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Antonio Elorza

El rey del juego

«No estamos solo ante un giro autoritario, sino en el tránsito de una democracia plena a una híbrida, donde el Estado pone todo su peso a las órdenes del Gobierno»

Opinión
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El rey del juego

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Europa Press

Titulada en español con acierto El rey del juego, la película del desigual Norman Jewison reunía a un excelente elenco de actores -Edward G. Robinson, Steve McQueen, la fascinante Ann Margret, Karl Malden- en torno a un único tema argumental: la interminable partida de póquer donde iba a decidirse o no el relevo del mejor jugador de Nueva Orleáns, en el marco depresivo de la crisis del 29. La fábula tiene bastante que ver con la realidad política que nos espera durante los próximos meses: un pulso prolongado entre un jugador que detenta el poder, joven pero experto en todas las mañas del oficio, y el aspirante que intenta desbancarle, esgrimiendo en apariencia otro estilo, fundado sobre la mesura y el respeto a las normas reguladoras de la partida. En principio, el segundo obtiene ventaja, lo mismo que Cincinnati Kid, el aspirante en el film que hubiera debido dirigir Sam Peckinpah, pero al final de los enfrentamientos parciales, es muy probable que el título permanezca en las manos de quien hoy lo detenta.

El factor principal que incidirá sobre nuestro futuro político, es la evolución de una economía amenazada por la crisis. Pedro Sánchez tiene ya preparada la paradoja pragmática, la argumentación en pinza destinada a contrarrestar las censuras de la oposición. Por supuesto, si las cosas van bien y el estado financiero permite la coexistencia de una política redistributiva con el mantenimiento de los equilibrios del sistema, el viraje populista de Sánchez habrá triunfado, y con razón. Fortuna audaces iuvat. En caso de un deterioro solo relativo, podrá incluso pisar el acelerador del apoyo económico a «la clase media y trabajadora», habida cuenta de que la factura se pagará al otro lado de la consulta electoral. Solo en el caso menos probable de un desplome inevitable de la economía, similar al que tumbó a Zapatero, la crisis será capitalizada políticamente por Feijoo. El camino elegido por Sánchez está lleno de riesgos para el país, ya que no se trata de apostar por un gobierno de concentración en una supuesta «democracia viva» como la española, sino de que las grandes decisiones que tal vez sea preciso tomar, han de hacerse desde un concepto de interés nacional, y no cimentando una lucha de clases larvada.

«Los dos últimos discursos de Sánchez subrayan la total incompatibilidad entre los intereses de la ‘gente’ y los de los ‘poderosos'»

En una palabra, desde el consenso, aun cuando éste debiera huir del señuelo neoliberal y tomar en consideración siempre quienes son hasta este momento los perdedores de la crisis. La triada de medidas adoptadas hasta ahora por iniciativa de Yolanda Díaz -ERTEs, reforma laboral, subida ponderada del salario mínimo-, sin ulteriores radicalismos, podría servir de guía para una entente positiva. Desde la socialdemocracia, y no desde el populismo. Los dos últimos discursos de Pedro Sánchez no apuntan en esa dirección, sino en la de subrayar la total incompatibilidad entre los intereses de «la gente» y los de los «poderosos». Así, como en el cuento de la lechera, siendo mayoría aquellos, darán la victoria electoral a «los progresistas». Una apuesta que puede provocar sensibles daños colaterales, para la propia economía y para la convivencia social.

Contará también, aunque en menor medida, la heterogeneidad del gobierno Frankenstein. No tanto porque vaya a estallar la permanente disconformidad entre lo que hace Sánchez y lo que protesta Podemos.  Va siendo ya algo a lo cual todos estamos acostumbrados. Ejemplo: con decir que apoyamos firmemente con armas a Ucrania, en contra de la inhibición exigida por UP, y luego apenas mandar un puñado de obuses, todo resuelto. Sánchez se mueve como un pez en estas aguas de la indeterminación. El problema con UP reside en la propia UP, en su relación con la líder heterodoxa que ya no quiere Pablo Iglesias, el ausente, la cual muy poco puede hacer por sí sola. Y cuyos votos y escaños el PSOE necesita para formar el núcleo de izquierda en una difícil mayoría.  

Por lo demás, todo va hacia el mejor de los mundos con Bildu, feliz con las ventajas adquiridas por sus terroristas condenados, y que con un lenguaje socialdemócrata, espera arrebatar la hegemonía al PNV en Euskadi. El PNV no está tan feliz, pero tropieza con el obstáculo Vox para un acercamiento al PP. Más complejo resulta el caso del aliado catalán, ERC, gruñón pero satisfecho si obtiene la «desjudicialización» en la mesa negociadora, si bien se encuentra sometido a la presión maximalista de Puigdemont y los suyos. En principio, debiera prevalecer el interés común en hacer avanzar el procés, gracias a la voluntad de entrega en todo de PSOE-PSC, ya que por añadidura el constitucionalismo ha sido desmantelado tras el penoso episodio del 25%. La pieza catalana es indispensable para Sánchez; el escenario es conflictivo.

Y sobre todo, contará la entrega a fondo del aparato de Estado y de todas las instituciones dependientes del mismo, por muy neutrales que deban ser según la ley. El caso del CIS, bajo Tezanos, resulta paradigmático. La pugna por el Constitucional va en el mismo sentido, y otro tanto sucede con los medios públicos, empezando por TVE, secundados por la Sexta y los órganos de prensa militantes del gobierno.La situación no es comparable con que desde la derecha se practique el mismo maniqueísmo, las «cloacas» de Pablo Iglesias, atacadas también por Sánchez. Son medios privados, no de servicio público. Está claro que nuestro presidente, no es que quiera leones bajo el Trono, como el rey absolutista Jacobo I, sino mastines bajo su trono, dispuestos a todo para atacar al adversario. No estamos solo ante un giro autoritario, sino en el peligroso tránsito de una democracia plena a una democracia híbrida, donde el Estado pone todo su peso a las órdenes de un gobierno, para que no tenga lugar el relevo de poder.

«Si Feijóo se deja encerrar en el gueto que le dibuja Sánchez, éste se impondrá ante la opinión pública»

En la vertiente opuesta, el principal adversario de Feijóo es lo que llamaríamos el cansancio de la oposición. Por mucho que tienda la mano, no tiene otra posibilidad que formular en el vacío alternativas, que adquirirían sentido en  una situación de crisis económica, inútiles de mantener el gobierno su imagen de progresista-que-siempre-acierta. Necesita además una clarificación de su propio proyecto económico, más allá del mantra de la rebaja fiscal, a efectos de mostrar sensibilidad hacia la clientela social que ha convocado el gobierno para su captación. Si se deja encerrar en el gueto que le dibuja Sánchez, éste se impondrá ante la opinión pública. Como contrapunto, sus mejores bazas residen en la ejecutoria positiva de los Gobiernos autonómicos populares de Andalucía y de la propia Galicia. Pero tiene que elaborar un relato sobre esos éxitos, convincente de cara a la opinión, algo que de momento falta.

La coyuntura internacional tampoco favorece a Feijóo. La orientación política mostrada en las recientes elecciones europeas -en Francia, en Suecia, lo veremos el domingo en Italia-, no es de un auge del centro-derecha, sino todo lo contrario, del sorpasso conseguido a su costa por la extrema derecha. El ejemplo italiano es asombroso: tras los éxitos económicos del Gobierno Draghi de unidad nacional, sustentado en el Partido Democrático, va a vencer Fratelli d’Italia, con el apoyo de Salvini y Berlusconi: un partido posfascista, con su fiamma mussoliniana de los misinos del 46, aliado de Vox, que tenía un 4% de votos en 2018 y ahora pasará del 25%. Frente a la inseguridad dentro de las clases medias (inmigración) y fuera, a pesar de la gran ayuda europea, repliegue identitario y restrictivo de los derechos civiles. Y en la lejanía, Donald Trump.

Sobre ese telón de fondo, una recuperación de Vox -además aliado imprescindible- o, por otro camino, el crecimiento de la alternativa populista de Isabel Díaz Ayuso, pueden convertirse en los cauces políticos de un malestar social en aumento. Son otras tantas dificultades adicionales para la fuerza tranquila que en su espera trata de mostrar Alberto Núñez Feijóo.

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