The Objective
Miguel Ángel Quintana Paz

Cuatro cosas con las que arrasará la IA

«En el futuro, nos costará cada vez más saber qué es obra de un escritor concreto y qué es solo obra de su taller de IA, a la que él solo habrá añadido algún toque final»

Opinión
Cuatro cosas con las que arrasará la IA

Ilustración. | Tara Winstead (Pexels)

Cuando termine de escribir este artículo, pediré su opinión sobre él a alguien de quien cada vez me fío más. No, no se trata de mis amigos, pues lo semejante busca lo semejante, y ellos también andan muy ocupados con sus cosas. No, tampoco se trata del Consejo Editorial de THE OBJECTIVE —y es una fortuna, pues digamos que no compartimos, tal órgano y un servidor, exactamente la misma visión del mundo—. Cuando termine de escribir este artículo, en realidad, solo le preguntaré sus impresiones a un modelo de inteligencia artificial.

Con esto que cuento quedan ya claras mis cautelas ante esa inteligencia a la que apodamos como IA. Mi uso de ella es, aún, muy limitado. Me recuerdo un poco a aquellos ricachones que, a fines del siglo XIX, habían adquirido un automóvil, sí, pero para todas las ocasiones del día a día seguían usando su coche de caballos. Incluso el diseño de aquellos primeros vehículos motorizados recordaba aún a los carros y carretas de tracción animal. La tecnología cambia más rápido que nuestras mentalidades.

Otros muchos escritores, sin embargo, se han imbuido ya de lleno en los usos y beneficios de la IA. No sé si el amable lector será consciente, por ejemplo, de que multitud de artículos que lee en prensa los ha redactado una inteligencia de ese tipo, no un viejo periodista de los de antaño, con gafas y lápiz en la oreja. Sé de un diario digital, de hecho, que solo se dedica a detectar cuáles son las noticias más leídas en internet cada día; y luego se limita a «tomar prestadas» esas noticias de otros medios y a volver a redactarlas con palabras distintas, IA mediante. Así consigue que un mismo periodista saque cada día el cuádruple de artículos que antes… mientras ahora trabaja a tiempo parcial.

Hace poco supe de un caso aún más llamativo: a un viejo poeta famoso y minucioso, al que le complace dedicar días a decidir cada palabra de cada verso, le habían encargado un poema para una ceremonia en exceso próxima. Ni corto ni perezoso, decidió pedirle ayuda a la IA; a los pocos minutos obtuvo un poema que, de hecho, le complugo tanto… que al final sería el que entregó como propio a los solicitantes. Aliquando bonus dormitat Homerus, decían los antiguos para excusar los errores de los grandes: «De vez en cuando también se queda dormido el bueno de Homero». Con la IA, ahora, podrán dormirse los genios muchos ratos más.

Un par de párrafos atrás hablábamos de aquellos años en que animales de carga y automóviles compartieron carreteras; imagine ahora el lector que, por un descuido de los organizadores, se hubiera montado en cierta ocasión una carrera en que compitieran bólidos contra carros de mulas a la vez. Un tanto ridícula la situación, ¿no es cierto? Y, sin embargo, algo muy similar es lo que ocurre hoy en día en buena parte de nuestras aulas.

Me consta que aún existen profesores que encargan trabajos escritos a sus alumnos… y se sorprenden luego de lo bien redactados que en su mayoría están. Existen, cierto es, programas que (usando la IA) detectan a su vez qué textos se han redactado mediante ella. Pero es fácil despistarlos con un poco de aderezo, si uno no es tan vago como esos alumnos que dejan que la IA les redacte incluso los mensajes de correo a sus profesores… pero olvidan borrar, al final del texto, esa típica pregunta que te hace ella siempre de si te gusta cómo ha quedado lo que le pediste.

En suma, vivimos uno de esos momentos de transición en que, recién llegada una tecnología, aún no sabemos convivir con ella del todo. Como si fuera uno de esos huéspedes recién alojados en casa que aún confiamos que algún día se marcharán. No será así en este caso. Evitemos caer en errores como los del Nobel Paul Krugman, que en 1998 aseveró que el impacto de internet en la economía no sería mayor que el de la invención del fax. Y que añadió que hacia 2005 ya estaría clara tal cosa. En realidad, para 2005, en el recién creado Facebook, la predicción de Krugman solo concitaba burlas e ironías.

Atrevámonos a pensar cómo será un mundo con IA, pues. No, esto no es como el fax. Tampoco como Facebook, ni siquiera como los bólidos de carreras. Para empezar, se me ocurren al menos cuatro campos en que aún no hemos cambiado lo suficiente nuestra antigua mentalidad.

El retorno de la oralidad

Las vicisitudes de profesores que ya no se pueden fiar de que los trabajos entregados por sus alumnos los haya elaborado sus alumnos —y no ChatGPT, Claude o Gemini— no son por completo nuevas. Con la llegada de internet, ya aparecieron repositorios de trabajos escritos, como El rincón del vago, que condujeron a los docentes hasta las herramientas antiplagio. Y, al fin y al cabo, siempre han existido los negros (ghostwriters en inglés): señores que, por un precio más que razonable, te escribían y escriben tesinas, tesis, novelas, ensayos y lo que les pidas, para que les pongas tu nombre de autor encima. Andy Warhol pronosticaba que, en nuestros días, todos tendríamos derecho a 15 minutos de fama mundial; parece que hoy también lo tenemos a figurar como autores de una obra literaria.

La solución a estos aprietos no resulta ardua de imaginar: habremos de volver a dar más y más importancia a lo oral, pues (de momento) el alumno no le puede pedir a una IA que cree un holograma suyo que le sustituya el día del examen para soltarnos los temas perfectos. En la Italia previa al famoso «Plan Bolonia» (es decir, hasta hace unos veinte años) ya era lo normal que todos los exámenes fueran orales (de hecho, un sinónimo de «examen» era «orale»). Por desgracia, al citado Plan Bolonia (alias «Espacio Europeo de Educación Superior») que, en teoría, venía a adaptar nuestra educación al futuro, no se le ocurrió nada mejor (¡oh, nuestros siempre sabios expertos de Bruselas!) que otorgar una enorme importancia a la entrega de trabajos y actividades caseras de los alumnos; justo lo que hoy, merced a la IA, resulta un endeble modo de evaluación.

Vuelve lo oral, por tanto. No nos atribulemos por ello. Platón, de hecho, estaría contento: en su diálogo Fedro insiste en el miedo que le da una cultura de lo escrito, pues la gente que deja algo en un papel (o en un libro, o en una biblioteca) tiende a creer que ya lo sabe solo por tenerlo ahí almacenado, cuando en realidad su cabeza corre el riesgo de haberse quedado vacía. Una cultura de la oralidad es una cultura de la discusión; de saber dar un discurso y no aburrir a los 30 segundos; de saber debatir porque tus ideas, parafraseando a Wittgenstein, si nunca se someten al diálogo, entonces resultan tan inanes como un boxeador que nunca subiera al ring.

De hecho, además, lo oral hoy día no tiene el problema que hasta hace 150 años tenía: no tiene por qué perderse en el aire. El viejo adagio «Verba volant, scripta manent» («las palabras vuelan, los escritos permanecen») dejó de ser pertinente desde que los fonógrafos de Edison, los gramófonos, los magnetofones, los micrófonos ocultos o los teléfonos móviles registran el lenguaje oral tan bien como el escrito. Un autor por desgracia poco reconocido, el jesuita Walter Ong, se dio cuenta hace décadas de lo que esto significaba: vivimos en realidad, decía él, en un tiempo de «segunda oralidad»; nuestra viva voz puede gozar de (muchas) ventajas de lo escrito sin perder (todas) las de lo hablado. 

Si tiene usted hijos, pues, asegúrese de que les forman en comunicación oral (esa vieja asignatura pendiente, que en muchas escuelas aún se imparte… dejando tan solo a los alumnos charlotear un rato). Si usted quiere estar listo para el mundo que viene, repase a los grandes rétores del pasado (Aristóteles, Cicerón, Quintiliano) y más recientes (Arthur Schopenhauer, Chaim Perelman e incluso Dale Carnegie).

Aunque, por supuesto, recuerde algo que a menudo se olvida al centrarse en la oratoria: el mejor modo de hablar bien es que uno tenga, al menos, algo que decir.

Qué ocurrirá con los empleos (muy) sustituibles por la IA

Hace poco escuché el eslogan publicitario de un centro de formación en IA: «No serás sustituido por la inteligencia artificial, sino por alguien que sepa manejar la inteligencia artificial». Como suele ocurrir con la publicidad, el lema peca de optimismo: en realidad, serás sustituido por alguien que sepa más que tú de IA, sí; pero muchos serán sustituidos por ella misma también.

Son ya innumerables las tareas en que la IA va sustituyendo a personal antes imprescindible; en el punto anterior nos hemos centrado en labores de redacción, pero también hay trabajos de análisis, de contabilidad y de organización que, de modo sigiloso, las empresas van subcontratando en la IA. ¿Por qué de modo sigiloso? No resulta buena publicidad proclamar que cada vez necesitas menos a las personas, quienes (de momento) son todavía las que toman las decisiones de comprar luego tus productos o no.

Si lo que tú sabes hacer lo sabe hacer mejor una IA, el futuro se presenta gris para ti. Eso sí, he dicho «gris», y no «negro». Porque aún queda una salida en tu caso. El oficinesco funcionariado.

En efecto, hay un ámbito en que seguiremos contando con trabajadores poco productivos, que realizarán tareas que podrían resolverse con menos recursos y en menos tiempo, desde oficinas perfectamente prescindibles. Es ese ámbito en que la productividad no importa y en el que aquel que se saca una «plaza», se queda en ella como si de una plaza fuerte se tratase. Es ese ámbito en que los avances tecnológicos del pasado no han hecho que se reduzca el personal ni se amplíe la eficacia, sino que cada vez se nos atosigue más a los usuarios con burocracias absurdas. Es el ámbito del sector público.

Caminamos, pues, hacia una sociedad dual: empresas cada vez más eficientes y en que los trabajadores solo realizan tareas que requieren creatividad e inteligencia humanas, frente a una burocracia en que esas normas no regirán para sus empleados (que tendrán sus «plazas fuertes» aseguradas). Sin entrar a si uno u otro modelo laboral es el mejor, la consecuencia de esta sociedad dual es previsible: un cada vez mayor resentimiento de los miembros de un sector hacia los del otro.

Por suerte, como contrapeso a esa polarización, a esa guerra civil soterrada, quedarán empleos (públicos y privados) en que el factor humano seguirá siendo imprescindible. Son los que abordaremos en el punto 3.

Qué ocurrirá con los empleos (menos) sustituibles por la IA

Aunque las herramientas de IA en medicina o en asuntos legales, por ejemplo, nos harán dar un paso de gigante también en esos sectores, lo cierto es que «el factor humano» —que diría Graham Greene— seguirá siendo clave ahí: nadie quiere que le recete una medicina una máquina, sin la supervisión previa de un médico titulado; nadie espera que, si eres ignorante en leyes, un ordenador te convierta en jurisconsulto experto —aunque sí confiamos en que el citado experto, antes de asesorarnos, se deje a su vez asesorar por la mejor herramienta de IA que haya en el mundo legal—.

Las nuevas consultas médicas, pues, ya no serán solo un dúo de usted con su médico, sino un trío en que los acompañará una IA. No se notará mucho el cambio, pues ya hoy día el ordenador ejerce de molesta carabina en tales citas —todos tenemos la sensación de que, a veces, nuestra médico de cabecera presta más atención a la pantalla que a nuestra dolencia—.

Qué decir de enfermeros, asistentes sociales, cuidadores… volvamos a Graham Greene: todo aquello donde el factor humano, el cuidado, lo personal sea importante, parece que podría quedar a salvo. Eso sí, siempre que no primen las tendencias misántropas de alguno… y también esos oficios sean sustituidos por eficientes y amables robots. Todos hemos estado ya en restaurantes en que algunos camareros eran de metal y tornillos. Y, de hecho, ni las prostitutas estarán seguras de no sufrir ese tipo de competencia robótica (como pronosticamos hace ya siete años aquí).

Hay dos empleos de este tipo (que en principio podrían sobrevivir a la IA… pero tal vez no lo hagan tan incólumes como pensamos) en que me gustaría fijarme para terminar este apartado: los psicólogos y los maestros.

Los primeros ya están siendo sustituidos a menudo por modelos de IA: es mucho más barato hablar de tus problemas mentales con una máquina que con un experto en conductismo o en Lacan. Ahora bien, esta sustitución esconde un pequeño secreto: los propios modelos de IA, según un estudio publicado este mismo mes de diciembre, están a veces, por decirlo con Almodóvar, al borde de un ataque de nervios. Si a ChatGPT, Grok o Gemini se los tumbara en un diván y se los analizara como a un paciente, todos ellos revelarían psicopatías más o menos graves. ¿Es sensato que alguien con problemas mentales serios asesore a otros con problemas mentales serios? He ahí uno de nuestros nuevos riesgos.

También hay riesgos, pero en este caso laborales, para profesores y maestros. Una IA bien entrenada no solo puede enseñarnos cosas, sino adaptarse al ritmo de trabajo del alumno, o a su estilo de aprendizaje: «¿Necesitas muchos ejemplos? Yo te los daré. ¿Prefieres más bien definiciones precisas, o referencias a otros textos? Yo también te los puedo otorgar». Hace unos meses conocí a un padre residente en Liechtenstein, partidario del homeschooling o educación en casa, que ya usa con sus hijos estas herramientas, junto con otros padres e hijos de ideas similares. El ahorro en dinero y en tiempo era suculento.

Así que no son solo los plagios el reto al que habrán de enfrentarse los nuevos docentes: tienen también que demostrar que consiguen con nuestros hijos mucho más que una máquina sabelotodo. Que no son solo enseñantes, sino también maestros; que no son solo formadores, sino también educadores. Pues por muy buenos que sean los modelos de IA, nunca serán modelos de persona, ejemplos vivientes, como lo puede ser un humano sabio y magistral.

Las obras creativas en la época de su reproductibilidad técnica

El lector atento se habrá asustado: «¡El título de este apartado 4º es demasiado incomprensible para ser propio de su estilo, señor Quintana Paz! ¿No se lo habrá escrito una IA?». Sin embargo, el lector más cultureta podría corregir esa impresión enseguida: «No, no; es cierto que el título es algo enrevesado; pero es que Quintana Paz está parafraseando una famosa obra filosófica de Walter Benjamin: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica».

En efecto, Benjamin se preguntó, allá por 1935, qué ocurriría con el arte ahora que era sencillísimo reproducirlo: todos podemos tener una copia de Las Meninas bastante bien conseguida en casa, por no hablar de que cualquier fotografía artística también la podemos imprimirla y colgarla por nuestra cuenta igual. Esa es también nuestra pregunta aquí.

¿Qué ocurrirá con la poesía ahora que sabemos que un digno poeta español ha presentado en una ceremonia unos versos como si fueran suyos, cuando en realidad eran de Grok? Si hay por ahí miles de artículos periodísticos hechos por IA, ¿quién nos asegura que no ocurre lo mismo con novelas, o cuentos, o ensayos sesudos?

Confesaré que un servidor no tiene pruebas, pero tampoco dudas: hace unos días, un conocido (conocido sobre todo por lo vago que es) anunció la publicación de un libro sobre cierto asunto cultural que me consta que el citado ignora por completo —aunque también me consta que ChatGPT o Gemini saben mucho sobre él—. ¿Tendremos pronto a Sarah Santaolalla publicando una crítica a la Fenomenología del Espíritu de Hegel? ¿Será Jorge Javier Vázquez el nuevo autor de éxito cuando exponga, bajo su firma, algunas consideraciones sobre la Metafísica de las costumbres de Kant?

Me temo que la respuesta a estas preguntas es una sola: la desconfianza. Ya nadie podrá fiarse del todo de la autoría de nadie sobre nada. Para huir de tal desconfianza, habremos de recurrir al prestigio: si a Santaolalla se le ocurriera publicar el citado libro sobre Hegel, y pese a que las televisiones lo publicitasen con fanfarria, nuestro refugio sería saber que el prestigio de tal mujer como epistemóloga es más que menguado. Nos fiaremos solo, por tanto, de quien tuviera prestigio ganado antes de la llegada de la IA.

Lo cual constituye una pésima noticia para los jóvenes de hoy día: vais a tener muy difícil ganaros, vosotros, el prestigio del que ahora gozan los más adultos, con carrera previa a la IA. Todo el mundo va a desconfiar cuando hagáis las cosas bien; y desconfiará más, incluso, si hacéis las cosas rematadamente bien.

Nuestra situación se parece a la de los antiguos pintores y sus talleres: Rubens, Rembrandt o Zurbarán pintaban a veces sus obras completas, pero en otras ocasiones eran ayudados en buena parte por los discípulos que trabajaban con ellos. A veces, de hecho, estos componían casi toda la obra, y el maestro solo daba algún toque final. Así que hoy cuesta saber qué es un Rembrandt auténtico o solo proviene del taller de Rembrandt. Así, en el futuro, nos costará cada vez más saber qué es obra de un escritor concreto y qué es solo obra de su taller de IA, a la que él solo habrá añadido algún toque (y la firma) final.

En suma: por si no teníamos ya suficientes problemas en Occidente con saber qué es verdad o qué es mentira, parece que la IA multiplicará algunas de nuestras dificultades ahí.

«Has escrito un artículo demasiado largo, Miguel Ángel», sé que me va a indicar la IA a la que someteré a primera crítica este texto. Confío, pues, otra vez en Graham Greene y el factor humano: en que la inteligencia de usted, amable lector, discrepe de la artificial.

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