Esa siniestra estafa
«Esto de Trump no va de libertades frente a las tiranías, va de negocios con los remisos a pagar sus gastos. Lo explicó Vance en Europa y Rubio en toda América»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Desconfiemos siempre de quien afirma tener las ideas muy claras. Quizá la diferencia entre la juventud y la mayoría de edad se reduzca a algo tan sencillo como nuestra posición ante la gente con ideas magníficas. Hubo un tiempo que buscábamos gente con ideas rotundas y otro en el que nos repelen los que afirman tener las ideas muy claras. Benemérita simplicidad. Si alguien se atreve a decir que logra entender lo que nos sucede, o es un cándido o un cabrón resabiado.
La definición más completa de la figura de Donald Trump se la hizo J.D. Vance en 2016, cuando competía por la cabeza del Partido Republicano. «Un estafador», dijo y lo repitió varias veces. De cómo ese mismo hombre consiguió ser designado vicepresidente de un Estafador convertido en el hombre más poderoso de la tierra es una de esas metamorfosis frecuentes en el campo de la alta política. El consagrado Winston Churchill se hartó de hacer elogios de Mussolini hasta que la fuerza de los hechos le forzó a considerarle un enemigo. Dolores Ibárruri Pasionaria escribió un artículo, tan poco conocido como memorable, en el que confirmaba la inexistencia histórica de Polonia mientras se la repartían Hitler y Stalin. Los líderes, grandes o chicos, nunca miran atrás; siempre fijan la vista en el horizonte de sus ambiciones.
La extracción de Nicolás Maduro y señora de su dormitorio del Fuerte Tiuna fue una novedad imposible de realizar sin los avances tecnológicos puestos al alcance de Trump. Jimmy Carter intentó algo similar en Irán y acabó en una catástrofe humillante. Las necesidades del consumo informativo —la gente quiere saberlo todo y en seguida— consiente que el Poder, que lo sabe todo, nos vaya dejando miguitas de pan para consumo de las gentes con «ideas claras». Al principio parecía un cuento entre Pulgarcito y la Cenicienta, limpio como un relato para adictos. Ahora sabemos que hubo que liquidar a 32 cubanos, profesionales armados, y a una veintena de venezolanos sin identificar. ¿Cómo lo hicieron? ¿A tiro limpio o por encantamiento? De no ser por un Miguel Díaz-Canel, titular de las ruinas de la Revolución Cubana, quien le puso nombre y rostro a los suyos, seguiríamos en el cuento. Cuando los Servicios de Seguridad de un país se encargan de la protección del presidente de otro, es una señal inequívoca de dependencia.
Las gentes de «ideas claras» pensaron inmediatamente en la caída del régimen bolivariano. Detenido, deportado, encarcelado y sin un rasguño, Maduro y señora cambiaron de estatus y domicilio, al albur de los tribunales norteamericanos bajo la égida Trump. ¡En Venezuela se trafica! Le sustituye al mando, en seguimiento del ritual bolivariano, Delcy Rodríguez, su todopoderosa ayudante. El régimen no necesitaba cambiar; lo que debía variar era su comportamiento hacia quien dicta las normas. Como no acababan de entenderlo, hubo que «extraer» al jefe de la banda para que los adjuntos entendieran. Lo explicó sin ambages el Mando Único: se trata de petróleo y otras cosicosas. ¿Quién dijo democracia? ¿Corina y el anciano González Urrutia? Por favor, sean serios caballeros, estamos hablando de negocios. Ya iremos viendo cómo se enderezan para abordar nuevos asuntos. El inefable Marco Rubio lo explicó al modo de lección para adolescentes retrasaditos: las tres fases. Estabilización, recuperación y amejoramiento. ¿Lo han entendido? No. Pues es su problema.
Me admiran los de las «ideas claras». Por cómo les llegan y cómo los ilumina. ¡Qué talento estratégico el de poner a Delcy en vez de Maduro! Así eliminan la posibilidad de una guerra civil entre partidarios y adversarios de la revolución bolivariana. Es decir, si he comprendido bien: la victoria electoral de María Corina Machado y de Edmundo González cabría interpretarla como una provocación que dificultaría los negocios. Claro, claro, lo mejor es mantener el statu quo hasta que baje la tensión… que provocó la extracción de Maduro.
«Lo que provoca pasmo es la capacidad de Trump para humillar. La fuerza de la humillación es un principio mafioso incontrovertible»
Lo que provoca pasmo es la capacidad de Donald Trump para humillar. La fuerza de la humillación es un principio mafioso incontrovertible. Como la cabeza del caballo en la cama del productor de Hollywood. María Corina proponiéndole conceder la mitad del premio Nobel de la Paz, y si lo quiere entero, también se lo doy. Por su vulgaridad resulta difícil visualizar al Gran Estafador como Marlon Brando en El Padrino, lo suyo se parece más a aquel Nerón tocando la lira que representaba Peter Ustinov en la secuencia del incendio de Roma. ¡Ah, el cine, ese pedagogo centenario! Para sacarnos de ensoñaciones llega Stephen Miller, el jefe del Gabinete y principal impulsor de las políticas de Trump, y nos espeta la verdad en forma de dogma de fe: «El mundo real se rige por el poder de la fuerza». Siempre fue así aunque con disimulo y sin tanto descaro, y además por entonces no existían ni las redes, ni los medios de comunicación con «ideas claras».
Los diplomáticos, que son por esencia conservadores y cínicos, han sacado del baúl una vieja conseja terminológica: como la geografía vuelve a mandar, es lógico que las grandes potencias se creen «un perímetro vital de seguridad», un principio usado por Hitler sin necesidad de leer a Carl Schmitt. Luego también es lógico que Trump quiera apropiarse de Groenlandia… (y Rusia de Ucrania, aunque no se explicite). Jaume Borrell, un curtido fajador, se preguntaba en tono sarcástico qué iba a hacer Europa si Estados Unidos ocupaba Groenlandia. Nada, como ocurrió con los Sudetes de Checoslovaquia en la época de Hitler, y no porque no quieran, como entonces, sino porque no pueden. Estaríamos ante un conflicto bajo la estrategia de Gila el humorista: pedir al enemigo que nos venda las armas que usa para invadirnos y exigiendo a la OTAN que desautorice a quien la sustenta.
En ocasiones así no sé si es más irritante el seguidismo o la frivolidad. Se me viene a la cabeza al arrogante Sagasta, don Práxedes, presidente del Gobierno a la sazón, cuando los norteamericanos le pusieron 300 millones de dólares para comprar la isla de Cuba, que rechazó indignado. Lo de la honra y los barcos vino luego. Era en 1898 y acabó en desastre y sin isla. Esto de Trump no va de libertades frente a las tiranías, va de negocios con los remisos a pagar sus gastos. Lo explicó Vance en Europa y Rubio en toda América. Allí donde se anulan las libertades es más fácil hacer negocios. Eso hizo perenne al franquismo; un detalle que se olvida en ese serial blanqueado de la Memoria Histórica. No fue necesaria ninguna «extracción»; el Régimen cumplió explícitamente lo exigido y murió de consunción.