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Esperanza Aguirre

Los dogmas de la religión climática

«No deberíamos comulgar con las ruedas de molino que los profetas del Apocalipsis y los mercaderes del miedo pretenden que nos traguemos»

Opinión
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Los dogmas de la religión climática

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Trescientos años después de los grandes filósofos y científicos del siglo XVIII que inauguraron la Edad de la Razón, estamos viviendo el nacimiento de una religión, que, como tal, es ajena a todo pensamiento racional: la del cambio climático.

Son muchos los científicos que, basados en datos y razonamientos exclusivamente científicos, han criticado y critican ese consenso casi universal que se ha impuesto en la sociedad occidental sobre el calentamiento global y la alarma climática, como dogmas de fe de esta nueva religión.

Por citar uno muy ilustre, tendríamos a Richard Lindzen, miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, educado en Harvard y profesor en el MIT y en la Universidad de California en Los Ángeles, que, desde un profundísimo conocimiento del clima y su evolución, lleva décadas manifestándose totalmente crítico con esos dogmas que, con una intransigencia incluso mayor que la de las religiones antiguas, se nos quieren imponer.

Pero ahora me voy a referir a otro científico, Steven Koonin, y a un libro que publicó el año pasado en Estados Unidos: Unsettled: What Climate Science Tells Us, What It Doesn’t, and Why It Matters (Incertidumbre: ¿qué nos dice la ciencia del clima, qué no nos dice y por qué es importante?).

Este Koonin no es un ultra del Partido Republicano ni un seguidor enfervorizado de Donald Trump, todo lo contrario. Ahora es profesor en la Universidad de Nueva York y en el Instituto Tecnológico de California (Caltech), pero antes fue el subsecretario de Estado para la Ciencia que nombró el presidente Obama.

«Durante la pandemia, cuando el transporte y la industria se paralizaron, la emisión de CO2 sólo se redujo en un 8,8%»

Desde la honestidad y el compromiso que todo científico debe guardar hacia los datos objetivos que le proporcionan sus investigaciones, Koonin desmonta en su libro los informes del GIEC, ese Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático en el que se basan las proclamas apocalípticas de la ONU y de muchos, si no todos, los gobiernos de las democracias occidentales acerca del porvenir de nuestro planeta, al que la maldad de los hombres va a destruir. Y por maldad hay que entender aquí todos los esfuerzos que a lo largo de la Historia hemos hecho los hombres para mejorar nuestra calidad de vida.

Entre los que debaten acerca del cambio climático, según este libro, se pueden encontrar tres grupos: los escépticos, los alarmistas y los realistas.

Los escépticos niegan el cambio climático y cuando aceptan que algo hay, niegan que la actividad humana tenga alguna influencia en ese cambio.

Los alarmistas ya sabemos que son los creyentes fervorosos en la fe en que se basa su religión, la de que el hombre, en su maldad, se está cargando irremisiblemente el planeta.

Y los realistas, entre los que se sitúa Koonin, no niegan ese calentamiento ni la influencia que pueden llegar a tener los hombres en esos cambios pero relativizan el alcance de este impacto humano. Primero, porque constatan la dificultad de medir científicamente esa influencia del hombre. En segundo lugar, porque sitúan el calentamiento presente en el larguísimo discurrir del tiempo, ya que, por lo que sabemos, a lo largo de la Historia el hombre ha conocido muchos cambios climáticos a los que se ha adaptado y ante los que, además, se ha visto impulsado a descubrir eficaces innovaciones técnicas. Y en tercer lugar, porque piensan que, incluso si se acepta que la emisión de gases con efecto invernadero es la causa principal del actual calentamiento (lo que no está demostrado), el cese de toda actividad emisora de esos gases no va a disminuir el CO2 de la atmósfera.

Para llegar a esa última conclusión, Koonin ha analizado lo que ha pasado en los meses de confinamiento durante la pandemia, cuando el transporte y la industria de todo el mundo se paralizaron, y la emisión de CO2 sólo se redujo en un 8,8%, lo que hace impensable e imposible llegar a disminuir a la mitad esas emisiones, tal y como predican que hay que hacer los gurús de la nueva religión.

«No podemos vivir una crisis por anticipación, que, además, no sabemos si es real»

Se trata pues, dice este autor, de una cuestión de orden filosófico: ¿por qué sacrificarse para el año 2100, del que no sabemos nada, y por qué no confiar en la capacidad de adaptación humana ante problemas reales y no ante los imaginados en un futuro desconocido? No podemos vivir una crisis por anticipación, que, además, no sabemos si es real. Hay que tener en cuenta que la mayoría de las predicciones no se han cumplido. Porque recordemos, como nos ha explicado Guadalupe Sánchez en este mismo periódico, que ya en 1974 se nos amenazaba con la llegada de una nueva edad del hielo, o que en 2008 el vicepresidente de EEUU, Al Gore, advertía de que el Ártico estaría sin hielo para 2013.

También nos alerta Koonin de la tentación de confundir la meteorología con el clima y de culpar a la acción humana de cualquier catástrofe meteorológica. Porque, nos dice, ni los veranos tórridos ni los terribles huracanes tienen que ver con la tendencia al calentamiento. Incluso llega a desafiar a los científicos a que le demuestren lo contrario de lo que él afirma.

Pero lo más llamativo de este libro, que no está escrito por ningún hereje negacionista, es que, a pesar de que lleva vendidos más de 200.000 ejemplares en Estados Unidos, los medios de comunicación que militan en esta religión climática, no sólo se han negado a comentarlo, sino que ni siquiera lo han colocado en la lista de libros más vendidos. Por cierto, tampoco ha sido traducido al español, no vaya a ser que algunos de los creyentes en los dogmas climáticos que hay en España pierdan su fe.

Estamos, o al menos queremos estar, en la Edad de la Razón. No nos valen los dogmas de fe en materias en las que esa Razón y la Ciencia deben guiarnos después de debates abiertos y sin prejuicios. Y desde luego, no deberíamos comulgar con las ruedas de molino que los profetas del Apocalipsis climático y los mercaderes del miedo pretenden que nos traguemos. Debemos estar alerta ante medidas, por ejemplo, como la que ha tomado la Unión Europea para prohibir la venta de coches nuevos con motor de combustión interna a partir de 2035. ¿Hasta dónde quieren llegar los fundamentalistas del cambio climático?

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