The Objective
Ricardo Cayuela Gally

El café San Marcos y la Navidad en Europa

«En estas fechas –lo digo siendo ateo– no habría que olvidar que, según la tradición que fundó nuestra cultura, Dios se hizo carne para salvarnos»

Opinión
El café San Marcos y la Navidad en Europa

El café San Marcos.

Marc Augé habla de los «no lugares» para referirse a los espacios idénticos e impersonales que se reproducen por la corteza terrestre como un hongo apocalíptico: aeropuertos, centros comerciales, franquicias de comida rápida en los suburbios. Con la propiedad de la generación espontánea en la que creían los sabios antiguos: aeropuertos suburbiales que son centros comerciales donde triunfa la comida basura. Frente a estos emblemas de la muerte cultural, George Steiner afirmaba que la idea de Europa como civilización es inseparable de sus cafés: espacios laicos y tolerantes, de disertación, lectura, intriga y debate. El café como espacio singular, cargado de historia concreta. Historia, además, no objetiva, ya que vive de las diversas versiones y recreaciones de sus usuarios. Historia que habita en la memoria y cambia y se corrige con el tiempo. Desde luego que hay hechos puntuales: cuándo se inauguró, quién es el dueño, cuánto cuesta un capuchino, pero el resto es literatura y subjetividad. La cita trunca, la confidencia, el desahogo.

Al café San Marcos de Trieste llegué sin expectativas. Tras varios días recorriendo la ciudad a pie, pese a la cruel persistencia del bora, el viento que barre el golfo de Trieste con la fuerza de su nombre mitológico, Trieste, con su historia abigarrada y su belleza serena, me había deslumbrado. Había leído algo sobre el café San Marcos, pero para mí era solo una parada más. El bora no me hacía parecer un anciano alado, con túnica de nubes, sino un señor mayor desgreñado, sin abrigo apropiado, cruzando con dificultad por la Vía Giulia el parque Muzio de Tommasini. Una cuadra adelante doblamos a la derecha en la calle Cesare Battisti y vimos la entrada discreta del mítico café, apenas una boca de madera oscura y dientes de cristal en la planta baja de una pesada edificación de piedra, otro de esos pasteles neoclásicos del imperio austrohúngaro. 

Al cruzar la puerta, la discreción se convirtió en esplendor, como en tantas casas solariegas de la adusta Castilla. La sensación de refugio fue inmediata. No solo por el fin del viento en la espalda descubierta. El café San Marcos respira madera noble, vitrinas con repostería vienesa, taburetes de cuero, cojines de colores que no llevan escrita la palabra «prisa» en su dorso, techos altos, lámparas colgantes y esa sensación de recinto rebelde normalizado por el tiempo y el dinero donde resulta cómodo estar.

El café San Marcos se fundó en 1914, a cuarto para las doce del fin del Imperio Austrohúngaro, que tan dignamente representaba. Saqueado por las tropas serbias, volvió a abrir sus puertas restaurado para pertenecer a otro país: una Italia aún incrédula de heredar, de los estragos de la guerra, el principal puerto del Imperio. La historia del café San Marcos es la historia de Trieste. Y es una historia triste. Sin ir más lejos, fue el Palacio de Miramar, en Trieste, del que salieron Maximiliano y Carlota rumbo a la aventura americana que terminó en el Cerro de las Campanas. De ahí que al palacio de Chapultepec lo quisieran bautizar como Miravalle, pero esa es otra historia.

Si la afirmación de George Steiner sobre Europa y la cultura es cierta en algún lugar, es en el café San Marcos de Trieste. En El castillo de Barba Azul, de Steiner, se encuentra quizá la mejor lectura posible para estos días de pérdida acelerada del sentido de las cosas. En esa obra, el erudito francés elabora una serena refutación del pesimismo de Eliot sobre la inutilidad de la cultura ante el triunfo de la barbarie. Por cierto, el cuento de hadas rescatado por Charles Perrault que da título a la obra enseña algo útil en estos días: cómo ganar tiempo ante el espanto de la habitación prohibida.

Por las puertas del café San Marcos pasaron, escribieron y soñaron despiertos Umberto Saba, Italo Svevo y James Joyce, que veía en la convulsa Trieste un remanso de paz (y riqueza) frente a su agitada (y paupérrima) Irlanda. Pero si hay que quedarse con un libro escrito entre sus mesas de mármol, la elección son las memorias de Marisa Madieri, Verde agua, cuya sobriedad evocativa, no exenta de una tímida sensualidad, recuerda a las mejores novelas de Natalia Ginzburg.

Madieri nació en Fiume, ciudad en la costa adriática que perteneció al Imperio Austrohúngaro. Tras la «matanza inmóvil» de la Primera Guerra Mundial (como definió el historiador François Furet el horror de las trincheras), la ciudad fue disputada por italianos y eslavos del sur. Gabriele D’Annunzio, claro antecedente del fascismo, la ocupó en nombre de la poesía y el futuro y creó un Estado independiente que duró un parpadeo antes de ser anexionado a Italia por Mussolini. Tras la Segunda Guerra Mundial, la ciudad fue entregada a la Yugoslavia de Tito y reconvertida en la ciudad croata de Rijeka. Los italianos fueron expulsados y con ellos la familia de Madieri, pese a ser hija de madre eslava. Madieri, parroquiana del café San Marcos, fue quien inspiró la idea de escribir El Danubio a Claudio Magris, otro de los clientes frecuentes del café.

«Lo que verdaderamente representa es la permanencia de un espacio de conversación que ha logrado sobrevivir incluso a la invasión masiva de turistas y al paso del tiempo»

San Marcos no solo ha sido testigo de los vaivenes históricos y de las fronteras cambiantes de Europa, ni de las ilusiones y desilusiones. Lo que verdaderamente representa es la permanencia de un espacio de conversación que ha logrado sobrevivir incluso a la invasión masiva de turistas y al paso del tiempo. Hoy, en un momento de polarización y muros artificiales, cuando Europa libre enfrenta, además, la voracidad de Putin —una amenaza externa que busca destruir esa Europa abierta y plural—, San Marcos simboliza también la resistencia frente a otra amenaza: la del retorno del líder carismático, mesiánico y autoritario, que promete la salvación y conduce al abismo. Es también un refugio frente a la epidemia virtual que recorre el mundo: el éxodo hacia las pantallas, la fuga de la realidad, la renuncia al contacto físico, a mirarse a los ojos, a abrazarse. En estas fechas –lo digo siendo ateo– no habría que olvidar que, según la tradición que fundó nuestra cultura, Dios se hizo carne para salvarnos. Tal vez aún haya esperanza si recordamos, en voz baja y en compañía, que la carne importa. Feliz Navidad.

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