Manual para gobernar Venezuela desde Washington
«Trump no lo tiene fácil. Solo tiene tres años, y en realidad menos. En las elecciones de mitad de mandato lo habitual es que pierda la ventaja republicana»

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Las vacaciones forzadas de Nicolás Maduro a la ciudad de Nueva York han creado confusión, esperanza e incertidumbre a partes iguales. El paso de las horas ha disipado la primera y ha mermado la segunda, pero ha mantenido la tercera. Lo cierto es que este mismo manual carece del necesario carácter apodíctico de otros, pero incluye algunos elementos que son esenciales para conocer el terreno que pisamos.
En principio, y si no nos hemos introducido mucho en el asunto, parece contradictorio que un aislacionista que no se baja del «America first» haga de neoconservador entusiasta de las democracias ajenas y se meta a operar, a distancia, un cambio de régimen. Para deshacer esta contradicción, lo primero que tenemos que hacer es exponer qué es, hoy, Venezuela.
Venezuela no es un Estado. A un Estado lo definen tres características: territorio, población y gobierno. Y ninguna es segura en Venezuela. Por comenzar por la población, un tercio de los venezolanos está fuera del país. En Venezuela se ha impuesto un socialismo moderado por el crimen rampante del Estado y de otros agentes criminales. Hay revolucionarios por cuenta ajena, como diría Mario Noya, que hablan maravillas de una situación como esta, pero los propios venezolanos imaginan su futuro fuera del país. Un tercio es la proporción de quienes lo han logrado. Muchos otros esperan su momento.
Con respecto al territorio, tiene más novios de los que caben en el Palacio de Miraflores: Rusia, China, Siria, Cuba, Irán… a lo que hay que añadir las organizaciones narcotraficantes. Algunas han parasitado al Estado. Como un insecto devorado internamente por otro, el Estado de Venezuela mantiene su apariencia, pero no responde a su naturaleza. Otras bandas de narcotraficantes tienen implantación territorial y cuentan como líderes con alcaldes y gobernadores. Carabobo, Táchira, Zulia… son zonas del país controladas por grupos criminales.
Y vamos al gobierno. El Ejército fue vaciado de contenido por Hugo Chávez. Su lugar lo ha ocupado una organización cívico-militar-política que es el aparato represivo del régimen. El encargado de crear esta checa es el general Miguel Rodríguez Torres. Es el creador de la cárcel «La tumba», nombre merecido para un centro de recreo para torturadores. Cayó en desgracia frente a Maduro en 2018. En ese año, Zapatero intercede y se lo trae a Madrid. Por cierto, es el año en que Zapatero embauca a Pedro Sánchez en su estructura criminal internacional, de la que Venezuela es solo una terminal.
Quien asume el control del órgano represivo es Diosdado Cabello. Aunque todas las bandas dentro del llamado gobierno venezolano se dedican al narcotráfico y al lavado de dinero, Cabello descuella sobre todas ellas. Otra de estas bandas es la de Cilia Flores, esposa de Nicolás Maduro. Procede de una familia con tradición criminal. Suyos son los famosos narcosobrinos que se vieron obligados a responder ante la justicia estadounidense hasta que Biden los devolvió a Venezuela.
Otro grupo incrustado en el régimen son los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge, con fuertes conexiones con España. Con José Luis Rodríguez Zapatero, «el príncipe», y con Pedro Sánchez. Jorge, por cierto, es el presidente de la Asamblea Nacional, donde está alojada la disidencia controlada del régimen.
¿Es eso un gobierno? Claramente, no lo es. Si con el gobierno están en solfa el territorio y la población, ¿podemos hablar de un Estado? Claramente, no podemos. Por eso resulta desconcertante blandir ante el régimen venezolano el derecho internacional. Ese derecho es para la relación entre Estados, y Venezuela no lo es.
Cuando Donald Trump dijo que María Corina Machado no tenía el apoyo del país, se refería a que ella no tenía ninguna autoridad sobre las distintas bandas que controlan los resortes del poder. Y, por tanto, no le era útil en ese momento. Para controlar el país necesita aliarse con uno de los grupos criminales, y la moneda ha caído del lado de los hermanos Rodríguez. El momento de MCM es otro.
¿Qué tiene Trump en la cabeza? La cuenta de Twitter Trump War Room, que recoge los mensajes de la organización política en torno al presidente, publicó el mismo día de la intervención una imagen de Trump a horcajadas, con un pie en Alaska y otro en la Pampa, y un bate de béisbol con el mensaje «Monroe Doctrine». La doctrina Monroe advertía a Europa de que los Estados Unidos no debían intervenir al sur del Río Grande. A lo que ha recurrido Trump es, en realidad, al Corolario de Roosevelt, según el cual Washington tiene derecho a intervenir en todo el continente como si fuera su patio trasero.
Tiene sentido. Porque ante el fracaso del Estado en Venezuela y su alianza con otros gobiernos criminales, el país ha entregado sus recursos a los países citados, que alimentan una alternativa a los Estados Unidos y a otros países occidentales (Europa no cuenta). Aquí es donde encaja el «America first». Trump quiere asegurarse de que sean ellos quienes consuman el petróleo venezolano y de que ningún barril alimente la maquinaria antiamericana que se organiza desde Moscú, Teherán y demás. No es baladí que haya elegido un momento de debilidad de Irán y de Cuba.
El problema, y seguimos con este manual, es que el apoyo de los Rodríguez no es suficiente. Por eso, el siguiente objetivo estadounidense es Diosdado Cabello. Pero aunque logren invitarle a Nueva York o hacerlo saltar por los aires, acabar con una organización criminal tan lucrativa no es fácil. Y hay muchas otras, asentadas territorialmente. No dudarán en aceptar el ropaje ideológico de la izquierda y crear nuevas guerrillas. Ya sabemos, además, que el terrorismo es un camino firme hacia el premio Nobel de la Paz. ¿Transigirán los Estados Unidos con una situación así? No deberían. Pero ponerle coto exigiría más botas sobre el terreno de las que el Congreso está dispuesto a autorizar.
El mejor escenario para Venezuela y para el mundo es que las compañías estadounidenses tomen el control de los pozos venezolanos. Retomarán un ritmo de producción arruinado por el socialismo y la corrupción, orientarán los barriles hacia el «amigo americano» y establecerán un vínculo con el Pentágono que alejará a Venezuela del aquelarre del eje (Moscú, Pekín y demás).
Trump no lo tiene fácil. Solo tiene tres años, y en realidad menos. En las elecciones de mitad de mandato, en noviembre de este año, lo habitual es que pierda la ventaja republicana. La oposición no se va a dejar arrasar, en su terreno y con abundante financiación. Los EEUU han cerrado puertos y aeropuertos al narcotráfico, o lo harán pronto. Hay que ahogar las finanzas del narco, pero eso lleva tiempo, y Trump no lo tiene. El chavismo, aunque sea una hidra, ha actuado siempre en bloque. ¿Seguirán haciéndolo? ¿Se destruirán entre ellos y Washington a todos? El resultado no se puede adelantar.
Pero hasta que el control de Trump no sea efectivo, aunque sea con Delcy como guiñol, y no exista un Ejército leal que asiente el poder del Estado y controle unas elecciones dignas de tal nombre, no podremos hablar de transición. No desesperemos: hoy estamos más cerca que antes.