THE OBJECTIVE
Ricardo Cayuela Gally

Vigencia de Semprún

«Semprún pertenece a la lúcida camada de intelectuales que cayeron seducidos por el comunismo y tuvieron la valentía de retractarse»

Opinión
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Vigencia de Semprún

Jorge Semprún. | Europa Press

Viajé a París a finales de junio de 2003 con la única finalidad de entrevistar a Jorge Semprún, que ayer hubiera cumplido cien años. Al confirmar la entrevista por e-mail, Semprún me pidió estar puntual en su casa, en la célebre Rue de l’Université, a las once de la mañana. Llegué, por su puesto, con mucha antelación, y recorrí distraídamente algunas manzanas alrededor de la casa. La calle parte de la torre Eiffel y recorre, paralela al Sena, casi tres kilómetros de la almendra de París, comunicando el séptimo distrito con el quinto, para desembocar en el corazón de Saint-Germain-des-Près. Acerqué mi índice al timbre del departamento mirando fijamente la manecilla de mi reloj para pulsarlo exactamente a las once de la mañana. Silencio sepulcral. Repetí la operación, con sangre fría, un par de veces. Luego, esperé un minuto. Y toqué de nuevo. Luego, a los tres minutos. Y nada. La portera no respondía. París, fiel a sus arquetipos. A las once y diez salió una vecina. La adrenalina hizo fluir mi francés, aprendido con disciplina pero sin talento, en el IFAL de la calle Nazas en la Ciudad de México. No sé por qué se apiadó de mí. Me explicó que Semprún ya no vivía ahí hacía varios años. Me dijo, en un susurro gutural, que se habían mudado en la misma calle. Y me dio el nuevo número. Habían sido amigos como vecinos, pero ya no se veían.

¿Por qué llevaba mal la dirección? Muy simple: cuando hablé a Tusquets, sus editores, para confirmar la dirección que teníamos en la revista, me dictaron la calle y el número por teléfono con la amistad y cortesía de siempre. Y al cotejarlo con el directorio de Letras Libres (heredado del viejo directorio de Vuelta) no me percaté de la discrepancia en el número, pues coincidía el nombre de la calle. La nueva casa de Semprún estaba a más de doscientos números de distancia. Ahí aprendí que eso en París puede significar varios kilómetros. Al recorrer la primera cuadra y no avanzar la numeración más que en tres puertas, empecé a preocuparme. Había tráfico y muchos semáforos rojos, así que tomar un taxi sería contraproducente. Y un tanto ridículo. Así que piernas, para qué las quiero. No disfruté la belleza de la calle, ni los jardines de la Asamblea Nacional, ni los coquetos comercios, ni las olorosas panaderías que se sucedían a mi trote veloz. A las once y treinta toqué en casa de Semprún.

Me abrió él mismo la puerta de su departamento. Su célebre mirada de hierro traspasó mi lóbulo ocular y me redujo a la calidad de intruso. Por fin entendí a los vendedores de Biblias a domicilio. Tenía delante al nieto de Antonio Maura (presidente del consejo de ministro con Alfonso XIII), al sobrino de Miguel Maura (figura clave de la Segunda República desde el bando conservador), al alumno del Liceo Henry IV en su exilio parisino, al resistente que soportó la tortura de la Gestapo al ser detenido, al militante comunista clandestino en la España de Franco, al ex ministro de cultura de Felipe González, al guionista de Alain Resnais y Costa-Gavras, al autor de El largo viaje y Autobiografía de Federico Sánchez. Un gigante de la cultura europea, un viejo amigo de Octavio Paz, un león disfrazado de león que aguardaba una palabra mía para decidir si me arrancaba la cabeza de un mordisco o dos. La conversación, por supuesto, empezó tensa, pero, habiéndome advertido de que le quedaba poco tiempo, terminó prolongándose más de dos horas. Habló de por qué eligió el francés como lengua de escritura, de su dorada infancia española frente a la dureza del exilio, de la duda de si había matado a una persona en la Resistencia, de la suerte que tuvo para sobrevivir, elemento del que nadie habla, de la equivocación de criticar al Gobierno de Aznar con analogías improcedentes, de que no hay que usar la memoria para dividir sino para reconciliar, del ejemplar trabajo de Alemania para mirar de frente su pasado, de cómo el antisionismo enmascara el antisemitismo ancestral de Europa y de muchas más cosas que tuve que dejar fuera del texto escrito. No le hizo falta sonreír ni una sola vez para mostrarse afable y generoso.

En el centro de la obra de Jorge Semprún, claro, está su experiencia como superviviente de Buchenwald. De ella nacen El largo viaje, Viviré con su nombre, morirá con el mío, Aquel domingo y el que para mí es su libro capital, que debería ser lectura obligatoria en España, La escritura o la vida. Jorge Semprún fue testigo y adversario de los dos totalitarismos que determinaron el siglo XX, el rojo y el pardo. Y que tienen de emblema los campos de concentración: los lager nazis, el Gulag soviético, los UMAP cubanos, los Laogai chinos, los Kyo-Hwa-So norcoreanos (aún en funcionamiento). La banalización del mal, cuando no la industrialización del mal, aquella que borra al individuo y la hace víctima de un castigo atroz por un delito del que no es responsable: pertenecer al colectivo equivocado: los judíos, los kulaks, los burgueses. La genealogía de Semprún es la misma de Varlam Shalamov, Aleksandr Solzhenitsyn, Gustav Herling y Primo Levi. La genealogía del escritor que con su testimonio salva a la humanidad entera, le devuelve su dignidad arrebatada.

«La genealogía de Semprún es la misma de Varlam Shalamov, Aleksandr Solzhenitsyn, Gustav Herling y Primo Levi. La genealogía del escritor que con su testimonio salva a la humanidad entera, le devuelve su dignidad arrebatada»

Semprún también pertenece a la lúcida camada de intelectuales que cayeron seducidos por el comunismo («confundieron el resplandor de las hogueras con la aurora del futuro») y tuvieron la valentía de retractarse. Como Orwell, Camus, Gide, Paz, Furet, Koestler o Silone, Semprún fue un disidente y un apóstata. Por eso estaba convencido de que el 11 de septiembre del 2001 alertaba al mundo del nacimiento de un nuevo totalitarismo, el del integrismo islámico. La lección de su obra es que no basta con identificar y denunciar el mal, sino que hay que combatirlo abiertamente. Los fastos por su centenario no deben limar las garras del viejo felino. Semprún fue incómodo en vida porque no hizo las concesiones a las que son proclives los intelectuales. Su escritura es producto de una vida de acción y de resistencia.

Regreso a la entrevista en su luminoso piso parisino. Ahí me sintetizó algo que ya había desarrollado en La escritura o la vida, que el momento más intenso de su vida lo había pasado los domingos por la tarde en las letrinas de los barracones del campo de concentración. En este insólito lugar, contraviniendo las normas, se reunían los presos políticos españoles. Su existencia era frágil e insoportable y no podían hacer nada para cambiar esa realidad si querían sobrevivir. Ahí, en el único momento de descanso de la semana, en lugar de ahorrar energía en los camastros colectivos, se reunían a recitar las viejas canciones y los romances que había aprendido en la infancia y que se sabían de memoria. También poemas de Vallejo y Machado. Mirándome a los ojos, otra vez, con una fuerza y una profundidad como no he encontrado en otra mirada, sentenció: «La literatura me permitió escapar al infierno. La literatura me salvó la vida». Con una paradoja. Para Jorge Semprún Maura la vida era más importante que la escritura, pero más importante que la vida era la libertad.

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