The Objective
Jorge Freire

El tiempo que no pasa lista

«Hay sentencias que no vienen al mundo para decir las cosas, sino para taparlas»

Opinión
El tiempo que no pasa lista

Unas vacaciones al estilo 'workation'. | Freepik

El negocio es, por definición, la negación del ocionec-otium. Así y todo, las grandes tecnológicas agasajan a sus empleados con maquinitas de pinball, futbolines y piscinas de bolas. Como si al condenado a galeras se le ofreciera un matasuegras o una carraca de feria para amenizar el latigazo. El ocio pasa así a ser la zanahoria del palo, colgando ante el hocico; el tripalium con colorinchis, tan fatigosamente ineluctable como el propio jornal. Work hard, play hard!

Hay sentencias que no vienen al mundo para decir las cosas, sino más bien para tapar las cosas, y ésta es una de ellas. En vez de llamar a la obediencia por su nombre de pila, work hard, play hard la viste de guateque, levantando biombos verbales y revistiendo la sumisión de jolgorio. Trabaja duro, se nos arenga, como si picar piedras o dar paladas en la obra fueran acciones virtuosas por sí mismas. Trabaja duro, como si el cuerpo fuera de hojalata y no se fatigara en el trajín, y luego juega duro, diviértete con ferocidad reglamentada, fúndete el peculio para volver recompuesto al mismo engranaje dentado que te dejó los huesos molidos. El trabajo succiona el tiempo y el ocio esquilma los bolsillos. Y entre esa doble exacción no queda sitio para la vida; solo un tránsito ordenado y administrado, un ir y venir burocrático entre dos agotamientos gemelos. 

Ahora se habla de bleisure, palabro nacido de la contracción de business (trabajo) y leisure (ocio). El bleisure es la última filigrana del trile: el negocio disfrazado de descanso, como quien ficha mientras se embadurna de protector solar. Incluso en vacaciones, el oficinista trashumante arrastra el trolley como quien carga con su cruz, y ni en la hamaca se ve libre de responder correos. ¡Del aprender jugando al jugar trabajando! Al hacer del chiringuito su oficina, el bleisureta vive, si es que eso es vivir, cerrando sinergias, que es como ponerse grilletes a juego con la pulsera del todo incluído.

De ahí otro neologismo de sonoridad horrísona, workation, injerto de work y vacation, pues hay chuminadas que sólo se dicen en inglés. Los KPI se enseñorean de los ratos de asueto, ya colonizados por la razón contable que impera en el despacho, mientras la oficina, vaya por Dios, se va gamificando. Desde que el hedonismo aprendió a hablar la lengua del beneficio, ni el ocio reposa ni el juego juguetea. De ahí que la mentalidad party harder no convoque al desmadre, sino al rendimiento. ¡Rendir hasta caer rendidos!

https://youtu.be/-QKgYS-Cqt4

«Qué hay mejor que una escaramuza al Street Fighter para destensar los nervios y garantizar que los más fogosos prolonguen la jornada hasta más allá del toque de queda?»

Lo que se despacha por rebeldía no es sino servidumbre con arreos de verbena. El trabajador modélico ya no es el asceta mustio y ceniciento, sino el entusiasta que se quema en la faena y luego se quema en la jarana. Lógico es que algunas start-ups hayan desempolvado los arcades. ¿Qué hay mejor que una escaramuza al Street Fighter para destensar los nervios, soldar la tan ansiada cohesión del grupo y, de propina, garantizar que los más fogosos prolonguen la jornada hasta más allá del toque de queda?

La herejía no es trabajar poco ni holgar mucho, sino sustraer el tiempo a la lógica del cómputo mercantil. Cuando el ocio es negocio y el deleite una obligación onerosa, el tiempo más precioso es aquel que se escamotea al guarismo. La réplica al work hard, play hard es no dar razón, esto es, reposar sin recargar pilas y gozar sin rendir cuentas. El único tiempo que sirve para vivir es, precisamente, aquel que no sirve para nada.

Publicidad