The Objective
José Carlos Llop

B. B.

«No fue feminista y sí anti ‘Me Too’. Fue ella misma y así le supo sacar el mejor partido a su vida. ‘No he tenido nada que ver con la emancipación de las mujeres’»

Opinión
B. B.

La actriz y cantante francesa Brigitte Bardot.

No es casualidad que en pleno debate sobre el traslado de los restos de George Sand al Panteón (de Hombres Ilustres), haya muerto Brigitte Bardot que –no se espanten– desciende de una línea George Sand: la que tiene su mayor exponente moderno en Colette, hasta que llegó el cine –francés, por supuesto– y surgieron aquí y allá herederas de la libertad Sand en estado puro. Pensemos en Arletty –«yo soy francesa, pero mi culo es internacional» le espetó al tribunal que la acusaba de colaboracionismo por haberse acostado con oficiales alemanes–; en Simone Signoret –manteniendo en alto la bandera mientras Marilyn Monroe intentaba levantarle, aunque fuera sólo una noche más, a Yves Montand en Nueva York–; en Jeanne Moreau –todas las vidas escritas a fuego en su rostro–; en la misteriosa belleza de Anouk Aimée interpretando a la Justine del Cuarteto de Alejandría… En fin, la cosa sería un no parar… 

Pero vuelvo al Panteón de los Hombres Ilustres de Francia (y ahí están también Marie Curie, Simone Veil o Josephine Baker). Ingresar en El Panteón es hacerlo en la eternidad, al menos en la eternidad de la cultura francesa, que no hace tanto era la cultura del mundo civilizado: en todas las casas reales europeas y todos los cuerpos diplomáticos del viejo continente se hablaba francés. Las dos grandes guerras europeas acabaron con eso. Y de entre las ruinas nació Brigitte Bardot que, de ser la Coca-Cola francesa y no norteamericana, hubiera sido sin duda su mejor anuncio publicitario. Ahora los horteras le llaman a eso «un icono» y la horterada ha ganado definitivamente la batalla en el mundo que tildamos de civilizado. Cuánto daño hace la televisión.

De entre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial nació Bardot y ha muerto bajo la amenaza grande de una Tercera. Ella puede ser uno de los pasajes que nos recuerde lo bien que vivíamos antes de echarlo todo a perder, esa costumbre de los humanos y sus dirigentes a la cabeza. Brigitte Bardot era Eva en el Paraíso, inmune a todo mal e impune a las leyes de los hombres porque entonces no existían. Esta Eva nuestra que tanto se sofisticó con Godard en Le Mépris –rodada en la maravillosa casa de Curzio Malaparte en Capri– hizo y dijo siempre lo que le dio la gana. Y contribuyó a la idea de libertad y de eternidad civil –libre y eterna, han llamado a la actriz– que Francia tiene a gala, sea con Juana de Arco, con el Rey Sol, con Napoleón o con De Gaulle. Sólo que en el caso de Brigitte Bardot fue desde la desnudez: tal cual o insinuada. Y volvió locos a la mayoría de varones de su época y a diversas mujeres, supongo. Eva en el Paraíso o el eterno entorno al Origen.

Esto es importante porque no podemos decir que B.B. fuera una actriz extraordinaria y si en inteligencia y registros estaba Jeanne Moreau, en carnalidad –ya que hablamos de desnudez– estuvieron Maria Schneider y Jane Birkin. Y en los penúltimos tiempos, Sophie Marceau, que ha encarnado estupendamente la sensualidad parisina con una brizna de tontería impostada. Y, sin embargo, ninguna de ellas se ha metamorfoseado en mito como lo ha hecho Brigitte Bardot a través de varias generaciones. Y esto no es comparar sino establecer algunas coordenadas del escenario donde ocurrió. Decimos Bardot y sin tener necesariamente nada en común entre nosotros, todos sabemos o percibimos de qué estamos hablando. 

¿Lo sabemos? Desconocemos la lengua de Eva en el Paraíso, pero parece que su uso nos condujo a la expulsión del mismo. O sea, a la pulsión trágica. En el caso de B.B. la tragedia no aparece por parte alguna. Ya dije que era inmune a ella e impune a las leyes de los hombres. «He vivido como he querido y sigo haciéndolo», dijo en una entrevista reciente. Y cuando le preguntaron por su hombre preferido contestó sin dudar: «El próximo». No fue feminista y sí anti Me Too. Fue ella misma y así le supo sacar el mejor partido a su vida. «No he tenido nada que ver con la emancipación de las mujeres», afirmó a quienes confundían su libertad con una causa. Y cuando la naturaleza empezó a jugar con crudeza sus otras cartas se acercó, reivindicativa, a los animales: de las blancas crías de foca a los burros evangélicos. O sea, de la ternura a la humildad. Eva emprendía el regreso al Paraíso mientras los demás nos quedábamos fuera.   

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