The Objective
José Carlos Llop

El ibis eremita

«En tiempos preelectorales todo aquel que quiere seguir en el candelero se construye un falso personaje a través de una pobreza o una modestia inexistentes»

Opinión
El ibis eremita

Un ejemplar adulto de ibis eremita ('Geronticus eremita') devora una lombriz. | Wikimedia Commons

Siempre ha existido entre los hombres la tentación de pasar por lo que no se es. Algunos lo llaman impostura, otros, falsedad, y unos cuantos más crecerse en la mentira. No suelen ser mentiras crueles o dañinas, pero determinan los grados de fiebre de una sociedad, su calentura. Y, sobre todo, son comparativas: al ensalzarnos a nosotros mismos estamos rebajando a los que no son como nosotros, o no admitimos que lo sean. O sea que algo de daño —el de cierto apartheid, por ejemplo— sí lo hay. O sea que algo de crueldad cinegética, también.

Esto ha dado a equívocos y grandes argumentos teatrales, con Molière a la cabeza, y también a muchos chistes y comedias de enredo. Por no hablar de los tipos que interpretan: el petulante, el fatuo, el charlatán de sí mismo, el gran ubicuo, el protagonista de cualquier época, en fin, lo que ustedes quieran, pero siempre tirando hacia arriba y coronándose con todos los laureles que la sociedad o la moda consideren como tales. Pero ahora estamos viviendo el esplendor de los que se ponen por debajo de donde están, con el fin de permanecer o de medrar, estableciendo así una genealogía a la baja que los enaltece cara a la galería y que por supuesto también —como la otra— es mentira.

«Parece que dar pena es esencial y esconder —o falsear— las comodidades que hayamos tenido, también»

Se empieza por el colegio y se hace alarde de modestia, ese oxímoron: o alarde o modestia. Importa poco que hayan ido a los mejores colegios; si alguien se lo recuerda asegurarán haber militado entre los alumnos más desfavorecidos. Que no sea cierto da lo mismo: se atreven con todo. Ocultarán comodidades familiares, negarán la búsqueda de contactos, silenciarán sus viajes o los disfrazarán de austeridad, de penurias incluso. El mundo ha cometido una gran injusticia con ellos. Por supuesto, todo, o casi todo, es falso, exagerado, impostado, o robado de la experiencia de otros. Y es probable que, con el tiempo, hayan terminado creyéndose su propio delirio: antes olímpico, ahora arrastrado. 

Un antiguo secretario de Estado se arrogaba hace días una familia, una infancia y unas dificultades que ya el texto donde lo hacía denotaba a las claras que había más voluntarismo y ganas de bien quedar en estos tiempos confusos, que verdad ahí donde la verdad ya apenas respira. Parece que dar pena es esencial y esconder —o falsear— las comodidades que hayamos tenido, también. Sean familiares, académicas, o sean lo que sean. Conviene para realizar con éxito la maniobra, buscarse algún pariente que presentaremos dañado por la Historia y sobre esto ahondaremos —abierta en los demás la herida de la mala conciencia— mientras callamos todo lo demás. Importa poco pertenecer, por ejemplo, a la burguesía: exageraremos su carácter de ilustrada para asociarla al antifranquismo y la resistencia, cuando fue el franquismo y la pasividad ante él lo que les proporcionó una vida estupenda, con reconocimiento social y réditos económicos. Siempre teniendo a mano un tío que picó piedra en las carreteras u otro al que quitaron el puesto de trabajo. Oficial, por supuesto.

Esto ocurre en el preciso momento que se ha recuperado en España una especie animal que se había extinguido y no creo que sea mera coincidencia. Me refiero al ibis eremita. El ibis eremita es un ave curiosa cuyo físico nos recuerda las arpías mitológicas. Parecía extinguido, ya digo, y aquí está. Como están los que se construyen un falso personaje a través de una pobreza o una modestia inexistentes. En tiempos preelectorales todo aquel que quiere seguir en el candelero pone a trabajar su imaginación: la comedia no debe acabar nunca. El ibis eremita es oscuro, tiene un pico largo y agresivo y una corona de plumas negras que lo emparenta con la Reina Malvada de Blancanieves. Pero, sobre todo, una soberbia en la mirada y en la pose que nos cuenta que está dispuesto a todo porque todo le es debido. Incluso aquello que, al revés que otros, jamás sufrió.

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