The Objective
Fernando Savater

Una señora de armas tomar

«La calidad literaria, el calibre del estilo, la profundidad psicológica y demás embelecos están muy bien, pero no pueden sustituir al encanto»

Opinión
Una señora de armas tomar

Agatha Christie. | RTVE

En uno de los cuentos inolvidables de Ray Bradbury, unos astronautas llegan a un planeta habitado por los personajes de nuestra tradición literaria: Robinson, don Quijote y Sancho, Caperucita, Long John Silver… En un momento pasa sobre los viajeros un turbión de aves clamorosas y alguien comenta: «¡Ahí van Will Shakespeare y su legión de condenados!». No creo que en ese relato aparezcan personajes como Hércules Poirot y Miss Marple o al menos yo no lo recuerdo (perdonen, pero leí sin cesar a Bradbury cuando tenía catorce años), aunque bien podrían haber ocupado su lugar entre otros de mayor prosapia. Por cierto, a ese planeta innominado quisiera ir yo, no a la luna perseguida por Elon Musk, que en cambio en mi planeta se aburriría porque no conocería a nadie. 

En otro enero de hace cincuenta años murió Agatha Christie, novelista a la que es innecesario elogiar porque ya demasiados la envidian: pero envidian su perdurable éxito y sus ventas millonarias, que ellos no merecen, pero no su incomparable y delicioso talento. Hay gente que trata de convencernos de que sus primeros entusiasmos adolescentes como lectores se los deben a Marcel Proust o a Thomas Mann y lo peor de todo es que a lo mejor es verdad. Alguien que se aficionó a leer frecuentando a Petrarca o a William Faulkner nunca me convencerá de que le gusta leer más que presumir, lo mismo que sucede con alguien que se les da de comilón pero solo se ceba con caviar Beluga y jabugo Cinco Jotas. En cambio, sí sé que a mi madre le gustaba mucho leer (y me contagió) porque cada dos años, cuando Agatha Christie publicaba su nueva novela, desaparecía de su puente de mando doméstico hasta que la terminaba y yo me apoderaba de ella. Y aún más aficionada a la lectura era aquella señora, ya mayor, que tenía en casa las treinta y tantas novelas de doña Agatha (después de fallecida) y había calculado que tras leer la última habría felizmente olvidado la primera, por lo que podía empezar otra vez la rueda de los misterios con la intacta inocencia de una recién nacida. La calidad literaria, el calibre del estilo, la profundidad psicológica y demás embelecos están muy bien, pero no pueden sustituir al encanto. Hay escritores que tienen de todo y con altura de premio Nobel, pero carecen de encanto, un don que en cambio les sobra a algunos autores que solo figuran en los quioscos de estaciones y aeropuertos. Con los primeros iremos a las más altas cátedras, pero los otros son los únicos que nos llevarán al cielo.

Agatha Christie introdujo el encanto en los relatos sordidos de venenos y puñaladas. En la narración gótica del siglo XVIII, la de Ann Radcliffe y Walpole, todo eran castillos sombríos, relámpagos en la noche y aullidos sobrenaturales, panorama sin duda impresionante pero poco confortable. Incluso el incomparable Sherlock Holmes es en parte deudor de estos escenarios, si recordamos el páramo de Dartmoor por donde vaga el sabueso de Baskerville. Pero doña Agatha introduce los más retorcidos asesinatos en el mundo plácido y cozy de los cottages británicos a la hora del té. Un ambiente de personas corrientes, nada de vampiresas descocadas y gánsteres alcohólicos, todo señores de mediana edad y ancianas distinguidas, con lengua afilada. Y un crimen o todo lo más dos por novela. La llegada de los serial/killers marca el comienzo de la decadencia del género policiaco. Los asesinatos deben ser una pieza bien trabajada de artesanía, no parte de una producción en cadena. Eso sí, sin perder nunca la filigrana. Lo importante no es la crueldad del malhechor, ni mucho menos su brutalidad, sino su ingenio. El que verdaderamente urde la trama no es el detective, ni siquiera el novelista, sino el criminal.

Pero lo más notable es la relación de la escritora con el protagonista de la mayoría de sus novelas. La más inglesa de las novelistas inglesas crea un personaje extranjero, incluso bufonescamente extranjero, como héroe intelectual de sus enigmas. Sus dos mayores competidoras para el título de Reina del Misterio (Dorothy L. Sayers y Ngaio Marsh) inventaron detectives viriles y deseables para encabezar el reparto de sus novelas: el aristocrático y algo relamido Lord Peter Wimsey y el atlético inspector Roderick Alleyn. Dos varones pluscuamperfectos de los cuales sus respectivas creadoras estaban innegablemente enamoradas. Pero Christie prefirió mantener una relación humorística con Hércules Poirot, un hombrecillo de cabeza oviforme y bigotes a lo Salvador Dalí. Sin duda Poirot es un genio, pero algo ridículo también, lo que hace más tolerable su genialidad. Pertenece a la noble estirpe del padre Brown de Chesterton, no a la saga Marvel. Su madre literaria a veces se porta con él más como madrastra que otra cosa: su verdadero cariño lo guarda para Miss Marple, que es como de su familia. Y ella, Agatha la Grande, forma parte también de la familia de sus lectores: yo me alegro mucho de haber sido su contemporáneo.

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