The Objective
Daniel Capó

Un mundo nuevo

«Parece lógico que, en una época sin una autoridad moral clara, lo que se imponga sean los principios de la ‘potestas’ romana. Es la primera lección que aprendemos»

Opinión
Un mundo nuevo

Ilustración de Alejandra Svriz

De pronto, el mundo ha cambiado. Esto ocurre a menudo sin que nos demos cuenta: unas veces, a velocidad de vértigo; otras, de un modo gradual, casi sigiloso, pero evidente al cabo de un tiempo. En ocasiones, esos movimientos abren un futuro; en otras, lo cierran. Pueden ir hacia delante aunque también hacia atrás, devolviéndonos a una etapa que creíamos superada. En general, lo que más abundan son las disonancias, es decir, el choque de distintos tempi con sus señales contradictorias. La IA, por un lado, y el siglo XIX, por el otro. La captura de Maduro nos advierte de un cambio y de un retorno que se solapan entre sí: son las nuevas reglas de poder internacional que dicen adiós al multilateralismo de la segunda mitad del siglo XX y es el triunfo de Carl Schmitt, con su reivindicación de la fuerza bruta como razón última del poder. Parece lógico que, en una época sin una autoridad moral clara, lo que se imponga sean los principios de la potestas romana. Esta es la primera lección que hemos aprendido estos días. El mundo ha cambiado y habrá que aprender a jugar con las nuevas reglas.

Ha caído un tirano, pero aún no su régimen. No, por ahora, claro está. Sin embargo, de este impasse emerge una segunda clave de interpretación. Situémonos a principios de siglo. En aquel momento, una importante corriente ideológica de la administración americana –los llamados neocones– intervenía en los asuntos del mundo desde la óptica rigurosa de un moralismo in vitro. No seré yo quien los juzgue, pese a que sus resultados prácticos sobre el territorio fueron desastrosos; precisamente porque ni el hombre ni las sociedades pueden tratarse como ratones de laboratorio. La América de Trump, al igual que China y otros imperios actuales, se mueve dentro de otras coordenadas de actuación. Un amigo diplomático me lo ha definido como un «realismo brutalista». Yo, más atento a las escuelas arquitectónicas, quizás hubiera invertido los términos y hablaría de «brutalismo realista». Importa poco, porque ambos conceptos se entienden. Y también sus consecuencias.

La ejemplar María Corina Machado cuenta con una legitimidad moral y democrática incuestionable, así como con el prestigio internacional del Premio Nobel de la Paz, pero no controla los resortes del poder. En estas primeras horas, tras la caída de Maduro, Trump parece haber apostado por mantener la estabilidad inmediata que proporciona el régimen chavista. O, al menos, preservar algunos elementos del mismo. Con este gesto, el presidente americano se despide de la gramática neocón y se adentra, de nuevo, en un mundo mucho más cercano al del siglo XIX que al de la segunda mitad del siglo XX. Por supuesto, las grandes potencias toman nota.

Moscú ha limitado su respuesta a una nota publicada en PDF. La prudencia de China se alinea con su sentido milenario del tiempo –un privilegio que comparte con la Santa Sede–, caracterizado por pensar siempre a largo plazo. Europa apenas cuenta para nadie. Y la fuerza de los países emergentes, hoy en día, se mide en términos demográficos y de corrientes migratorias: cruciales para el futuro, irrelevantes en el caso venezolano.

Se estrena 2026 con una operación quirúrgica de rara precisión que augura transformaciones significativas para los próximos veinte años. Irán toma otra vez protagonismo, con protestas multitudinarias en las principales ciudades del país. ¿Asistiremos a otro cambio de régimen? ¿Hacia dónde se dirigen Ucrania y Taiwán? ¿Cómo reaccionaría la UE ante un incremento de presión en Groenlandia? ¿Caerá la Cuba comunista en su año six seven? Un mundo nuevo con reglas nuevas exige pensar en las consecuencias últimas de cada acción. No todos los gobiernos lo hacen. Seguramente tampoco nosotros. 

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