El espejo de Venezuela
«La intervención en Venezuela y la proyección de la hegemonía de EEUU sobre Groenlandia marcarían la inauguración del nuevo orden internacional»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Una operación militar extranjera que sirve para capturar a un brutal dictador, pero no para cambiar el régimen. Una marxista al frente de un Gobierno que acepta ser tutelado por el archienemigo yanqui. Unas élites económicas que prefieren la continuidad del régimen intervencionista chavista a la llegada al poder de una conservadora partidaria del libre mercado. Una potencia defensora del mundo libre que prioriza sin disimulo el rédito económico sobre la legitimidad democrática. Una Unión Europea que en el asunto venezolano se arroga una autoridad moral de la que carece tras años de pasividad y complacencia y que está condenada hoy a la irrelevancia geopolítica. Y una OTAN convulsionada por la ambición de Estados Unidos de ampliar su hegemonía geográfica a Groenlandia tras la intervención en Venezuela.
La captura de Nicolás Maduro en Caracas hace una semana, en una operación tan audaz como quirúrgica, ha sacudido los cimientos de Occidente y puesto en evidencia las contradicciones y carencias de las democracias liberales que lo representan. Para el regocijo de sus grandes enemigos: Rusia y China. ¿Qué impide ahora que ellos también aspiren a ampliar sus áreas de influencia? Bienvenidos a esta nueva era, la de las potencias depredadoras, en la que impera la ley del más fuerte y una nueva forma de imperialismo extractivo. El multilateralismo, la cooperación internacional para hacer frente a los desafíos comunes, el libre comercio y todas las reglas que desde la Segunda Guerra Mundial han servido para que los países, independientemente de su tamaño, avanzaran económicamente por medios pacíficos parecen ser hoy una cosa del pasado.
¿Se puede celebrar y lamentar a partes iguales lo ocurrido en Venezuela? ¿Alegrarse de que el pueblo venezolano se haya librado por fin de un dictador brutal que ahora va a ser juzgado y probablemente encarcelado y estar incómoda por el peligroso precedente que sienta la intervención de EE. UU. en el país caribeño al margen de la legislación internacional y sin el consentimiento del Congreso, como manda su Constitución? Es un dilema que los hechos posteriores solo han embarrado. La esperanza de que la intervención militar acabara con la dictadura represora y cleptómana chavista se ha visto frustrada por los planes de Washington, que apoya la continuidad del Gobierno bolivariano porque sirve mejor a sus intereses económicos. Una decisión que supone un duro golpe para la mayoría de los venezolanos tras años de dolor y heroica resistencia.
Que el resultado de esa operación militar sea la perpetuación del régimen puede entenderse como una traición. Veintiséis años de régimen chavista, y especialmente los últimos trece de Maduro, han provocado el éxodo de casi nueve millones de venezolanos, una cuarta parte de su población: es la mayor crisis migratoria en la historia de América Latina y una de las más grandes del mundo en las últimas décadas. Una huida masiva provocada por el colapso económico del país caribeño. El PIB venezolano ha perdido tres cuartas partes de su valor en ese periodo. La hiperinflación (260 %-680 % anual, según distintos organismos) ha dilapidado las rentas; la escasez de alimentos y productos básicos ha hecho imposible la subsistencia; la tasa de inseguridad, entre las más altas del mundo, ha convertido en insoportable la convivencia, y el colapso de los servicios públicos ha transformado Venezuela en un país invivible salvo para las élites cercanas al poder.
Y hablando de la riqueza petrolera del país: fruto del pillaje, la incompetencia y el desmantelamiento y la pésima gestión de Petróleos de Venezuela (PDVSA), el país caribeño, que tiene los mayores recursos petrolíferos del mundo (17 % del total), produce hoy menos de un millón de barriles al día frente a los más de tres millones que colocaba en el mercado internacional a finales de los años noventa. Una cifra que representa apenas el 1 % del consumo mundial. El segundo país con las reservas más elevadas de crudo, Arabia Saudí, produce alrededor de diez millones de barriles al día. Todo un éxito de la revolución bolivariana.
¿Por qué Trump elige a Delcy Rodríguez frente a María Corina Machado? La constatación por parte del enviado especial de Washington a Venezuela, Richard Grenell, de que Machado no controlaba a los militares ni tampoco administraba el aparato del Estado inclinó la balanza a favor de Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de los maletines de Barajas, recibida por José Luis Ábalos y que sigue teniendo prohibido pisar suelo europeo por violaciones graves de los derechos humanos. Machado, cuya familia viene de la élite empresarial, tiene el apoyo del pueblo venezolano. Rodríguez, el de las élites empresariales que desde hace años optaron por acercarse al régimen. Una amarga paradoja.
Mientras, Europa asiste impotente. Tras décadas delegando su seguridad en Estados Unidos, la Unión constata una vez más que de nada sirve arrogarse la autoridad moral sin la fuerza militar. Y los planes europeos de rearme pueden tardar aún años en asegurarle esa independencia estratégica. La mayoría de los Estados miembros han condenado la intervención militar con la boca pequeña. Puede que Washington se haya saltado la legalidad internacional, pero no conviene decirlo mucho. No importa si este es uno de los argumentos usados para condenar la agresión rusa en Ucrania. El viejo continente sigue dependiendo de Washington para su defensa, especialmente en su frontera con la Rusia expansionista de Putin, y la cuestión venezolana no puede poner en riesgo ese apoyo.
Y con esa debilitada autoridad, la UE se enfrenta a los planes de Donald Trump de hacerse con el control de Groenlandia. Para ello, el presidente americano ha avisado de que no excluye el uso de la fuerza. Es la primera vez que un miembro de la OTAN amenaza con atacar a otro para expandir su territorio. La isla está bajo la soberanía de Dinamarca, que forma parte de la Alianza desde 1949. Para EE. UU., la región del Ártico, también disputada por China y Rusia, ocupa un lugar central en su seguridad nacional. ¿Qué consecuencias tendrá esta disputa en la OTAN? La demostrada pusilanimidad política de Europa hace impensable el enfrentamiento con Washington. Veremos lo que eso significa para la soberanía de Groenlandia, una isla, por otro lado, ambicionada por Estados Unidos desde hace décadas.
La intervención en Venezuela y la proyección de la hegemonía de EEUU sobre Groenlandia marcarían la inauguración del nuevo orden internacional, en el que mandan las grandes potencias y en el que los países medianos y pequeños obedecen dentro de sus respectivas áreas de influencia geográfica. ¿Será China la siguiente gran potencia en demostrar cómo efectivamente esas reglas han cambiado? Rusia lleva cuatro años intentándolo en Ucrania. Y los países bálticos podrían ser su próximo objetivo. ¿Puede Europa ser algo más que una mera observadora? No parece. ¡Feliz 2026!