The Objective
Jasiel-Paris Álvarez

Los patriotas condenan la intervención de EEUU en Venezuela

«La soberanía de los Estados no es negociable jamás; sea cual sea su tamaño, su poder o su continente, la soberanía es inviolable y sagrada»

Opinión
Los patriotas condenan la intervención de EEUU en Venezuela

Imagen de Alejandra Svriz

La francesa Marine Le Pen lo ha explicado bien: es cierto que hay muchas razones para condenar el régimen de Maduro, por comunista o autoritario. Pero hay una razón fundamental para oponerse al cambio de régimen provocado por EEUU: la soberanía de los Estados no es negociable jamás; sea cual sea su tamaño, su poder o su continente, la soberanía es inviolable y sagrada. Renunciar a este principio hoy para el caso de Venezuela —añade Le Pen— implicará aceptar mañana nuestra propia servidumbre. 

En términos semejantes se ha expresado su sucesor al frente de la Agrupación Nacional, Jordan Bardella, repudiando al «régimen rojo» de Maduro y su «dictadura sanguinaria y despiadada», pero condenando también la intervención estadounidense: «el respeto del derecho internacional y de la soberanía de los Estados no puede tener diferentes varas de medir» y «el derrocamiento exterior de un Gobierno por la fuerza no puede constituir una respuesta aceptable, que no hace más que agravar la inestabilidad geopolítica».

Pero esta no es solamente una opinión de «ultraderechistas», «euroescépticos» y «nacionalpopulistas», sino que grandes voces del liberalismo han hablado en el mismo sentido. Desde el Financial Times escribe Gedeón Rachman (el gran defensor de las democracias liberales contra los autócratas): «Cuando China lance una operación especial para capturar a la presidenta de Taiwán, o si Rusia intente lo mismo con el presidente ucraniano Zelenski, ¿qué diremos? ¿Que no se puede hacer eso porque es ilegal?». Añade el líder de centro liberal británico Edward Davey: «Maduro es un dictador brutal e ilegítimo, pero ataques ilegales como este nos hacen a todos menos seguros. Trump está dando luz verde a Putin o Xi para que ataquen otros países con impunidad».

Incluso los más inteligentes y consecuentes de entre los patriotas estadounidenses han estado hablando contra las intenciones injerencistas de EEUU en Venezuela. Hace unas semanas Tucker Carlson, «la voz del pueblo trumpista», decía —en contra del propio Trump— que atacar a Maduro no podía estar entre las prioridades de ningún conservador, pues el propio Maduro era un líder económicamente progresista pero socialmente conservador, que había mantenido a Venezuela fuera de los «derechos LGTBIQ+», del abortismo y de la ideología transgénero, difundiendo un discurso de familia, patria y religión. El voto del estadounidense conservador —añadía Carlson— no debería ir a derrocar a un líder conservador para dejarle hueco a una oposición liberal-progresista.

Un pilar fundamental del trumpismo era la promesa de dedicarse a reconstruir la nación yanqui y retirarse de los conflictos internacionales, pero hace tiempo que Trump ha encarnado un tipo de imperialismo especialmente descarnado, que sigue apostando por las guerras extranjeras y las operaciones de «cambio de régimen», pero sin apenas disimular hablando de Derechos Humanos o legalidad internacional: ha afirmado directamente que de Siria quería el petróleo, de Ucrania quiere las tierras raras y de Venezuela sus recursos estratégicos, que van del crudo al oro. 

En su reciente Estrategia de Seguridad Nacional, Trump ha añadido su propio corolario a la «doctrina Monroe», que promueve que todo el continente americano es propiedad de Estados Unidos. Es una doctrina que se aprobó originariamente contra España, contra nuestra presencia por aquel entonces en Cuba, y contra los lazos que España mantenía con el mundo hispanoamericano. Cuando EEUU golpea Venezuela, lo hace bajo la misma doctrina con la que tantas veces ha guerreado contra el mundo hispano (incluyendo a la propia España) y con la intención de ser el dueño de nuestra Patria Grande. Es por eso que todo patriota debe condenar la intervención de EEUU en Venezuela, pero especialmente si es un patriota español.

Hay una serie de principios geopolíticos que, en el derecho internacional, deben ir por delante del conflicto ideológico. Un manifiesto hispanista que circula en redes recuerda que «el anticomunista ruso Alexandr Solzhenytsyn nunca dejó de ser anticomunista, pero cuando Alemania invadió la Unión Soviética antepuso la defensa de la Patria rusa y la soberanía de su país ante cualquier consideración ideológica. La Alemania nazi justificó su invasión de la Unión Soviética para librar a los pueblos del Este de Europa del comunismo [tal y como Estados Unidos se justifica con la liberación de Venezuela], pero en realidad los nazis querían el petróleo del Cáucaso y del Mar Caspio y el grano de Ucrania [tal y como EEUU se mueve por su interés de expoliar los recursos venezolanos]».

Resulta especialmente vergonzoso ver a una oposición venezolana (con su nobel de la paz) celebrar una invasión extranjera, a supuestos «libertarios» como Milei aplaudiendo la injerencia máxima de la que es capaz un Estado, a supuestos «hispanistas» aplaudiendo un ataque del anglo-imperio y a supuestos «patriotas» pidiendo alegremente que ahora se llevan a Sheinbaum en México, a Petro en Colombia, a Lula en Brasil o a Sánchez en España. Los patriotas decentes que han criticado a muchas de estas figuras deberían decir, como Ortega y Gasset ante la oscura deriva de la II República, «no era esto». No era la carta libre a la violencia, la invasión y el atropello al Derecho Internacional lo que se pedía al criticar a ciertos líderes y gobiernos. Y si hoy los patriotas no alzan la voz contra el imperialismo (que siempre ha sido el enemigo de las naciones), cuando mañana vengan a por los patriotas, ya no quedará nadie que pueda decir nada.

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