuestra razón y por cuenta propia sino porque se hace. Pero ¿quién hace lo que ‘se’ hace? ¡Ah, pues la gente! Bien, pero ¿quién es la gente? ¡Ah! La gente es… todos. Pero ¿’quién’ es todos? Ah, nadie determinado. La gente es nadie».

Ahora podemos entender un poco más las ventajas políticas de gobernar para la gente, es decir, para nadie: así se puede contar para cualquier cosa que se quiera hacer con un apoyo unánime y vacío. Los ciudadanos son más correosos de manejar, quieren valer por sí mismos y ser alguien, no meros comparsas de lo que ‘se’ piensa, ‘se’ hace, ‘se’ opina… Es peligroso dar por hecho que los ciudadanos son también nadie, como la gente que se supone que los reúne. Por ejemplo, en Chile se creía que la gente deseaba determinadas medidas sobre el género, los indígenas, la gestión plurinacional del país…pero cuando llegó la hora los ciudadanos votaron masivamente contra el proyecto de Constitución. En efecto, esa Constitución es lo que deseaba la gente… o sea, nadie.

¿Imaginan lo que pasaría en España si se sometieran a referéndum le ‘ley trans’, la de memoria democrática, la de violencia de género, etc… es decir, las leyes que según se dice mejor expresan lo que quiere «la gente»? Pues probablemente los votos de los ciudadanos discreparían de los dóciles usos de la gente. Es un riesgo que este Gobierno no quiere correr. Ellos proclaman sin pruebas (o con pruebas amañadas, como los comparsas de la Moncloa) que la gente les apoya. Pero, cuando repasamos la lista de sus aliados parlamentarios, más parece que se apoyan en la gentuza.

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