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Félix de Azúa

'Fin-de-partie'

«La ausencia de principios es lo que define ahora a la ‘progresía’ y en eso coincide con la derecha pragmática, incapaz de proponer algún proyecto a la sociedad»

Opinión
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‘Fin-de-partie’

Ilustración. | Erich Gordon.

Es preciso estar muy vigilante con los fenómenos de acabamiento o agonía. Han tenido que pasar muchas décadas hasta percatarnos de que Mayo de 1968 no fue una revolución, sino la fiesta final de las revoluciones comunistas. Lo que entonces parecía algo similar al levantamiento de la comuna parisina de 1871 o a cualquiera de las otras revoluciones clásicas de los siglos XIX y XX, al cabo del tiempo mostró ser más bien el entierro de los alzamientos populares. Quizás fuera un efecto de la invasión de Hungría por los tanques rusos en 1956, pero el caso es que, a partir de entonces, los partidos comunistas europeos comenzaron a menguar hasta desaparecer al cabo de los años. Quedan aún algunas ruinas en países de fuerte herencia cristiana, pero también se van extinguiendo.

Lo que celebró mayo del 68 fue justamente (y de un modo totalmente inconsciente) el fin de la tiranía ideológica de los partidos estalinistas y la liberación individual facilitada por un cambio total de las costumbres, los usos, la indumentaria y las relaciones sexuales. Se olvida con facilidad que el partido de los comunistas catalanes le prohibió la entrada a Gil de Biedma porque era homosexual. Así que lo que parecía un asalto al poder fue, en realidad, una liberación de la dictadura izquierdista.

Algo parecido está sucediendo con los partidos que se presentan hoy como de extrema izquierda, cuando son, en verdad, sepulcros de la izquierda clásica. Que el sanchismo se haya unido a ellos sin fisuras y hasta la identificación, da una prueba más del fin de la ideología izquierdista, incluida la socialdemócrata. A los socialistas les da igual asociarse con separatistas catalanes y vascos, con herederos de ETA, con partidos comunistas de varias especies, o con lo que sea, a condición de seguir controlando y repartiéndose el dinero del Estado. Son, en efecto, estatalistas, frente a los individualistas de derechas, pero de los fondos estatales. Sólo gente de profundo espíritu eclesiástico puede creer que eso sea la izquierda o el progreso.

«Unos y otros sólo persiguen apoderarse de los mecanismos del Estado para enriquecerse ellos, su familia y sus clientes»

La ausencia de principios, de proyectos, de valores, son lo que define ahora a la pretendida progresía y en eso coinciden perfectamente con los partidos de la derecha pragmática, incapaces, a su vez, de proponer algún principio, proyecto, modelo o valor a la sociedad. ¡Y siguen sometidos al poder episcopal! De hecho, unos y otros sólo proponen medidas inmediatas, concretas, dictadas por la actualidad, inspiradas por la codicia y embadurnadas de sentimentalismo. En realidad, unos y otros sólo persiguen apoderarse de los mecanismos del Estado para enriquecerse ellos, su familia, sus amigos, sus clientes y sus militantes.

Esa deriva es la que ha propiciado en Francia y en Italia que los antiguos votantes del partido comunista (que era el mayoritario del espectro parlamentario) voten ahora a la extrema derecha. Lo que antes era el voto obrerista, social o proletario, es ahora el voto de los populismos parafascistas. Y en España irá sucediendo lo mismo, más despacio, de un modo más crítico y quizás más violento, pero ese trasvase es inevitable. Las masas desfavorecidas, empobrecidas o desesperadas necesitan creer en algo parecido a una salvación religiosa. Da lo mismo que esta venga del nacionalismo, la xenofobia o la identidad sexual, lo que importa es que funcione como el signo moral, el catecismo, de una religión. Y así está siendo.

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