The Objective
Gabriel Tortella

Barrida de dictadores, ja, ja

«Uno no ve a Delcy Rodríguez desarrollando un plan bien meditado de sustitución de las élites hoy en el poder por chavistas reformados y demócratas de la oposición»

Opinión
Barrida de dictadores, ja, ja

Ilustración de Alejandra Svriz.

Barrida de dictadores fue el titular que pusimos a uno de los primeros números del semanario España Económica que un grupo de estudiantes y licenciados antifranquistas publicamos en 1958 con motivo de la caída del dictador venezolano, precisamente venezolano, Marcos Pérez Jiménez. Nuestro entusiasmo era grande. Pensábamos que aquello se iba a convertir en una oleada democrática en América que quizá acabara también poniendo fin a la dictadura de Franco. Pecamos de optimistas, como igualmente hemos pecado estos días al ver a Nicolás Maduro apresado por el ejército de Trump.

En su origen, España Económica era la cabecera de una revista de Bolsa que pertenecía a la familia Solana Madariaga, que ya no se publicaba, y cuyos dueños generosamente nos cedieron para que hiciéramos una revista de izquierda (dentro de lo posible). La revista se mantuvo algunos años: más tarde se convirtió en Cambio 16, que luego fue un diario, y acabó dando lugar a El Mundo.

En cuanto a Venezuela, el derrocamiento de Pérez Jiménez permitió la restauración de la democracia, pero los errores de los políticos (cuyas vacilaciones y mezquindades recuerdan a las de los partidos conservadores en la España de hoy) permitieron que Hugo Chávez, militar golpista, ganara las elecciones presidenciales en 1998. Por un procedimiento gradual que se ha repetido en muchos países (Italia fascista y Alemania nazi, Rusia, Turquía, etc., más recientemente, y que parece poder repetirse en España hoy) el presidente se convirtió en dictador y al morir, en 2013, nombró a Nicolás Maduro su sucesor.

Las consecuencias sociales y económicas de la dictadura chavista han sido terribles para el pueblo venezolano, por lo que la detención y exilio forzoso de Maduro sólo podía producir alegría popular en Venezuela y entre todos los demócratas del mundo, incluso aunque los métodos empleados por Trump dejaran mucho que desear desde el punto de vista ético y legal. Si alguien hubiera intervenido en España en 1955, pongamos, y nos hubiera liberado de Franco, todo demócrata hubiera aplaudido sin prestar mucha atención a las formalidades legales de tal intervención.

Es natural, por otra parte, que los periodistas norteamericanos, y los políticos serios, se escandalicen por la falta de respeto a la ley que muestra Trump en sus intervenciones políticas. Pero, más que su falta de respeto a la ley, escandaliza (al menos a mí) su desinterés por la democracia en el mundo en general y en Venezuela en particular. La revelación al día siguiente de secuestrar a Maduro de que Trump iba a poner en su lugar a la vicepresidenta del dictador narcotraficante cayó como un jarro de agua fría sobre los que habíamos aplaudido la operación.

«El golpe de mano en Venezuela podría ser un acto hostil hacia Putin por su resistencia a aceptar las condiciones de paz en Ucrania»

Entonces nos dimos cuenta de cuáles eran las verdaderas intenciones del presidente norteamericano: en primer lugar, reafirmar la preponderancia de Estados Unidos en el hemisferio occidental y reiterar el principio de la ley del más fuerte; en segundo lugar, lograr el control de los yacimientos petroleros venezolanos para reforzar la autonomía energética de los Estados Unidos; y, en tercer lugar, preparar el terreno para nuevas intervenciones en otros países hispanoamericanos, como Colombia y Cuba (que es el país de origen de la familia del secretario de Estado del Gobierno de Trump, Marco Rubio).

El efecto que el golpe de mano en Venezuela pueda tener para las relaciones de Trump con Putin es ambiguo: por un lado, la Venezuela chavista es un estrecho aliado de Rusia, cuyo gobierno ha criticado duramente el secuestro de Maduro. Éste podría considerarse un acto hostil hacia Putin por su resistencia a aceptar las condiciones de paz en Ucrania. Pero, por otro lado, la intervención en Venezuela puede compararse con la invasión rusa de Ucrania, y, por lo tanto, también puede verse como una admisión tácita de su licitud, equivalente a decir «si yo mangoneo en Venezuela, tú puedes mangonear en Ucrania». Los ulteriores abordajes a petroleros rusos procedentes de Venezuela más bien apoyan la primera interpretación.

Lo que parece claro es que la democracia en Venezuela no está entre las prioridades de Trump, que ha mostrado repetidamente mejores relaciones con dictadores como Putin o el norcoreano Kim Jong Un que con los líderes democráticos europeos, por ejemplo. No puede sorprendernos, por tanto, que prefiera colaborar con la chavista Delcy Rodríguez en el mangoneo de Venezuela a contar con la Nobel de la Paz María Corina Machado, líder indiscutida de la oposición democrática venezolana o con su asociado Edmundo González Urrutia, que ganó con un aproximado 75% del voto en las últimas elecciones presidenciales; Trump ha esgrimido para ello el pretexto inverosímil de que ella carece de apoyo popular.

Con esta afirmación, Trump está demostrando que Pedro Sánchez no es el único descarado mentiroso entre los presidentes de países democráticos. En realidad, toda esta operación contra Maduro, pomposamente llamada «Resolución Absoluta» (Absolute Resolve), se ha caracterizado por haber ido acompañada de una serie larga de mentiras añadidas a las ya mencionadas ilegalidades. Ha sido falsa la pretensión de que Delcy ha sido elegida para sustituir a Maduro después de la aprehensión de éste: las conversaciones con Delcy vienen de más atrás. Ella ha traicionado a Maduro y sin duda ha colaborado en la «Resolución Absoluta», ofreciendo información y, seguramente, la colaboración de personas cercanas a Maduro sobre las que ella tenía influencia. Sólo así se comprende que éste no se hubiera puesto a salvo mientras Caracas era bombardeada. El viaje de Delcy a Moscú y sus protestas de fidelidad a Maduro son otras tantas cortinas de humo para ocultar que su colaboración con Trump venía de lejos.

«Una transición a la democracia como la que tuvimos en España no parece probable»

¿Qué debemos esperar para el futuro inmediato de Venezuela? Me temo que poco bueno. Una transición a la democracia como la que tuvimos en España no parece probable. Uno no ve a Delcy Rodríguez en el papel de Adolfo Suárez, desarrollando un plan bien meditado de sustitución de las élites hoy en el poder por chavistas reformados y demócratas de la oposición. Menos aún podemos imaginar a los miembros del temido Cártel de los Soles renunciando a sus puestos y prebendas y retirándose a un segundo o tercer plano, como hicieron las Cortes franquistas en 1976 al aprobar la Ley para la Reforma Política.

¿Y quién desempeñará, en una hipotética transición venezolana, el papel del rey Juan Carlos, a quien se llamó entonces «el motor del cambio»? ¿Donald Trump desde Mar-a-Lago? La idea es risible: Trump ni siquiera habla español y lo único que sabe y le interesa de Venezuela es que tiene mucho petróleo, y que está llena de venezolanos a quienes desprecia. ¿Cómo podría compararse su papel con el que tuvo Juan Carlos entonces, un hombre joven, español, que llevaba años familiarizándose con los círculos del poder franquista, y que contaba con el respeto de gran parte de esos mismos círculos y del pueblo en general?

¿Y quién será el Torcuato Fernández Miranda en la Venezuela de hoy? ¿Marco Rubio? Éste al menos habla español y está familiarizado con los problemas de la América Latina. Pero no es venezolano, ni los venezolanos le van a considerar compatriota. Es un ministro de Estados Unidos, y no conoce al detalle a las figuras en el poder en Venezuela. Delcy sí, pero ¿quiere y está capacitada para llevar a cabo la profunda reforma que una transición a la democracia exige? Es muy dudoso, tanto más cuanto que las otras figuras claves, equivalentes al rey y al presidente del Consejo del Reino (Torcuato) son tan evidentemente inadecuadas (Trump y Rubio).

Para colmo, quien mejor representa al pueblo venezolano y sus aspiraciones democráticas, María Corina Machado, que lleva muchos años siendo la principal líder de la oposición, y Edmundo González, presidente electo de Venezuela, no han sido ni siquiera consultados acerca del camino a seguir para restaurar la democracia y dar voz al pueblo.

No puedo ser optimista. Ojalá me equivoque, pero no dejo de recordar y parafrasear un dicho mexicano muy aplicable al caso: «Pobre Venezuela, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos».

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