B.B., los mitos pueden tener poca base
«La francesita rubia, con sus melenas y moños y su sonrisa entre traviesa y pecadora»

Brigitte Bardot
Fui de los adolescentes (1964-65) fascinados por Brigitte Bardot. La francesita rubia, con sus melenas y moños y su sonrisa entre traviesa y pecadora, sus poses antes tantos fotógrafos, su actitud rebelde, sus maridos, sus novios, sus pantalones ceñidos, sus amantes, esa subyacente idea —para la época— de que el pecado es bello, me encandilaban (yo alumno de un colegio de curas, tal vez por eso) y me dedicaba a recortar sus imágenes de las revistas de cine o rosas, donde era moneda brillante y habitual. Cuando murió el pasado 30 de diciembre —luego supimos que en verdad el 28—, aunque la Bardot recluida en Saint-Tropez, un lugar que prácticamente inventó, no me interesaba lo que se dice nada, recordé de inmediato a la B.B. de la juventud y me emocioné. Fue el mito de la modernidad algo frívola para las chicas y chicos de mi generación, y me parecía provocadora e irrepetible. Entonces vi uno de sus filmes emblemáticos: Mépris (Desprecio, 1963), del icono de la nouvelle vague, Jean-Luc Godard. La película, muy nueva ola y muy de época (no es de hoy) está, ello sí, llena de guiños y seducciones pasadas. Junto al gran Michel Piccoli, la protagonista es Brigitte Bardot, que abre la película con un desnudo de espaldas, casi cuerpo de nínfula, que se repetirá. Fritz Lang anda por allí y el cine dentro del cine, y B.B. se pasea aquí y allá y —la verdad— pinta bien poco fuera de su encanto menudo (medía 1,66) y de su aire de muñeca singular…
Entonces me acordé de dos actrices cercanas a su momento y decidí comparar. La italiana Claudia Cardinale (fallecida también en 2025) y solo cuatro años más joven que B.B., jugó —poco tiempo— a ser otro icono de chica guapa: C.C. contra B.B.. Bobaditas del tiempo, imaginé recordando a Cardinale en El Gatopardo de Visconti, también de 1963. Claudia Cardinale fue muy buena actriz, e hizo papeles ya no joven, pero nunca fue un mito, porque solo era guapa y buena actriz y eso no basta. Luego pensé en Jeanne Moreau (murió en 2017), atractiva de joven y siempre actriz seria y aún algo libresca. Moreau fue mucho mejor actriz que Bardot, y también anduvo en la nueva ola, pero tampoco es un mito: su aire, profundo a veces de actriz intelectual, tampoco servía. Ambas quedarán en la historia, pero B.B. es un mito.
¿Y qué se precisa para ser un mito?
Éxito o estilo en una profesión —vale la belleza como estilo—, una muerte trágica y joven de preferencia, y el que gentes, de su tiempo y después, decidan que esa persona tenía algo icónico, irrepetible e irremediable. Y sin salir del cine, me fui a los dos mitos más cercanos, aunque lejos ya, James Dean (muerto con 27 años en un accidente de automóvil) y para siempre la imagen del joven inconformista y atractivo, «rebelde sin causa» y, cómo no, enseguida a Marilyn Monroe: desdichada, bella, animal fotogénico, posible suicida en la desesperación y joven naturalmente. Monroe es el mito por excelencia de su tiempo, pero solo en una cosa —aunque fundamental— gana a Bardot. Marilyn murió joven y Bardot ha muerto (91 años) muy vieja. Y la vejez es siempre contraria a los grandes mitos, pero no se hacen sombra.
Marilyn, guapa y sensual, toda ella tetas y caderas, es la imagen del «mujerón», de la mujer opulenta que atrae a los machos eternos. ¿Podré decirlo ya? Monroe nunca fue moderna, sino clásica del todo; al contrario, Bardot, delgada, poco pecho, las justas caderas, el prieto culito casi adolescente, era —fue— la novedad rompedora, el gusto de los que prefieren la fruta algo verde o a un nuevo tipo de mujer que puede prescindir de sujetadores.
Si Monroe era un clásico del tacón y el caderamen, Bardot fue la moderna absoluta, de zapato plano (o descalza), cadera estrecha y aire de colegiala procaz. ¿Alguien se imagina a Marilyn de universitaria con coleta? Pero suele decirse que Monroe no fue buena actriz, aunque tuvo sus momentos (Huston, Vidas rebeldes) y al parecer Bardot tuvo poco de actriz que no se debiera a sus desnudos aurorales y al director que la lanzó (Dios creó a la mujer, 1956), que además fue su primer marido —de cuatro—, Roger Vadim. Brigitte y Roger se divorciaron, tras cuatro años de matrimonio abierto, en 1957. Ella se había casado con 18 años y el motivo del divorcio (favorable a Vadim) fue el hecho comprobado de los muchos amantes de ella en ese periodo. No era Vadim el Don Juan —y tuvo esa fama— sino la jovencita Bardot. Creo que fue en una de sus sonadas entrevistas llenas de pose en un Festival de Cannes (a finales de los años 50) cuando, preguntada por su trepidante vida sentimental o sexual, respondió con aires de caprichosa inocencia: «Cada vez que me enamoro creo que es para siempre. Y me enamoro todas las noches».
Desde luego, los curas no podían ni verla. Cuatro maridos, cientos de amoríos y un hijo (con el guapito Jacques Charrier) que ella misma declaró «no deseado». El mito de Brigitte era y es su absoluta modernidad de jovencita rompedora y guapa y sensual. Eso es B.B.. Cuando cumplió 40 años se retiró del cine o de la escena y cumplió. ¿Qué importa después la mujer gruñona contraria a los toros y a la caza de focas? ¿Qué importaba la admiradora de Le Pen o la que estaba contra el Islam? Habría que hablar de ello. Bardot ha muerto. B.B. es un mito total.