Prometo beber más y escuchar menos
«La vida es continuar. Quiero seguir equivocándome. Quiero seguir decepcionando. Con todo puedo menos con esos horteras que siempre vienen de vuelta de todo»

El reloj de la Puerta del Sol rodeado de fuegos artificiales durante la celebración de las Campanadas de Nochevieja. | EFE
Ayer vi el concierto de año nuevo sin resaca. Madurar es aburridísimo. Tengo un montón de propósitos que incumplir. Un montón de libros que dejar a la mitad. Hay gente que cuenta los libros que lee. Son como los criptobros de la cultura. Unos enseñan sus coches y otros sus estanterías. Ningún músculo es digno. Tenía razón María Pombo. Y la crucificamos. Pero hoy renace en mi corazón.
Yo este año quiero beber más y escuchar menos. Comprarme una guitarra nueva. Escribir para mí. Hacer más sparring. No enfadarme con la gente de X. Entender al mundo. Entenderlos como se entiende a Pollock, observando en silencio e inclinando un poco la cabeza. No tengo grandes aspiraciones. La política ha dejado en mí un vacío terrible. Como uno de esos descampados de la infancia, con sus jeringuillas y sus misterios.
Ni el crossfit podría llenar este vacío generacional. Yo siempre he sido un hombre optimista, pero el 2025 me ha dejado un amargor de polígono en la garganta. Una tristeza blanda. Algo de desgana. No tengo ningún interés en ver Stranger Things. Y me parece bien que Juan del Val gane el premio Planeta. La gente parecía muy preocupada por lo que hacía una empresa privada con su dinero y menos con lo que hacían las empresas públicas con el de todos. También creo que cuantas más banderas tienes junto a tu nombre en una red social, más tonterías dices y más impertinente eres. He estado fuera de lo importante. No he empuñado ningún tridente ni ninguna antorcha. Todo me parece desapasionadamente bien.
Solo creo en el amor y en el buen vino. Me he comprado un pijama de franela. El 31 me acosté a las 00.10 horas, que es la hora a la que antes llamaba el taxi para las noches largas y los besos sucios. Arde Bogotá me molestan tanto como me molestaban Héroes del Silencio en los noventa. La última vez que fui al cine fue a ver la segunda parte de Vaiana. Quiero llenar mi casa de plantas. Empiezo a fantasear, y sé que es terrible, con una casa en el campo. Y pasar el resto de mis días allí. Durmiéndome en el sofá a las diez. Levantándome con entusiasmo a las cinco de la mañana. Bebiendo café en la cocina con un polar del Decathlon. Viendo como las coles se abren paso a través de la tierra en mi huertito.
No sé qué pedirle al 2026. Adelgazar, que suba el Córdoba a Primera, un par de noches memorables, no morirme. Tampoco tanto. Soy un hombre de gustos sencillos. Con 12 años iba a la librería de Galerías Preciados a hojear el libro Sex de Madonna. Mi templo se construyó con aquellas tardes. Los bonobuses eran de papel. Mi virilidad no necesita ni carne cruda ni rioja concentrado. En la filmoteca fui a ver L’Atalante de Jean Vigo solo porque una chica me lo pidió. Ya no hago sacrificios como aquellos. Va rápida la vida.
«Querido 2026: Hazme feliz. Aunque sea toscamente. Sin arriesgar»
Espero que este año que empiece me trate bien. Que tenga una de esas fustas suaves que algunas mujeres guardan en la mesita de noche para animar las cosas. Dolores imaginados. Una dureza teatral. Cumpliré 46. Estoy mayor para el sanchismo. Óscar Puente también me tiene bloqueado. He tenido la suerte de vivir la era de Scarlett Johansson y ahora la de Sydney Sweeney. Lo malo es lo de Gabriel Rufián, y a veces ni ellas compensan ser su coetáneo. Nos quedan los poemas de Pablo García Casado. Los discos de Lana del Rey. Pluribus me ha terminado pareciendo un tostón. Nadie ha hecho más por el matrimonio que First Dates.
Querido 2026: Hazme feliz. Aunque sea toscamente. Sin arriesgar. Como cuando echamos las croquetas congeladas en el aceite hirviendo. Mantenme lo que en 2025 me hizo feliz. Su sofá. La piel dorada y tebana. El sabor de las mañanas. Los higos en el frutero. Su mordisco rojo. Tengo una espina en el costado. Pero no es como la de Morrissey, sino como la de aquel dios pestilente de Chihiro, que terminó siendo el manillar de una bicicleta y un montón de basura detrás de ella.
Querido 2026: Sigo en pie. Pero me duelen las rodillas. La vida es continuar. Quiero seguir equivocándome. Quiero seguir decepcionando. Con todo puedo menos con esos horteras que siempre vienen de vuelta de todo. Apártalos de mi camino, amado 2026, prometo ser fuerte en todo lo demás.