Nos falta otra guerra
«Tampoco hay que despreciar en este asunto la posibilidad de que la caída de Maduro deje al descubierto la red de corrupción que podría afectar a Zapatero»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Todavía recuerdo aquella intervención de Pedro Sánchez en el Congreso. No me refiero a su risotada siniestra dirigida a Feijóo, sino a la que intentó victimizarse diciendo que su gobernanza había sido alterada por fenómenos inesperados, como el volcán de La Palma o la covid. Al final del párrafo que leía, Sánchez se lamentó de que sus políticas se vieran afectadas por el desplazamiento del núcleo de la Tierra. El episodio, más allá del ridículo que supuso, muestra que el narcisista de la Moncloa aprovecha cualquier circunstancia para fortalecer su poder. Es una de esas facultades negativas propias de los tiranos que deberían alarmar a cualquier pueblo amante de su libertad, pero estamos en España.
En nuestro país, cuando sucede una desgracia todos miramos a quien ostenta el poder exigiendo amparo y responsabilidades. Esta reacción espontánea siempre es conducida políticamente buscando una rentabilidad contra el adversario. Por esta razón la izquierda es una fábrica interminable de relatos, porque dominando la interpretación de los acontecimientos se controla la respuesta de la gente. Buenos ejemplos son la guerra de Irak, el vertido del Prestige o los atentados del 11-M. La idea es clara: dominar el marco mental para lanzar a la gente desesperada contra la derecha.
Ha ocurrido también con la guerra de Gaza de una forma descarada. El gobierno de Pedro Sánchez, bien asistido por su tropa mediática y cultural, lo ha utilizado para animar a sus huestes —alicaídas por la corrupción y el putiferio de sus líderes— y enviarlas contra el «fascismo mundial», incluidos el PP y Vox. Recordemos el auxilio de Sánchez a la «flotilla» de los pijos pro-Hamás, su connivencia con los ataques en la vuelta ciclista a España, la falsa anulación de la compra de armamento israelí, los llamamientos al boicot a los judíos, o la patética retirada de Eurovisión. El conjunto nos ha sacado de la foto con el resto de países occidentales, pero a Sánchez le ha venido bien.
Por supuesto, la guerra en Ucrania también ha servido a los intereses del arrogante que nos gobierna. La ha utilizado para escenificar un distanciamiento de la política de Donald Trump. El refuerzo de la OTAN se ha presentado como un belicismo que atenta a los sentimientos pacifistas de Sánchez, más dado a Chamberlain que a Churchill. No ha importado que España sea relegada de cualquier ámbito de decisión occidental —lo que debería alarmarnos—, porque aquí la izquierda mediática y cultural lo ha presentado como un gesto astuto y humanitario de un hombre de paz. En suma: la fuerza de los transmisores del relato sanchista convirtió una desgracia en una ventaja electoral.
Ahora Putin traslada a Bielorrusia misiles balísticos hipersónicos, los Oreshnik, que resultan imparables, apuntando a las capitales europeas. Lo hace como parte de la negociación con Trump y Zelenski, y para disuadir a la Unión Europea y al Reino Unido de que dejen de suministrar armas a Ucrania. Con esta maniobra Putin sigue el viejo sistema soviético de amenaza real y demostración de fuerza ante los suyos. España no pinta nada en esto porque Sánchez ha preferido el discurso electoralista interno a seguir los compromisos internacionales de nuestro país. El problema es que Rusia entiende el pacifismo como debilidad, y cuando percibe que el enemigo baja los brazos, se aprovecha.
Pero la guerra que vendría bien a Sánchez es la que podría tener lugar en Venezuela. No tiene por qué ser un conflicto entre el ejército venezolano y el norteamericano. A Sánchez le valdría cualquier enfrentamiento armado, incluso civil, para enarbolar la condena a Trump y encabezar una imaginaria manifestación por la paz. El acontecimiento le serviría para conseguir el aplauso de nuestro extraño electorado de izquierdas —imperturbable a la inmoralidad y delitos de los propios— y justificar su permanencia en el poder. Hablaría de «golpe de Estado» en Venezuela, y señalaría al PP y Vox como cómplices. De hecho, Sánchez fue incapaz de felicitar a María Corina Machado por el Premio Nobel. Tampoco hay que despreciar en este asunto la posibilidad de que la caída de Maduro deje al descubierto la red de corrupción que podría afectar a Zapatero y a no pocas personas del socialismo actual. Esto obligaría a un discurso más vehemente y teatral de Sánchez para compensar las evidencias inculpatorias.
El arrogante que habita la Moncloa está en una situación en la que solo las desgracias podrían excusar su continuidad, al menos ante los suyos. Entre ellas, el advenimiento de los «ultras» al gobierno de España, contra los que mantiene una guerra política y cultural sin precedentes. Sin PGE ni mayoría parlamentaria, solo algo parecido al movimiento del núcleo de la Tierra podría prolongar la temporada de Sánchez en el escenario hasta 2027.