La ceja de la dictadura
«La misión de ZP era mediar entre dos extremos que veía iguales: la dictadura y la oposición democrática. La equidistancia era una virtud si apuntalaba al tirano»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Zapatero era un progresista de costumbres sencillas. Se levantaba a media mañana en Caracas y miraba por la ventana del lujoso piso cedido por el Gobierno de Nicolás Maduro para sus frecuentes visitas desde 2015. Tras ponerse la bata con los colores bolivarianos, un pretoriano cubano de las Avispas Negras le acompañaba al comedor. Allí le recibía el servicio doméstico, que había dispuesto un copioso desayuno para el amigo español del dictador caribeño. Sin embargo, el hombre de la ceja comía poco, apenas nada en solidaridad con la hambruna del pueblo venezolano.
Luego, bien trajeado y sonriente, acudía a reuniones con los dirigentes del régimen. Centrado en contar nubes, Zapatero no veía la corrupción de un Estado colonizado por la gente de Maduro. Tampoco advertía el enriquecimiento sorprendente de los mandatarios del régimen gracias al narcotráfico y al expolio de Petróleos de Venezuela. Y menos aún se daba cuenta de la enorme distancia entre el ritmo de vida de la clase política bolivariana y el pueblo. La gente hacía cola en la calle no para obtener comida o medicamentos, pensaba el expresidente de la ceja mefistofélica, sino para charlar. Los venezolanos son tan sociables que no había otra explicación.
Su misión era mediar entre dos extremos que veía iguales: la dictadura y la oposición democrática. Chávez, Maduro, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y Delcy Rodríguez eran equiparables a Leopoldo López, Juan Guaidó, Edmundo González o María Corina Machado. La equidistancia era una virtud, sobre todo si solo servía para apuntalar al tirano. Así, aunque hubiera represión por un lado y petición de democracia por el otro, Zapatero, adalid del buenismo rentable, paladín del clin-clin caja, hablaba de diálogo. Mientras encarcelaban, torturaban y asesinaban a opositores, el progresista de la ceja arqueada cantaba aquello de «parole, parole, parole».
Zapatero no veía nada ni sabía nada. Tampoco de sus 20 compatriotas encarcelados por «delitos políticos». Simplemente, no existían. Diez años en Venezuela, hablando con sus dirigentes, compadreando con los socialistas bolivarianos y qué mala suerte, ni una palabra sobre los españoles enjaulados. El mediador de la ceja era como la fusión de los tres monos sabios: no veía, no oía y no decía nada, solo era feliz, muy feliz. No obstante, ZP sí tenía ojos, oídos y boca para el rescate de Plus Ultra, y para reunirse en secreto con Julio Martínez, el empresario agraciado con fondos públicos, justo 72 horas antes de su arresto.
Además, Trump siempre exagera. Es un fascista histriónico que tiene la osadía de señalar al desgarbado hombre de la ceja como un embajador de la narcodictadura de Maduro. Quizá sea por su amistad con China, o por los vínculos que ha establecido entre Venezuela y el Gobierno de Pedro Sánchez. Es evidente que EEUU no entiende que Zapatero busca la alianza de civilizaciones, el progreso de los pueblos, la armonía del cosmos. Por eso no exigió a Maduro que se publicaran las actas electorales de julio de 2024, porque es un hombre de paz.
«Es tan amigo de sus amigos dictadores que buscó con la Administración Trump una salida negociada para ellos»
De hecho, es tan amigo de sus amigos dictadores que buscó con la Administración Trump una salida negociada para ellos. De ahí que ZP, sin mover una ceja, promovió a Delcy Rodríguez como sustituta de Maduro. «Si queremos que todo siga como está» —pensó nuestro lampedusiano expresidente—, «es necesario que todo cambie». Maduro debía sacrificarse para que la banda siguiera ejerciendo su tiranía impunemente. Nicolás no quiso y un grupo de los Delta Force lo extrajo como una muela picada.
Ahora la Audiencia Nacional abre diligencias para investigar la participación de Zapatero en delitos como tráfico de drogas, blanqueo de capitales y pertenencia a organización criminal. Sin embargo, la ceja de la dictadura bolivariana vive sin miedo a nada ni a nadie, como un Lenin de escayola. El motivo del arrojo expresidencial es que la querella proviene de un grupo ultra, el mismo que llevó al banquillo a la mujer y al hermano de Pedro Sánchez. ¿Qué puede salir mal?
Un momento. Otra cosa más antes de terminar. Si Zapatero es juzgado y condenado -que lo veo difícil-, no debemos esperar un castigo del electorado al PSOE. Al revés. Sus votantes se envanecerán de haber apoyado siempre al hombre que contaba nubes como los otros contaban chistorras, soles y lechugas.