La variable petrolera en el nuevo escenario venezolano
«La represión llevó al colapso a la producción; de los casi tres millones de barriles diarios producidos en el año 2000 a 569.000 barriles en 2020 según la OPEP»

Imagen de Alejandra Svriz
«¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud». Esa frase del sagaz ciego mientras lavaba con vino al Lazarillo de Tormes después de estamparle contra la boca la jarra con el mismo líquido es una buena metáfora de la riqueza y pobreza que los recursos naturales causan en los países que los albergan en el subsuelo. Para el caso que nos ocupa es el petróleo el que sustituye al vino y Venezuela la escena clásica del Lazarillo.
En los países que carecen de instituciones políticas y económicas sólidas, prestigiosas y estables a lo largo del tiempo, la abundancia de materias primas es altamente peligrosa por el uso discrecional que se hace de su explotación y, muy especialmente, de la probabilidad de que surjan regímenes autoritarios —cuando no directamente dictaduras—, corrupción generalizada y una dependencia extrema de una relación real de intercambio con el exterior que puede ser muy beneficiosa en una fase del ciclo, pero muy perjudicial en otra.
Venezuela es el arquetipo de país al cual su principal riqueza natural (el petróleo) junto al sistema de gestión de la misma le han hecho uno de los más ricos del mundo en una época y uno de los más pobres en otra hasta llegar a nuestros días. Las materias primas energéticas se rigen por superciclos compuestos por diferentes fases de ascenso y descenso tanto de precios como de producción y demanda a lo largo de aproximadamente medio siglo. Las fases alcistas sirven para maximizar el valor de la producción y ventas, el cual debe emplearse en crear un ahorro suficientemente potente como para invertir en tecnología, innovación y acopio de reservas para cuando vengan las fases bajistas.
Precisamente, cuando los precios caen, el «colchón» creado en las épocas de expansión sirve para sostener la industria, seguir produciendo con márgenes más estrechos y diversificando la actividad para no depender solo de un producto. Pero para hacer esto se necesitan unas reglas del juego que permitan este flujo de ahorro, inversión y diversificación. ¿Qué sucede si cada vez que hay una fase alcista ese flujo de divisas acaba en manos de una élite extractiva y corta la reinversión del capital a lo largo del tiempo? Que el petróleo pasa indistintamente de ser una bendición a una maldición.
En el momento en que haya una crisis, las principales variables macro y microeconómicas empeorarán: PIB, renta disponible real per cápita, escalada de la pobreza, inmigración, delincuencia… Si a eso le añadimos querer mantener la «ilusión monetaria» o el «efecto riqueza» de la época expansiva, llegará el peor compañero de viaje: la inflación. Esto es, exactamente, lo que ha sucedido en la Venezuela del último cuarto de siglo, primero con Chávez y, después, con Maduro. La crisis del petróleo venezolano comenzó mucho antes de que en 2017, en el primer mandato del presidente Trump, se aplicaran las primeras sanciones que afectaban a los directivos de la compañía estatal Pdvsa y, en los años posteriores hasta hoy, a los flujos de petróleo en el exterior.
La instauración de un régimen donde la propiedad privada es insegura (el famoso «¡exprópiese!» de Chávez), la apropiación de buena parte de los ingresos de Pdvsa y de otras explotaciones petroleras en suelo venezolano impidiendo un normal flujo de reinversión y crecimiento, una inflación disparada en plena caída de los ingresos por venta de crudo y un país dominado por la inseguridad y la represión llevó al colapso a la producción. Concretamente, de los casi tres millones de barriles diarios producidos en el año 2000 a 569.000 barriles en 2020 según la OPEP. El rebote de los últimos cuatro años hasta situarse por encima del millón de barriles a finales de 2025 ha sido gracias a la coyuntura favorable de precios internacionales entre mediados de 2021 hasta principios de 2024 en un rango entre 70 y 114 dólares el barril Brent. Actualmente vuelve a cotizar por debajo de 60 dólares.
El segundo indicador definitorio es la producción de derivados del crudo. Aquí es donde se demuestra la capacidad tecnológica real del país y es donde el deterioro ha sido acelerado, por mucho que en las estadísticas oficiales aparezca intacta la capacidad de refino en 2,15 millones de barriles diarios (siendo el rendimiento de las refinerías prácticamente el mismo en 2024 que en 2020). El último Anuario de la OPEP (2025 OPEC Annual Statistical Bulletin, 60th edition) muestra una caída del 20,94% entre 2020 y 2024, pasando de 339.000 barriles diarios en 2020 a 268.000 en 2024.
Un tercer indicador elocuente es el número de plataformas activas de extracción. En el mismo período señalado antes, este número ha pasado de 12 a 3. Un último indicador es la necesidad de importar producto refinado, dado que en 2024 produjo 268.000 barriles diarios (fundamentalmente fuelóleo viscoso y gasolina) mientras que demandó 276.000 barriles diarios. En suma, esta es la radiografía de hasta qué punto el «oro negro» es un problema, y muy serio, para el país caribeño.
Por ello, no es de extrañar que el principal foco puesto por la Administración Trump sea en el petróleo. Por eso, Trump lo repitió en varias ocasiones en su comparecencia del sábado 3 de enero y lo ha explicado de forma nítida el secretario de Estado Marco Rubio. Como era previsible, buena parte de los políticos, opinadores y analistas están interpretando este movimiento en clave del interés de Estados Unidos por controlar el petróleo venezolano con múltiples aristas.
Por ejemplo, la influencia de China en esta industria venezolana en los últimos años, la cual no ha obtenido los rendimientos económicos que se esperaban; el papel de las compañías petroleras estadounidenses en los flujos de comercio del crudo extraído en el país y una supuesta ambición de Trump por acaparar más recursos naturales siendo Estados Unidos uno de los principales productores globales de crudo, entre otras.
Sin entrar a refutar o sostener estas hipótesis, la cuestión central es que Estados Unidos sabe que el éxito de su operación depende de una buena gestión del petróleo venezolano. Y esta buena gestión pasa por un período transitorio de entente con parte de las actuales élites extractivas que controlan los recursos (y se han adueñado de ellos en la práctica) para eliminarlas en un corto espacio de tiempo (no olvidemos el utilitarismo extremo de Trump) porque una vez descabezado el régimen, los que quedan, en el mejor de los casos, salvan la vida y acaban en el exilio.
Y así, implementar un nuevo marco institucional que será quien se ocupe de gestionar unas reservas probadas que alcanzan los 303.221 millones de barriles según la OPEP, el 19,35% del total mundial. Un proceso muy complejo, no exento de riesgos muy elevados, pero que posibilitará la instauración de unas instituciones políticas y económicas nuevas que devuelvan la libertad, la prosperidad y la democracia a Venezuela.