Educación para la ciudadanía
«Trump no es un adalid de la democracia sino un acaparador de petróleo y un rival de China, pero ha funcionado como aliado circunstancial»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Un dicho popular dice que para quien es martillo todo tiene forma de clavo. Me parece un refrán bastante razonable. Quienes hemos sido más de cuarenta años maestros todo lo vemos como si fuésemos a comenzar una clase. Para comprender algo, lo que sea, un conflicto o una celebración, la belleza de un cuadro o el espanto de una autopsia, automáticamente nos vemos ante un auditorio atento a nuestra explicación.
Tenemos que hacer inteligible lo confuso, coherente lo contradictorio y, lo más difícil, interesante lo aburrido. Cuando yo aún estaba en activo, algunos colegas se quejaban de los alumnos: «¡Es que no se interesan por nada!». Y yo siempre contestaba, mitad por chinchar y mitad por convicción, que a nosotros nos pagaban por interesarles. ¡Qué tiempos! No los echo de menos, pero se me ha quedado el sesgo profesional.
Cuando me pongo ante el ordenador para hablarles de algo (dos veces por semana, no lo tomen a broma), les imagino jóvenes y ávidos, pero sobre todo jóvenes: pueden agradecérmelo. Y me pregunto cuál es la mejor forma de que entiendan, pero antes cómo puedo arreglármelas para entender yo lo que debo hacerles comprensible e interesante. Ahí está el busilis del asunto, en lograr entender yo, al menos cinco minutos antes que mi clientela, de qué va el asunto que nos ocupa. ¿No es emocionante? Una carrera de velocidad para llegar a comprender por fin aceptablemente antes que mi público lo que debo lograr que comprendan… y si es posible, aún mejor que yo.
Perdonen este revoloteo de presentación. Mis resignados pero fieles lectores saben que es un truco para coger fuerzas antes de pasar sin más retozos al asunto que nos ocupa. Y que hoy es nada menos que la operación yanqui en Venezuela. Un asunto grave y nada simple, un verdadero reto para un profesor.
Hace años, bastante antes de que la cosa se pusiera de moda en la era Zapatero, algunos peleamos infructuosamente contra la burocracia educativa para conseguir incluir en el currículum una asignatura titulada —¡agárrense!— «Educación para la ciudadanía». Quería ser algo así como las instrucciones de uso de la democracia, una de las máquinas más necesarias de que nos hemos dotado y la única que carece de ese manual.
Pero fue imposible: la gente conservadora protestaba porque suponía que tal asignatura «adoctrinaría» a los alumnos, como si hubiese algún tipo de educación sin atisbo de doctrina, como si alguien pudiese crecer y madurar sin haber recibido noticias de que el canibalismo es una fuente de proteínas a descartar y doctrinas semejantes. Incluso decían que se pretendía volver a la Formación del Espíritu Nacional, de aborrecida memoria franquista.
Por su parte, la izquierda radical, siempre celosa de que no hubiera nadie más torpe que ella, se lanzó a proponer un temario que más que adoctrinamiento era una arenga, un panfleto chillón que ningún padre sin trastornos psíquicos leninistas hubiera querido para su hijo. De modo que adiós a nuestra asignatura no nata, de la que sólo hubo luego esbozos insatisfactorios. Y, sin embargo, la idea me sigue pareciendo buena. Sobre todo, en momentos como los actuales, cuando hay que explicar a los más jóvenes situaciones políticas complejas como la que se vive estos días en Venezuela. ¿Qué les diría yo a los alumnos que ya no tengo? Intentando, como siempre en tantos años de docencia, no evitar cualquier error –conozco lo suficiente la falibilidad de los maestros y la mía en particular— sino el verdadero peligro: la falsedad acariciante para quedar bien. En mis clases seguro que he metido la pata, muchas veces, pero nunca he mentido a sabiendas.
¿Lo de Venezuela? Veamos. Para empezar, una noción general de la máxima importancia. Las reglas del derecho nacional e internacional, la sacrosanta soberanía de los países, las grandes Asambleas cosmopolitas tipo la ONU, la Unión Europea y demás federaciones, la autoridad mayor o menor de los gerifaltes que, ay, nos gobiernan… Sólo tienen una razón de ser y sólo hay una razón para aceptarlas: que las personas vivan mejor, o sea, con más libertad y más acceso a los bienes que deseen. Lo demás es ideología, es decir, casi siempre mitología.
El principio básico de la civilización política es que las instituciones están para servir a las personas y no las personas para servir a las instituciones. La democracia, el sistema en que deciden los individuos libres e iguales (a los «listos» que se rían hacerles la higa), organiza y refuerza su organización para mejorar la vida de las personas, en este mundo y no en el cielo, el día de hoy y no en el radiante futuro, pero nunca sostiene a las personas para que sirvan con más provecho al megamecanismo estatal. Una vez sentados estos principios, volvamos al Caribe.
Nicolás Maduro no es un jefe de Estado, sino un usurpador que se había apoderado de las claves del poder en Venezuela, apoyado en una banda de delincuentes que falseaban y manipulaban las elecciones o no respetaban su resultado cuando las perdían. Maduro y Diosdado Cabello son criminales y torturadores que han utilizado técnicas terroristas contra la oposición democrática, que hoy llena cárceles como el pavoroso Helicoide con miles de presos sin derechos legales.
Estos delitos contra sus conciudadanos son mucho peores que el narcotráfico, que después de todo es una transgresión inventada por quienes se empeñan en mantener vigente la absurda prohibición de las drogas. Los chavistas, como buenos gestores comunistoides, son increíblemente torpes y han arruinado al país sin por ello dejar de saquearlo: millones de venezolanos han tenido que exilarse de su patria para huir de la represión y buscarse un futuro mejor en cualquier otra parte.
El presidente Trump (cuyo apellido suena «Tramp» en Europa y «Tromp» en Hispanoamérica, vaya usted a saber por qué) no es un adalid de la democracia sino un acaparador de petróleo y un rival de China, pero ha funcionado como aliado circunstancial de los demócratas venezolanos. Es un indeseable, pero en algo parecido a la tromboflebitis que acabó con Franco, otro dictador: nadie ensalzará a la tromboflebitis por este logro, pero es innegable que allanó el camino hacia la transición democrática.
Este camino será largo y lleno de obstáculos, aunque para empezar cuenta ya con un presidente legítimamente electo, Edmundo González, y una líder de coraje incansable, María Corina Machado. Ojalá Dios o la Historia les sean favorables. No todo son malas noticias: aquí en España, Gonzalo Miró ha dicho que dejará de participar en tertulias televisivas mientras Maduro esté secuestrado por Estados Unidos. ¿Ven? Ya empieza a despejarse el panorama…