The Objective
Cristina Casabón

El racismo ideológico de nuestra izquierda

«La indiferencia ante la represión ajena sugiere que España podría aceptar sin demasiada resistencia un régimen autoritario siempre que éste sea de su cuerda»

Opinión
El racismo ideológico de nuestra izquierda

Alejandra Svriz

Nuestra izquierda atraviesa una fase curiosa: cuanto más invoca la democracia, en foros y organismos, cuanto más poesía recita Albares frente a los diplomáticos, menos parece interesarle su contenido real, su concreción. El judío ha dejado de merecer respeto, las mujeres que piden libertad en Irán mientras se fuman la foto del ayatolá resultan inoportunas, son silenciadas, y los derechos humanos en la Venezuela de Maduro o en la Cuba castrista se han convertido en una nota al pie, fácilmente prescindible.

También ha ocurrido lo contrario. Bajo el efecto de este shock y los relatos de aquellos que han sufrido la violencia de las cárceles en Venezuela y las ejecuciones de manifestantes jóvenes en Irán, vamos tomando brutalmente conciencia de que somos los herederos y los administradores contables de un orden liberal precario. Los depositarios de una cultura humanista, liberal y tolerante, que hoy peligra en España porque se ha convertido en palabrería hueca. 

Pedro Sánchez solo utiliza los conflictos internacionales para obtener beneficio personal como si fuera una especie de actor interpretando a Nelson Mandela. Hemos llegado a una chamarilería internacional vergonzosa según la cual las organizaciones terroristas que le hacen la guerra a Israel, o los líderes de Venezuela y los amigos del grupo de Puebla se codean con nuestra izquierda. Lo peor, es que Sánchez parece convencido de que este currículum le autoriza a repartir certificados de democracia y a dar lecciones y charlas sobre el derecho internacional.

A lo largo de más de 11 años, Maduro ha ensayado todas las teorías y prácticas del golpismo político de altura. Las cárceles de la Venezuela actual se parecen a las de cualquier dictadura, como se parecen siempre los sótanos del poder cuando el poder da miedo. Sin embargo, el silencio es casi absoluto. Quizá porque reconocer esta violencia implicaría admitir que existen dictaduras ideológicamente afines, algo difícil de digerir sin que se resquebraje todo el edificio ideológico que nos han vendido. 

La crítica solo se activa cuando el régimen no es de los suyos. Hay enemigos de los derechos humanos legítimos e ilegítimos, al parecer. Los legítimos disfrutan de una indulgencia selectiva. En tanto tiempo, la Cuba de los Castro ha podido ensayar todos estos movimientos revolucionarios de su país, y ha podido, asimismo, implantarlos en otros. Esta forma de moral variable podría definirse como racismo ideológico: la idea de que la dignidad humana depende del color político del verdugo. Una mentalidad baja, casi miserable, según la cual el tirano cambia de naturaleza dependiendo del pasaporte y de la consigna.

La izquierda se ampara retóricamente en palabras desgastadas como “revolución”, o bien en el “derecho internacional”, mientras reproduce un racismo ideológico difícil de disimular, ejercido desde la comodidad de su sofá y la seguridad política que le proporciona la libertad de expresión y la democracia. 

«Si empezamos justificando la represión en Irán o Venezuela, podríamos secundar el aventurismo del socialismo en España»

El componente liberal de nuestra civilización no significa ya demasiado. La indiferencia de la izquierda ante la represión ajena sugiere que España podría aceptar sin demasiada resistencia un régimen autoritario siempre que este sea de su cuerda. Es probable que si empezamos ignorando o justificando la represión contra quienes no son de nuestra ideología en Irán o Venezuela, podríamos después secundar el más insólito aventurismo de prosa confusa y apresurada del socialismo en España. 

 En cuanto a Sánchez: si hoy no tiene una internacional socialista cuajada no es porque él no lo haya intentado sino porque sus alegres amigos no le han dejado sitio. Nuestro presidente aspira a ser, sin duda, uno de los héroes políticos de primera línea. Algo así como el Papa laico de todas las revoluciones, latiendo siempre a la sombra de ZP. El fracaso de países como Venezuela, Irán o Cuba es el fracaso de nuestra izquierda, son el recordatorio de que sus ideologías solo empobrecen, crean miseria y se alimentan del racismo ideológico. 

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