Nace viejo
«No concebían una divinidad vestida de harapos. Un dios era obligado que fuera alto, guapo, fuerte y lujoso. Si no, cualquiera podía ser dios. Y así fue»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Se está produciendo un curioso regreso a décadas antiguas. Como suelo repetir demasiadas veces, a pesar de la creencia infantil en un tiempo lineal y progresivo, nuestro tiempo, es decir, la historia, avanza a trompicones y todo lo más podemos llegar a distinguir un avance en espiral y convulso. Por ejemplo, parece como si el año que ahora comienza quisiera regresar al siglo pasado. El tiempo, en su curva ascendente, se asoma al pasado y se mira como en un espejo.
Atención, no es que estemos en una etapa de «regreso» o de «reacción», esas son banalidades del tiempo progresista. Estamos sencillamente en una curvatura del tiempo que se mira en el retrato de su padre para no olvidar sus facciones, las del año en que murió el día uno. Y así recupera el pasado de modo que este no desaparezca por completo.
Los juicios que usan calificativos como «reaccionario» y similares están condenados a la nada. Son como las quejas de los paganos cuando comenzó la muerte de los dioses. Acusaban al nuevo dios único (una novedad más bien oriental) de ser pobre. No concebían una divinidad vestida de harapos. Un dios era obligado que fuera alto, guapo, fuerte y lujoso. Si no, cualquiera podía ser dios. Y así fue.
Algo parecido está sucediendo ahora. Los rusos han llevado sus baterías nucleares a las fronteras europeas. Buscan, naturalmente, el sometimiento del continente dada la escasa capacidad defensiva del mismo. Europa es una corrala de naciones que pretenden ser nacionalistas, pero son, como todos los nacionalismos, una cueva de ladrones. ¡Incluso Bélgica, tan corrupta como las tiranías de Latinoamérica, pretende ser una nación capaz de impedir la acción política europea!
Ahora bien, que Putin lleve la guerra nuclear a nuestra frontera dudo mucho que pueda ser calificado de reaccionario o facha. Es, simplemente, un dictador que opone su poder absoluto al poder absoluto de otros dictadores como el chino, unos tiranos que están tomando el poder sobre el mundo. Incluso en España tenemos un modelo zarzuelero de dictadura que pretende adueñarse de la totalidad del Estado.
Por eso me da la impresión de que hay un regreso a modelos de los años Setenta, quizás porque la muerte de Brigitte Bardot, aquella primera mujer libre, es un símbolo de la muerte de un siglo cargado de esperanzas, pero que ya ha fenecido. Los años setenta del siglo pasado fueron extraordinariamente explosivos.
Fue en esas décadas cuando las vanguardias artísticas dejaron de explorar e investigar para convertirse en un instrumento al servicio del poder, un deslizamiento típico desde el éxito hasta la corrupción que irá mineralizando el mercado de las artes hasta convertirlo en un lupanar ideológico. Fue también en esas décadas cuando apareció una expresión muy típica, «la angustia existencial». Fue tan popular que pronto engendró chistes y caricaturas. Su origen era noble, el Angst heideggeriano, pero su popularización vino de la mano de Sartre y sus epígonos franceses. Una náusea.
No estoy diciendo que vayamos a volver a las angustias, absurdos y neurosis del cine de Bergman, la pintura de Saura o el teatro de Beckett, la historia no se repite. Sin embargo, me parece que vamos a vivir un regreso al terror atómico y a las consecuencias de la corrupción universal. Un primer ejemplo lo estamos viviendo con ese curioso peregrinaje al refugio religioso de miles de jóvenes atemorizados… y con razón.
No está mal recordar que todo empezó con una fiesta, la de mayo de 1968, no sólo en París sino en el mundo entero. Parecía una revolución, pero sólo era la copia de las viejas revoluciones en formato music-hall. Pronto sabremos cuál es nuestra actual caricatura, seguramente en IA.